No pude hablar con Margaret y Nico hasta la noche. No era algo que pudiera contarles por teléfono.
Nos reunimos en mi apartamento. La mirada llena de dudas de Margaret me ponía aún más nervioso de lo que ya estaba. Sabía que algo pasaba con Cruz y sabía que Kristen estaba en peligro, pero nada era seguro; solo eran deducciones.
Llamaron a la puerta.
—Chicos, pasen.
—¿Qué pasó? —preguntó Margaret, sin siquiera saludar.
—No nos asustes —espetó Nico.
Se me revolvió el estómago.
—Antes que nada tengo que decirles que no estoy cien por ciento seguro de lo que está pasando —empecé—, pero creo que Kristen está en peligro y, si es así, es por culpa de Cruz.
Margaret se acomodó en la silla. Noté su incomodidad, como si supiera algo y estuviera esperando que yo lo dijera primero.
—La noche que Cruz fue al bar a buscar a Kristen me di cuenta de que su relación no es muy sana que digamos —continué—. Quiere saber dónde está, con quién está y qué está haciendo. Dijo que ella le pertenecía.
—Eso suena muy a Cruz —murmuró Nico.
—Le dije a Kristen que no estaba sola, que podía contar conmigo. Al día siguiente le escribí para saber si estaba bien y me respondió que no lo sabía. Le propuse vernos para hablar y aceptó. No me dijo mucho, creo que no se atrevió, pero por lo poco que contó supe que tenía miedo. Pude verlo en sus ojos, en lo tensa que estaba, en cómo evitaba ciertas palabras…
—Cruz la golpea —me interrumpió Margaret, casi gritando.
Nico giró la cabeza hacia ella, completamente estupefacto.
Yo sentí cómo la ira me recorría el cuerpo, espesa, violenta. Apreté los puños.
—¿Qué? —logré decir—. ¿Estás segura?
—Me lo contó hoy en el almuerzo. Estaba aterrada. Le dije que lo denunciara, pero no quiso.
—¿Y la dejaste sola? —preguntó Nico, haciéndola sentir culpable sin proponérselo.
—Justo cuando recibí tu mensaje ella tenía que volver al trabajo —respondió Margaret—. Le dije que viniera conmigo, que se quedara en mi casa, pero me dijo que no podía dejar a Cruz así. Tiene miedo de que haga algo peor si ella simplemente desaparece.
En mi cabeza solo resonaba una frase, una y otra vez, como un martillo:
Cruz la golpea.
—Esta mañana decidí seguirlo —dije—. Cuando Kristen se fue a trabajar, Cruz volvió a entrar a la casa. Un rato después llegaron dos tipos, entraron y estoy seguro de que lo golpearon.
Nico frunció el ceño.
—Eso no me molestó —seguí—. De hecho, ahora mismo quiero matarlo. Pero lo que me hizo hablar con ustedes fue lo que uno de esos tipos le dijo antes de subirse al auto…
Tragué saliva.
—Le dijo que tenía dos días. O que la diera por muerta.
El silencio cayó como un golpe.
—¿Dos días para qué? —preguntó Margaret, con la voz temblorosa—. ¿Para que diera por muerta a Kristen?
—No lo sé. Pero creo que sí. Creo que Cruz está metido en algo sucio y están amenazando con la vida de Kristen. No estoy seguro de nada, pero tenemos que empezar por sacarla de esa casa.
Margaret tomó el teléfono de inmediato.
—Le voy a escribir.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Margaret, no puedo ir. Me voy a España en la madrugada y todavía no armé nada. Es una larga historia. Te juro que después te explico. Con Cruz está todo mejor. No te preocupes. Te quiero.
Sentí los ojos arderme, inyectados en sangre.
Iba a matar a Cruz.
Mi cuerpo, sin pedirme permiso, se dirigió hacia la puerta del apartamento.
—¡Caleb, esperá! —gritó Margaret.
Nico intentó detenerme. Lo empujé.
—¡Pará ya, Caleb! No sabemos de lo que es capaz. Tenemos que pensar con claridad —dijo.
Frené en seco y los miré a los dos.
—No voy a esperar a que algo le pase —dije, con la voz rota de rabia—. Si tengo que matarlo para detenerlo, lo haré. Si tengo que prender fuego el puto mundo, lo haré.
No me detuvieron.
Bajé las escaleras corriendo, me subí a la moto y conduje hasta llegar a la casa de Kristen.
Cuando llegué, vi que la puerta estaba abierta.
La vista se me nubló. Por primera vez en mi vida sentí que me moría.
Hasta que la vi.
Sentada en la vereda, descalza, llorando.