Kushim - Parte 1

Aldea. 4

Aldea.

Después de marcharme de Abydos, me dediqué por completo a buscarlos.

Lo deseaba con una intensidad que me consumía. Necesitaba saber que estaban bien. Verlos. Abrazarlos, aunque fuera una última vez.

Recorrí las ciudades del Nilo una tras otra. Caminando por sus calles, preguntando a desconocidos, intentando encontrar cualquier pista, por insignificante que pareciera. Pero no encontré nada.

Algunos rumores sin fundamento, voces inciertas, y testimonios vagos que se deshacían al intentar aferrarme a ellos.

Mi vida volvió a ser la de un errante. Un buscador sin rumbo.

Y así pasaron los años. Uno tras otro. Ni siquiera sé cuántos.

Al principio, la esperanza me sostenía. Su recuerdo era suficiente para mantenerme en pie. Me convencía de que, de algún modo, acabaría encontrándolos. Que algo, llámalo destino, llámalo fortuna, intervendría a mi favor.

Pero el tiempo... El tiempo lo desgasta todo. Incluido yo.

Mi cabello y mi barba volvieron a crecer sin control. Mi cuerpo, que había recuperado fuerza y volumen en Abydos, volvió a consumirse. Y, poco a poco, los recuerdos felices comenzaron a desvanecerse, sustituidos por una angustia persistente.

Hasta que un día cualquiera, sin más, me rendí.

Estaba sentado bajo la sombra de un árbol enorme, de tronco grueso y ramas extendidas como brazos antiguos. Pensaba en el inicio de todo.

Recordé a Yafeu aquel día. Luchando en el agua. En aquel instante que lo cambió todo.

Y entonces lo comprendí.

Podía sobrevivir a las heridas, a las enfermedades, incluso al hambre.

Pero había algo de lo que ningún ser humano podía prescindir: el aire.

Si me faltaba el aliento... debía morir.

Y, en aquel momento, miré a mi alrededor. No tenía nada que perder. Así que, por qué no. El lugar era perfecto. Estaba solo. Nadie me encontraría.

Saqué la cuerda de mi cesta. La misma que había llevado conmigo durante tanto tiempo. La até con cuidado, formando un nudo corredizo. Después la lancé sobre una de las ramas más gruesas. Para colocarla, tuve que trepar. Mis manos se aferraron a la corteza, áspera, mientras ascendía con esfuerzo.

Cuando por fin estaba todo dispuesto me puse en posición...

Coloqué la soga alrededor de mi cuello. Y respiré hondo, deseando que fuera la última vez.

Me ajusté la soga al cuello y, sin vacilar, salté.

Durante unos instantes quedé suspendido, balanceándome en el aire. Mis piernas se agitaban de forma desesperada, traicionando mi voluntad. Yo quería morir... pero mi cuerpo no. El instinto de supervivencia se aferraba con una fuerza que ni siquiera yo había previsto.

Sentí la presión en el cuello, los ojos hinchándose, la cuerda quemando la piel con cada roce. El aire dejó de llegar.

Y entonces..., todo se apagó.

Mi último instante, breve e incomprensible, en el que sentí algo parecido al consuelo. Pero no fue suficiente.

*

Cuando recuperé la consciencia, estaba en el suelo. No sabía cuánto tiempo había pasado. Horas... quizá días. La rama había cedido.

Había vuelto a fallar.

Grité y maldije. Al viento, al mundo... a mí mismo.

Y, sin embargo, en medio de aquella frustración, comprendí algo. Tal vez el método había sido el problema. Quizá una cuerda no era la forma correcta.

Y la idea surgió en mi cabeza de golpe.

El agua.

En el agua todo podía ser distinto.

Recordé entonces el oasis que Jahi me había mostrado siglos atrás. Apartado, discreto, casi olvidado. Nadie acudiría allí. Nadie interferiría.

Y, por primera vez en mucho tiempo sentí una especie de determinación. Un alivio. El peso de la oportunidad, de la esperanza.

Caminé durante dos días casi sin detenerme, impulsado por esa única idea. Cuando por fin llegué, el lugar seguía casi igual. Inmutable. Ajeno a todo. O eso me parecía a mí.

Tomé la cuerda. La misma. Confiaba en darle una segunda oportunidad. Solo que esta vez no era para mí cuello, esta vez tenía otro propósito, aunque el mismo objetivo.

Busqué la piedra más grande que encontré y la arrastré hasta la orilla. Durante un momento dudé. Pensé en abandonar mis pertenencias... pero no pude. Tenían demasiado peso, no físico, sino emocional.

Siguiendo el ejemplo de Tarik, las enterré cerca del oasis.

Si todo salía como esperaba, no importaría.

Y si no... Bueno, al menos no lo perdería todo otra vez.

Aseguré la cuerda a la piedra y até el otro extremo a mis tobillos. Me costó. El esfuerzo era grande, pero mi voluntad lo era más.

Entré en el agua. Paso a paso al principio. Así hasta alcanzar la profundidad necesaria.

Entonces solté la roca. Y, tal y como esperaba, me arrastró hacia el fondo.

Lo que siguió... Fue horrible. De las peores sensaciones que he vivido. Y no han sido pocas.

El agua invadió mi boca, mi nariz. Mi cuerpo luchaba, se rebelaba, intentaba respirar donde no había aire. El ardor era insoportable, como si algo se desgarrara en mi interior.

Esa angustia... No tiene comparación. Es un pánico primitivo. Algo absoluto.

Por suerte…, no duró demasiado.

*

Cuando volví a despertar... no podía creerlo.

El oasis...

El oasis se había secado casi por completo.

Me negaba a aceptarlo. Mi mente buscaba una explicación que no encontraba. Pero la realidad era evidente: el nivel del agua había descendido lo suficiente como para que mi cuerpo, sumergido, encontrara aire.

Había fallado otra vez…

La frustración fue insoportable. Me sentí un necio. Estaba convencido de que aquel sería mi final... y, sin embargo, aquí estaba de nuevo. Vivo.

Pero algo había cambiado.

La recuperación no fue como las anteriores. No fue rápida. No fue limpia. Fue... lenta. Y muy dolorosa.

Durante días, mi cuerpo se negó a responder. El dolor no estaba localizado; lo invadía todo. Mis pulmones ardían, como si aún estuvieran llenos de agua. Pero lo peor era mi piel, estaba hinchada, hipersensible, cada roce era una punzada. Y mis músculos eran inútiles, no respondían a mí.



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En el texto hay: historia, inmortal, ficcion

Editado: 30.05.2026

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