Había llegado el día que tanto esperé.
Pobre Margaret. Era su cumpleaños, el cumpleaños de mi mejor amiga y yo solo estaba emocionada porque volvería a ver a Caleb. Pero sé que ella lo entendería, si se lo contase. Aunque eso no iba a pasar, porque yo estaba con Cruz y, a pesar de que ella lo odiaba, me hacía sentir incómoda el hecho de estar pendiente de alguien más que no sea él.
Elegí la ropa que quería lucir: un jean, una camisa blanca y unas botas. Perfume y algo de labial.
Mientras me daba mis últimos retoques, Cruz se hizo notar. Y mientras me acariciaba la espalda intentó convencerme.
—¿Estás segura que quieres ir? Podríamos quedarnos... cenar algo. Podría quitarte esa ropa y hacerte mía hasta que olvides por qué querías irte. En casa estás segura.
Nunca me invitaba a hacer nada. Vivir juntos se había tornado rutinario y, para ser sincera, yo tampoco encontraba emocionante una cita romántica con Cruz.
—Estoy segura, Cruz. Es el cumpleaños de mi amiga. Es una vez al año. Además, hoy me siento especialmente linda.
De inmediato dejó de acariciarme.
—No me gusta que te arregles tanto —afirmó, con una voz que derrochaba celos.
—Me gusta sentirme linda. No veo que esté mal.
—Más bien te gusta ser una zorra.
Me dolió. Por algún motivo sus hirientes palabras aún me afectaban.
—Solo será un rato, ¿si?
—Está bien. Sabes que hago esto por tu bien, ¿cierto?
Era lo más estúpido que había escuchado en mi vida, pero asentí para poder salir de allí.
Tomé un taxi y llegué al bar.
Sonaba "I wanna be yours" de Arctic Monkeys.
La luz era tenue y podía sentirse un aroma a alcohol, tabaco y perfume caro.
Margaret estaba en la barra pidiendo nuestro vino favorito.
—¡Cariño, viniste! —gritó, y me quise morir de la vergüenza. Llamar la atención no estaba en mi lista de cosas preferidas.
—¡Feliz cumpleaños amiga!— Le entregué el regalo que había elegido para ella: un lindo collar dorado.
No quería voltear, pero mi cuerpo sucumbía ante sus deseosos ojos, que podía sentir desde el otro extremo del bar. La tensión se podía cortar con un cuchillo, pero no correría con esa suerte. Al menos, no esa noche.
Nos dieron la botella de vino, las copas y nos dirigimos a la mesa.
Y ahí estaba él. Los brazos cubiertos de tatuajes, vestido de negro y una presencia imposible de ignorar. Suficiente para derretir a cualquier chica.
Dios... es tan perfecto.
Saludé a todos, dejando lo mejor para el final.
—Hola —dije, y le sonreí.
—Kristen...hola.
Note nervios en su voz, y yo corría con la misma emoción. Mi nombre sonaba bien en sus labios. Era cálido y tierno.
Margaret interrumpió nuestro saludo.
—Kristen, estoy orgullosa de que hayas venido. ¿Cómo hiciste para deshacerte de Cruz?
Margaret rió divertida y pude notar como la mirada de caleb se clavó en mí, a la espera de mi respuesta.
—Solo lo dejé en casa —reí, para disimular mi incomodidad.
—Pues has hecho bien. Al parecer ese novio tuyo está convencido de que eres su posesión y que divertirte un poco te desviará del camino del bien.
Todos los presentes rieron, excepto Caleb.
Margaret no conocía toda la historia. Nunca le conté la forma peculiar que tenía Cruz de tratarme. Ella solo creía que él estaba obsesionado conmigo, en el buen sentido, y que era un reacio a salir con amigos.
Tenía a Caleb sentado justo frente a mi. Todos hablaban, reían y bebían, pero él solo me miraba a mí.
—Así que Cruz sigue igual de intenso, ¿no? —preguntó Nico, con tono de burla.
Caleb giró levemente hacia él, pero enseguida volvió a mirarme. Esperaba mi respuesta.
—Es un egoista. No quiere compartir a Kristen con nadie. La quiere para él solito. —intervino Margaret.
Tragué saliva.
—Si... no sé por qué es tan celoso. Nunca le di motivos. Pero basta de hablar de—
—¿Por qué estás con alguien que te controla así? —me interrumpió Caleb.
El silencio cayó sobre la mesa. Todos lo miraron a él, y luego a mí.
—No es gran cosa —dije, casi en automático —Cruz no es tan malo como parece.
Margaret rió por lo bajo, sin disimular su ironía y dijo —Tú eres demasiado buena —dejando el comentario suspendido en el aire.
Justo en ese momento llegó otra ronda de tragos. Perfecto. Necesitaba aire. Y con "aire" me refería a escapar de la incomodidad asfixiante que se había instalado en la mesa.
Me levanté con la copa en la mano y caminé hacia la puerta trasera, que daba al pequeño patio del bar. Di un sorbo de vino mientras alzaba la vista. El cielo estaba despejado. La noche era cálida, con ese tipo de brisa que acaricia, que no enfría.
Me sentí viva por un momento. Y entonces, escuché la puerta abrirse detrás de mí.
—¿Estás bien? —preguntó Caleb y mi corazón se aceleró.
—Si... solo necesitaba un poco de aire. Es una linda noche, ¿no?
El asintió y dio un par de pasos hacia mi. Su presencia me llenó, como si la noche se volviera más densa y más íntima.
—Estás muy linda hoy —dijo, con la voz un poco más baja, más cerca.
Sentí el corazón en la garganta. Me aclaré la voz, tratando de controlar el temblor.
—Gracias. Tú también —dije, con una sonrisa torpe.
—No quise incomodarte con mi pregunta. Lo siento.
—Tranquilo. No eres la primera persona que me pregunta eso sobre Cruz —me encogí de hombros.
Él me miró, y algo en su expresión se suavizó.
—Es que... no entiendo cómo alguien puede tenerte y no tratarte como mereces.
Sus palabras me atravesaron.
¿Cómo sabía eso? ¿Cómo podría hablarme con tanta certeza, con tanto conocimiento de algo que yo misma intentaba negar?
—No me conoces tanto como para saber que merezco —susurré, evitando su mirada.
—Puede ser —respondió, dando un paso más. Ya estaba a un suspiro de mi —. Pero te miro y lo siento. No hace falta conocer a alguien a fondo para saber cuando algo no está bien.