Kristen

Capítulo 10 - Kristen

"Estoy pensando que nadie debería vivir con miedo".

Esa frase me acompañó hasta casa. Fue poco lo que me animé a contarle a Caleb, pero suficiente para darme cuenta de que Cruz comenzaba a asustarme.

Pasé el resto del día pensando en cómo iba a tener esa conversación incómoda, pero necesaria, con la misma persona que la noche anterior me había lastimado el cuerpo y el corazón.

Al llegar a la puerta escuché gritos. Cruz hablaba por teléfono, alterado, así que fui directo al baño. Me duché, me puse el pijama. Quería descansar. El día había sido demasiado largo, pero sabía que no podía irme a dormir sin más.

Cruz estaba sentado en el borde de la cama, con el teléfono en la mano y la mandíbula tensa. Yo me movía despacio por el cuarto, como si cualquier ruido pudiera detonar algo. El aire estaba pesado. Denso. Me ardía el pecho desde hacía días, como si algo dentro de mí supiera lo que yo recién empezaba a aceptar.

—¿Qué te está pasando? —pregunté al fin, con la voz más baja de lo que pretendía—. Ya no eres el mismo.

No levantó la mirada.

—No empieces, Kristen.

—No estoy empezando nada —dije, sintiendo cómo me temblaban las manos—. Pero tu trato... me está asustando.

Entonces me miró. Y su mirada no era la de antes. No había cansancio ni tristeza. Había enojo.

—¿Asustarte? —repitió, con ironía—. ¿Ahora resulta que soy un monstruo?

—No dije eso —respondí rápido—. Dije que me da miedo cómo me hablas. Cómo...

No me dejó terminar.

Se levantó de golpe. El movimiento fue tan brusco que di un paso atrás sin darme cuenta. Lo vi venir, pero aun así no pude reaccionar. El golpe no fue fuerte. No fue brutal. Fue peor: fue rápido, seco, inesperado. Un manotazo que me adormeció la cara y me dejó el mundo en silencio por un segundo eterno.

No caí.
No grité.
Me quedé quieta.

El ardor en la mejilla tardó en llegar. Primero fue la sorpresa. Después, una vergüenza espesa, como si la culpa fuera mía por haber estado ahí, por haber hablado.

Cruz se quedó inmóvil. Su rostro cambió de inmediato. Los hombros se le hundieron, los ojos se le llenaron de algo que parecía pánico.

—No... no, no —balbuceó—. Kristen, yo no quise. Te juro que no quise.

Se acercó, pero yo no me moví.

—Mira lo que hice... soy una mierda —decía, llevándose las manos a la cabeza—. No sabes lo mal que estoy. Estoy hecho mierda por dentro. Tú no entiendes la presión que tengo.

Me tocó el brazo con cuidado, como si yo fuera algo frágil que acababa de romper.

—Perdóname —susurró—. Por favor. No me mires así. Yo te amo.

Yo asentí.
Siempre asentía.

Me acosté y me quedé dormida.

Más tarde me llevó a cenar, como si una mesa bonita y un vino caro pudieran borrar lo que había pasado. Me maquillé para tapar el enrojecimiento, aunque no era tan visible. Lo hacía más por mí que por los demás. Para convencerme de que estaba bien.

El restaurante estaba lleno. Ruido de copas, risas, una normalidad que me resultaba ajena. Cruz hablaba, hacía chistes, parecía el de siempre. Yo lo miraba y pensaba en lo fácil que era para él cambiar de piel.

Fui a la barra a buscar las bebidas. Necesitaba alejarme un segundo. Apoyé los codos sobre la madera fría y respiré hondo.

—Kristen.

Lo escuché antes de verlo.

Caleb estaba ahí, apoyado contra la barra, con esa sonrisa suave que nunca invadía. El mundo se me aquietó apenas lo vi.

—Hola —dije, y mi voz salió distinta. Más liviana.

—Qué casualidad —sonrió—. ¿Cómo estás? ¿Todo está bien?

Asentí, aunque no sabía si era verdad. En ese instante sentí una mano en la cintura. Firme. Marcada.

—Mi amor —dijo Cruz, apareciendo a mi lado—. No sabía que conocías gente acá.

Me apretó un poco más, como un gesto automático. Territorial.

—Caleb, ¿no? —dijo Cruz, extendiendo la mano.

—Hola, Cruz —respondió él, estrechándosela. Sus ojos volvieron a mí solo un segundo. Lo suficiente para que algo se me cerrara en el pecho. Como si me estuviera viendo de verdad.

—Bueno... nos vemos, Caleb —dije.
—Sí, nos vemos, Kristen —respondió.

Volvimos a la mesa. Cruz no soltó mi cintura hasta sentarse. Durante la cena me preguntó por Caleb. Demasiado.

—¿De dónde se conocen?
—Del grupo. Es amigo de un amigo.
—¿Y se ven seguido?
—A veces.

No mentía. Pero sentía que cada palabra era una cuerda floja.

—La noche que te vi con el en el bar me molestó pero... ¿Es tu amigo? —preguntó, fingiendo desinterés.
—Eso creo. Me cae bien.

Esa noche me costó dormir.

Al día siguiente quedé con Margaret para almorzar. Finalmente tomé la decisión de contarle todo. Cruz me aterraba, pero más me aterraba estar sola en esto.

Nos sentamos en un café tranquilo. Apenas me vio, frunció el ceño.

—¿Qué pasa, Kristen?

Y ahí, por primera vez, fui sincera.

Le conté todo.

El miedo. El golpe. La disculpa. La cena. La forma en que me sentía caminando sobre vidrio. Margaret no me interrumpió. Me tomó la mano cuando empecé a llorar.

—Esto no está bien, Kristen —dijo con una firmeza que me sostuvo—. Nada de esto está bien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.