Kristen

Capítulo 9 - Caleb

Su respuesta tardó más de lo que esperaba.

Cuando el teléfono vibró, estaba sentado en el borde de la cama, mirando la pared, ansioso por leerla. Lo tomé enseguida.

No lo sé.
No sé si estoy bien.

Leí esas dos líneas varias veces. No había signos de exclamación, ni explicaciones. Solo una honestidad mínima, agotada.

Escribí y borré el mensaje más de una vez antes de enviarlo.

¿Quieres que hablemos?
Podemos tomar un café, si te parece.

Pasaron unos minutos. Después otros. Imaginé mil escenarios distintos, todos peores que el anterior. Estuve a punto de escribirle que no importaba, que podía ser otro día.

Entonces llegó su respuesta.

Sí.
Ahora puedo.

Sentí algo parecido a una alarma encenderse en el pecho.

Le dije un lugar cercano, público. Nada que pudiera malinterpretarse.

Llego en un rato, escribió.

Apagué el teléfono y me levanté. No sabía qué iba a decirle. Solo tenía claro que no quería que volviera a sentirse sola con eso.

Llegué antes de la hora.
No porque fuera puntual, sino porque no sabía qué hacer con la espera.

El café todavía estaba medio vacío. Un par de mesas ocupadas, el murmullo bajo de una conversación ajena, el ruido de la máquina de espresso marcando el ritmo de la mañana. Elegí una mesa contra la ventana. Desde ahí podía verla llegar... o no llegar.

No sabía si me había metido donde no me correspondía. Tal vez había exagerado. Tal vez solo había visto una discusión de pareja y nada más. Pero algo de la noche anterior no se me iba del cuerpo. No era solo lo que Cruz había dicho. Era su mirada, su ira. Algo en el no estaba bien.

La vi entrar desde la vereda. Tardé un segundo en reconocerla. No porque no supiera cómo era, sino porque se veía distinta. Más cerrada. Como si hubiera achicado su presencia para ocupar menos espacio.

Se detuvo en la puerta, miró alrededor, me encontró. Levantó una mano en un gesto mínimo y caminó hacia mí.

—Hola —dijo, dejando la cartera en la silla—. Perdón la demora.

—No pasa nada.

Nos sonreímos, pero fue una sonrisa breve, automática. Se sentó frente a mí, acomodó las mangas de su suéter, cruzó las manos sobre la mesa. Tenía las uñas cortas, sin esmalte. Las movía apenas, como si no supieran quedarse quietas.

—¿Quieres pedir algo? —pregunté.

—Un café... solo.

Asentí y pedí lo mismo. El silencio que quedó entre nosotros no fue incómodo, pero sí denso. Como si ambos supiéramos que estábamos ahí por algo que todavía no tenía nombre.

—Gracias por el mensaje —dijo al fin—. Anoche... perdón por lo de anoche.

—No necesitas pedir perdón por nada pero, ¿Que pasó en realidad?—pregunté.

Bajó la mirada. Podía notar su pena y los nervios que le causaba hablar del tema.

—Cruz estaba preocupado —dijo—. Viene muy estresado últimamente.

Ahí estaba. La primera justificación.

—¿Siempre es así? —pregunté, con cuidado.

Se encogió de hombros.

—No. O sea... tiene su carácter. Pero se a veces se preocupa demasiado.

La forma en que dijo demasiado fue casi imperceptible. Como si no quisiera darle peso.

El mozo dejó los cafés. El vapor subió entre nosotros, borrando un poco el aire.

—Ayer cuando se fue —continuó— estaba enojado. Y cuando se enoja dice cosas que en realidad no siente.

No supe qué responder. Me limité a escucharla. Ella hablaba mirando la taza, girándola entre los dedos.

—Dice que es por mi bien. Que yo no me doy cuenta de cómo son los demás.

Levanté la vista. Esa frase no era nueva para mí. La había escuchado antes, en otras bocas, en otras historias.

—¿Y tu que piensas? —pregunté.

Tardó en responder.

—Que me ama —dijo al fin—. A su manera.

No había convicción en su voz. Solo costumbre.

Tomé un sorbo de café. Estaba demasiado caliente, pero no me importó.

—Kristen... —dije, y me detuve. No quería cruzar una línea—. Ayer no me gustó cómo te habló.

Me miró. Por un segundo pensé que iba a ponerse a la defensiva. No lo hizo. Sus ojos se humedecieron apenas, pero no lloró.

—Últimamente está peor —admitió en voz baja—. Más celoso. Más controlador. Me pregunta todo. Con quién hablo, a dónde voy. Si tardo, se pone paranoico.

Esa palabra quedó suspendida entre nosotros.

—¿Siempre fue así?

Negó con la cabeza.

—Celoso si pero ahora todo es peor.

Ahí algo empezó a acomodarse mal dentro mío. Los cambios bruscos rara vez vienen solos.

—¿Le pasó algo? —pregunté—. ¿Problemas en el trabajo, o...?

Se mordió el labio.

—No sé. No me cuenta mucho. Es irónico que el quiera saber absolutamente todo sobre mi pero yo de el se muy poco. Con su trabajo es muy reservado.

No dijo más. No hacía falta.

No quise sugerir nada. Pero mi cabeza ya iba más rápido que mis palabras. Nadie se vuelve así de la nada. Nadie vive en guardia permanente sin estar asustado de algo.

—Ayer vino al bar como si... —busqué las palabras— como si necesitara comprobar que estabas ahí.

Asintió.

—Siempre dice que tiene miedo de que algo me pase.

La miré con atención. No había marcas visibles. Pero había algo más sutil: la forma en que se justificaba antes de que yo la cuestionara. La manera en que medía cada palabra.

—¿Estás bien? —pregunté otra vez, pero distinto.

Esta vez no respondió enseguida. Se le quebró apenas la voz.

—No lo sé —dijo—. Creo que no.

No lloró. Pero se le tensaron los hombros, como si estuviera aguantando algo desde hacía demasiado tiempo.

—No quiero que pienses mal de él —agregó rápido—. No es una mala persona.

—No dije eso.

—Pero lo estás pensando.

No lo negué. Tampoco lo confirmé.

—Estoy pensando que nadie debería vivir con miedo —dije.

Terminó el café en silencio. Miró el reloj.




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