Senet.
Durante los siglos que siguieron, encomendé mi vida a la ayuda del prójimo.
No creía en los dioses que los demás veneraban. Set, Ra, Horus... toda aquella retahíla de deidades no significaba nada para mí. Tampoco creía en los faraones. Nunca comprendí la devoción que despertaban, ni la influencia que ejercían sobre el pueblo.
Y menos todavía sus dinastías, sus ambiciones, su poder... todo me resultaba ajeno, incluso despreciable.
Lo único en lo que yo aún conservaba fe era en la bondad del ser humano.
Y eso se lo debía a Jahi.
Él me enseñó que no son los grandes gestos los que sostienen el mundo, sino los pequeños actos cotidianos: una mano tendida, una palabra a tiempo, una decisión justa. Detalles sencillos que, acumulados, mantienen al mal a raya.
Y por él, me entregué sin reservas. Dediqué mi existencia a la benevolencia, intentando convertirme en un reflejo —aunque imperfecto— de aquella grandeza silenciosa que él encarnaba.
Y aunque sí me asentaba, me movía constantemente entre ciudades y asentamientos. Nunca permanecía demasiado tiempo en un mismo lugar; aprendí y entendí que hacerlo podía resultar peligroso. No morir era una anomalía... pero no envejecer, lo era aún más.
Hieracómpolis, Abydos, Naqada, Tebas, Menfis, Asuán, Buto, Dehenet, Edfu, Gebtu, Heliópolis...
Viví en todas ellas.
Y en muchas más.
Con el tiempo, establecí ciertas normas para mí mismo, y procuré cumplirlas con rigor. Una de las principales era no permanecer más de una década en una misma ciudad.
A algunas regresaba años después, cuando los rostros habían cambiado y los recuerdos se habían desvanecido.
La prudencia se convirtió en mi única aliada.
Porque entendí que no bastaba con sobrevivir.
También debía permanecer en el olvido. El primer incidente, si no recuerdo mal, fue durante mi estancia en Tebas.
Allí tuve un problema que me obligó a marcharme antes de lo previsto. Mis vecinos presenciaron cómo me hería gravemente la mano, y cómo, en cuestión de horas, la herida desaparecía sin dejar rastro alguno. Uno de ellos, preocupado en apariencia, acudió a mi casa para comprobar mi estado... y fue entonces cuando lo vio con sus propios ojos.
Aquel instante bastó para dar comienzo a los rumores. Y los siguientes días las sospechas comenzaron a crecer.
Intenté justificarlo, les hablé de ungüentos, de remedios elaborados con plantas medicinales, de conocimientos heredados. Pero ya era tarde. Había algo en sus miradas... una mezcla de inquietud y desconfianza que no dejaba lugar a dudas.
Comenzaron a observarme. A vigilarme.
Y comprendí que debía marcharme.
Tras un lustro en Tebas, abandoné la ciudad.
Fue una lección más. Una que no olvidaría.
Durante aquellos siglos, adopté una vida sencilla. Me convertí en pescador y recolector. Extraía alimento del Nilo, de la costa, de la tierra... y lo compartía con quienes más lo necesitaban. En las ciudades, la prosperidad era visible, pero no alcanzaba a todos. Huérfanos, ancianos, desamparados... demasiadas vidas quedaban al margen. La sombra de la desigualdad ha sido alargada en toda época.
Y yo no podía ignorarlo.
Enseñé a leer a los más jóvenes siempre que tuve ocasión. Ayudé a los enfermos con los conocimientos que había adquirido sobre las plantas.
Siempre que alguien necesitaba ayuda, hacía lo que estaba en mi mano para ofrecérsela. En más de una ocasión, incluso, renuncié a mi propio sustento.
Me gusta comer. Pero otros lo necesitaban más que yo.
Cómo he dicho, así fueron transcurriendo mis primeros siglos.
Y, sin darme cuenta, me convertí en algo extraño... un testigo viviente del paso del tiempo. Vi cambiar costumbres, ideas, formas de vida. Fui, sin pretenderlo, un manuscrito andante en el que la historia parecía escribirse sin descanso.
Recuerdo, por ejemplo, mi estancia en Saqqara.
Estuve allí cuando Zoser ordenó la construcción de la primera pirámide escalonada. En aquel momento no comprendí la magnitud de lo que estaba presenciando. No imaginé que aquella estructura marcaría un antes y un después, que arraigaría con tanta fuerza en la cultura de generaciones futuras.
Nunca entendí aquella obsesión por la muerte.
Ni entonces... ni ahora.
Me resulta curioso que, incluso en tiempos actuales, ese interés persista. Supongo que el miedo a lo desconocido nunca desaparece. Y no hay nada más inquietante que la idea de la nada.
Yo, tras morir tantas veces, nunca he encontrado nada al otro lado.
Solo oscuridad… Ausencia. Vacío.
Quizá por eso jamás he logrado comprenderlo.
En aquella época, sin embargo, la relación con la muerte rozaba lo enfermizo. La momificación, los monumentos funerarios, los rituales... incluso existían personas encargadas de llevar alimento a las tumbas de los poderosos, convencidos de que lo necesitarían en la otra vida.
Pero eso no era lo más perturbador.
Algunos siervos eran momificados junto a los faraones, destinados a servirles más allá de la muerte. Y no solo ellos... también animales domésticos eran preservados con el mismo propósito.
Vivía en un mundo que veneraba la muerte.
Mientras que yo..., era incapaz de alcanzarla.
Después de Zoser, los reyes que vinieron levantaron tumbas más imponentes que las casas de los vivos, otorgando más valor al legado de sus antepasados que al futuro de sus descendientes.
Con todo lo que sé ahora, y con todo lo que he vivido, no puedo evitar pensar que muchas de aquellas prácticas no eran más que el reflejo de una ignorancia profundamente arraigada. A veces, el ser humano prefiere abrazar una fantasía reconfortante antes que enfrentarse a una realidad incómoda.
Y, sin embargo, aquella obsesión también me brindó encuentros inesperados.
Entre ellos, conocer a Imhotep.
Fue el arquitecto responsable de la pirámide escalonada, y su reputación le precedía. Sus conocimientos eran admirados en numerosos territorios, y no sin razón. Tuve el placer de coincidir con él en Saqqara. No fue un encuentro grandioso ni memorable a ojos de otros: tan solo una conversación breve, tranquila. Pero suficiente.
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Editado: 30.05.2026