Mientras almorzábamos y hablábamos de mi situación con Cruz, Margaret recibió un mensaje.
—Es de Caleb —dijo, frunciendo el ceño—. Dice que necesita hablar conmigo y con Nico, urgente.
Algo en su tono me puso incómoda.
¿Qué habrá pasado? ¿Por qué no estoy incluida en esa urgencia?, pensé.
—Ve tranquila, yo tengo que volver al trabajo —dije, intentando sonar despreocupada.
Margaret me miró como si no me creyera.
—Kristen, me acabas de contar que Cruz es una persona violenta. Que te golpeó. ¿De verdad crees que voy a dejar que vuelvas a esa casa?
—No puedo irme sin más —respondí en voz baja—. Si es capaz de golpearme, imagina lo que podría hacer si simplemente desaparezco.
—Entonces vamos a hacer la denuncia. Si la hacemos, no podrá hacerte daño.
Sentí un nudo en el estómago. Empezaba a arrepentirme de haberle contado todo.
—No... no quiero. No me siento lista —dije rápido—. Tengo que volver al trabajo, pero te prometo que esta noche hablamos, ¿sí?
—Promételo, Kristen.
—Lo prometo.
La vi irse con una sensación extraña, como si estuviera dejando algo inconcluso. Pagué la cuenta y caminé hacia el trabajo, pero mi cabeza no paraba.
¿Qué era tan urgente entre Caleb y los chicos?
¿Y por qué me importaba tanto?
Pensaba salir del trabajo e ir directo a casa de Margaret. No iba a dejar a Cruz —no todavía—, pero admitirlo me dolía: me daba miedo volver a casa.
Sin embargo, al bajar del ascensor, lo vi.
Cruz estaba en la recepción, apoyado contra el mostrador, mirándome fijo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, tratando de que no se notara cómo se me tensaba el cuerpo.
—Hola, mi amor —sonrió—. Vine a asegurarme de que llegues bien a casa.
Su voz era distinta. No había enojo. Tampoco dulzura. Era algo más... contenido.
Casi nervioso.
—¿Por qué no llegaría bien? —pregunté.
—Estas calles están peligrosas últimamente —dijo, acercándose un poco más—. Además, ¿qué tiene de malo que un hombre cuide a su novia?
Sí. Cuidar, pensé. Claro.
—Está bien —respondí—. Gracias.
No le dije que planeaba ver a Margaret. No me animé. En cambio, le envié un mensaje rápido:
Margaret, hoy no puedo verte. Todo está bien. Cruz está tranquilo, lo noto distinto. Al menos no está enojado. Mañana hablamos. Te quiero.
Llegamos a casa y, mientras me duchaba, escuché a Cruz hablando por teléfono en la otra habitación. No distinguí las palabras, pero su tono era bajo, serio. Cuando salí, ya había pedido la cena.
No entendía nada.
De pronto, el hombre irritable y explosivo con el que convivía parecía otro.
—Wow, ¿pediste comida? —dije.
—Sí, amor —respondió—. Sé que este último tiempo estuvimos muy tensos. Mucho trabajo, mucho estrés.
Me sirvió una copa de vino.
—Por eso saqué dos pasajes. Nos vamos una semana a España.
Sentí que el aire me faltaba. El bocado que estaba por tragar me hizo toser.
—¿España? —repetí—. Cruz, no puedo ir. Tengo que trabajar. No me van a dar vacaciones así, de un día para otro. Además... yo estoy bien.
—Puedes renunciar —dijo con naturalidad—. Sabes que no necesitas ese trabajo. Yo puedo ocuparme de todo.
—No voy a renunciar —respondí, más firme—. ¿Qué está pasando realmente? Dime la verdad.
Su expresión cambió apenas. Un segundo. Lo suficiente para notarlo.
—Kristen, no empieces con—
—¿Qué está ocurriendo? —lo interrumpí.
Cruz respiró hondo. Se levantó con la copa en la mano y comenzó a caminar por el living.
—Me engañaron —dijo finalmente—. Uno de los negocios que cerré en Dubai tenía cláusulas que no vi. Ahora tengo que ir a España a resolver papeles. No quería ir solo.
Se giró hacia mí.
—Pensé que podía ser algo lindo para nosotros.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —pregunté—. ¿Es tan grave?
—No quise preocuparte —respondió rápido—. Vamos, arreglo esto, descansamos, paseamos... y volvemos.
Me miraba como antes. Como cuando me había enamorado.
Y eso me confundió.
No quiero justificar los golpes, me repetí. Pero el primero fue solo un empujón. Tal vez exageré. Tal vez todo esto tenía una explicación.
—Está bien —dije al fin—. Pero no voy a renunciar a mi trabajo.
—No hace falta —respondió—. El vuelo sale mañana a las cinco de la madrugada.
Lo miré, helada.
—¿Mañana?
—Sí.
¿Cuándo había planeado todo esto?
—Dame un minuto —dije—. Voy a llamar a mi jefa.
Me encerré en la habitación.
—Mierda —susurré.
¿Qué iba a decirle a Margaret?
Mi jefa aceptó sin problemas. Me pidió que me llevara el portatil y que terminara las entregas desde España.
Fue demasiado fácil.
Apenas corté, vi el mensaje de Margaret:
Kristen, tenemos que hablar. ¿Nos vemos los cuatro en el bar de siempre?
Miré el reloj. Diez de la noche.
El vuelo salía en pocas horas.
Margaret, no puedo ir. Me voy a España en la madrugada y todavía no armé nada. Es una larga historia. Te juro que luego te explico. Con Cruz está todo mejor. No te preocupes. Te quiero.
Dejé el celular en silencio.
Mientras armaba el equipaje, sentí a Cruz detrás mío.
—Te amo —dijo, abrazándome.
Su abrazo fue firme. Demasiado.
Me giré y lo miré a los ojos. Luego rodeé su cintura con mis brazos. Al hacerlo, soltó un quejido casi imperceptible.
—¿Estás bien? —pregunté, separándome apenas.
—Sí, sí —respondió rápido—. Nada grave. Me excedí con los abdominales esta mañana en el gimnasio.
Asentí, sin darle más importancia.
Estaba confundida. Pero también, peligrosamente, esperanzada.