He hecho tanto, he vivido tanto...
Es curioso: después de tanto tiempo en este mundo, apenas conservo recuerdos nítidos de mis primeros años. Como si el paso de los días hubiera ido difuminando los contornos de aquello que fui. Supongo que, a pesar de mis excepcionales dotes, la memoria humana no deja de ser un recipiente limitado, condenado a desbordarse o a vaciarse con el tiempo.
De todo lo que ha sido mi vida, solo logro retener a las personas más relevantes, ciertos hechos que dejaron huella y unas pocas escenas cotidianas que, por alguna razón, se resisten a desaparecer. He conocido momentos dulces como la miel y otros ásperos como el vinagre; he atravesado periodos de un frenesí casi insoportable y otros de una quietud tan absoluta que parecía rozar la muerte.
Mi existencia podría considerarse inigualable para algunos, próspera para otros y profundamente desdichada para la mayoría. Pero si algo tengo claro es que mi historia merece ser contada. Y dejaré a juicio de cada cual la forma de interpretarla.
Hace siglos que olvidé en qué época celebraba mi cumpleaños, o cómo fue mi primer beso. Ni siquiera recuerdo ya los rostros de mis padres; si me concentro lo suficiente, apenas logro reconstruir sus siluetas, sus contornos difusos, pero sus expresiones se me escapan como arena entre los dedos. Lo poco que conservo es una certeza más que un recuerdo: ambos eran buenas personas. Mi madre llevaba siempre una sonrisa que parecía iluminar cuanto la rodeaba, y mi padre fue, sin duda, el hombre más generoso y respetable que he conocido en toda mi extensa vida.
Por lo que alcanzo a rememorar, cuando nací ya había habido varias generaciones de mi familia dedicadas a la ganadería. Trabajábamos exclusivamente con ganado bovino: vacas, toros y bueyes. Vivíamos en una pequeña y arcaica casa, en lo que los historiadores llamarían más tarde el Bajo Egipto, cerca de lo que una vez fue Menfis y que hoy se conoce como El Cairo.
Mi padre siguió la tradición y me educó en el oficio familiar, procurándome un porvenir al que aferrarme, que heredase nuestro próspero trabajo. No era algo que me entusiasmara especialmente; se trataba de una labor dura y constante, aunque también digna y ordenada.
Estábamos asentados cerca del río, y de él obteníamos toda el agua que necesitábamos. El Nilo era, y sigue siendo, una maravilla. Vasto, fértil, casi milagroso en su regularidad. En aquellos días distinguíamos tres estaciones: la inundación, la siembra y la recolección.
Mi padre era un hombre respetado y un hábil negociante; sabía cuándo exigir y cuándo tender la mano. A veces incluso hospedaba a viajeros en nuestra casa. Yo no comprendía del todo aquella conducta, hasta que un día le pregunté por qué lo hacía. Me respondió que era justo amparar a quienes no habían tenido nuestra misma fortuna, que todos, tarde o temprano, necesitamos de la ayuda de otros. Nunca lo cuestioné.
Cuando, inevitablemente, mis padres abandonaron el mundo de los vivos, vencidos por los estragos de la edad, heredé cuanto nos pertenecía. Gracias a la disciplina y al esmero con los que me habían criado, pude valerme por mí mismo. Incluso había aprendido algunas técnicas de escritura propias de la época.
Por ese entonces ya estaba casado con quién fue mi primer amor, Lilit. Y ya esperábamos al sol de mi vida, mi hija Azarath.
El nacimiento de Azarath transformó mis días de una forma que jamás habría creído posible. Donde antes solo había rutina y deber, comenzó a latir una alegría constante, casi silenciosa, que daba sentido incluso a las jornadas más duras.
La vi crecer entre el murmullo del río y el lento respirar del ganado, aprendiendo a caminar sobre la tierra que habría de sostenerla y a reír bajo el mismo sol que había marcado la vida de mis antepasados. Fueron años sencillos, casi humildes en su discurrir, pero llenos de una plenitud serena que, con el tiempo, comprendería como uno de los pocos y verdaderos regalos que me concedió la eternidad.
Así pasaron los años. Gracias al negocio familiar, no nos faltaba de nada. Intercambiábamos la carne, la leche y la piel de nuestros animales; mediante el trueque obteníamos vegetales, huevos, vasijas, tejidos y cuanto pudiéramos necesitar. Llevábamos una vida venturosa, más dichosa de lo que entonces éramos capaces de comprender.
Todo marchaba bien, y yo creía, con la ingenuidad de quien no ha sido aún golpeado, que así seguiría siendo. Pero la vida siempre guarda sorpresas, y no todas son benignas. La nuestra comenzó a torcerse a causa de una visita tan anodina en apariencia que jamás habría sospechado su peso en nuestro destino.
Tres hombres se presentaron una mañana en nuestra vivienda. Se presentaron sin nada más que palabras amables y sonrisas complacientes.
Me ofrecieron un trato: necesitaban carne y suministros, pero no tenían nada con lo que retribuirnos en ese momento salvo promesas. Y nos prometieron que, si les ayudábamos, nos devolverían con creces lo entregado. Necio de mí, y con la aprobación de mi amada, y siempre gentil esposa, acepté sus condiciones y cerramos un pacto de palabra.
Pero las promesas son solo palabras muertas en los labios de los maliciosos.
El tiempo pasó, y no volvimos a saber de ellos.
Durante meses, aquel encuentro se disolvió en la rutina de nuestros días. Continuamos con nuestras labores, y terminé por convencerme de que jamás volveríamos a verlos. Pero me equivocaba.
Cuando regresaron, no lo hicieron para cumplir su palabra. Llegaron con las manos vacías... y nuevas exigencias.
Esta vez rechacé sus proposiciones. No estaba dispuesto a comerciar con ellos hasta que saldaran la deuda que habían contraído con mi familia. Se irritaron ante mi negativa e insistieron con una obstinación que pronto se tornó amenaza. Pero no cedí. Rechacé una y otra vez sus palabras, hasta que finalmente se marcharon.
Creí, de nuevo, que todo había terminado.
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Editado: 30.05.2026