Me subí al taxi con el corazón latiendo en los oídos. Estaba abrumada, avergonzada, como si cada mirada en la calle supiera lo que acababa de pasar. Quería desaparecer. Pensaba que Cruz ya había pasado sus propios límites, que no podía ir más lejos... pero me equivoqué. Podía ser peor. Y lo fue.
Entré a la casa en silencio, conteniendo la respiración para no hacer el más mínimo ruido. No quería despertarlo. No tenía fuerzas para otra discusión. Encendí la linterna del teléfono y avancé despacio hasta la habitación. Cuando levanté la vista, lo vi.
Sus ojos me atravesaron en la oscuridad. Estaban hinchados, enrojecidos; delataban el exceso de alcohol y rabia. Sentí cómo el miedo me trepaba por la espalda hasta dejarme inmóvil.
—¿Dónde mierda estabas? —rugió, tan cerca que sentí su aliento golpearme en la cara.
No alcancé a contestar. Un empujón brutal me arrojó a la cama. El telefono salió volando de mis manos y golpeó el suelo con un ruido seco.
—¡Te lo dije! ¡Te lo dije mil veces, Kristen! ¡No me provoques! ¿Te gusta sacar lo peor de mí? ¿Lo disfrutas?
—¿Yo... saco lo peor de ti? —murmuré con la voz quebrada y las lágrimas resbalando por mis mejillas.
—Por el amor de Dios, Kristen. No puedes ir por la vida creyendo que tienes el control de todo. Eres mía. Me perteneces. Y yo te pertenezco a ti. Esta es tu casa. Aquí es donde debes estar. Cosas malas pasan cuando no estas conmigo.
Tragué saliva. El silencio pesaba tanto que dolía. Seguí inmóvil, sin atreverme a mover un músculo. Él se inclinó sobre mí, me acarició la cara con torpeza y me besó la frente como si eso pudiera borrar lo que acababa de hacer. Luego se dejó caer a mi lado.
Mi cuerpo gritaba que corriera, que saliera de la casa, que no mirara atrás. Pero no pude. No pude moverme.
Esa noche, Cruz se durmió sobre mi pecho adolorido. Sabía que al amanecer quedaría el moretón del empujón... pero lo que más iba a doler sería la herida invisible que acababa de abrir en mi corazón.
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La luz tenue de la mañana se colaba por la ventana obligándome a despertar. Por un momento no recordaba ni en dónde estaba ni por qué dolía respirar. Luego lo vi. Cruz dormía con su brazo encima de mí, destilaba alcohol.
Me levanté de la cama sigilosamente. No quería despertarlo. No era buena idea.
Me pregunté en qué momento había dejado de ser yo para convertirme en alguien que solo sabía caminar en puntas de pié.
Con las manos temblorosas busqué mi teléfono en el suelo. La pantalla estaba rota pero aun funcionaba. Varias llamadas perdidas y un mensaje de Caleb:
"Kristen, ¿Estás bien?"
Las lágrimas que intentaba contener finalmente cayeron. Entendí entonces que estaba peor de lo que creía. Si una simple pregunta podía desarmarme era porque ya no quedaba nada firme.