Kushim - Parte 1

Tribu. 5

Tribu.

Enterramos a Barsal en la aldea. Al fin y al cabo, era el lugar que lo había visto nacer... y también morir. Me pareció justo que reposara allí.

Tras el entierro, me encerré en casa.

No me sentía capaz de enfrentar a nadie. La pena que me consumía era inmensa, casi insoportable. Mido intentó visitarme en varias ocasiones, pero no se lo permití.

El dolor que sentía pertenecía a esa clase de dolores que solo comprenden quienes los han padecido…, y ningún padre debería sobrevivir a sus hijos.

La muerte de Barsal reavivó sombras que creía enterradas.

Así pasé meses. Apenas salía, salvo para atender mis necesidades más básicas. Evitaba a los demás, evitaba el mundo. Y no sé cuánto tiempo habría continuado así, consumiéndome en silencio, de no haber intervenido Mido.

Un día, cansado de mis negativas, irrumpió en mi casa.

Se plantó frente a mí y comenzó a hablar. Yo traté de ignorarlo, aferrándome a mi mutismo como a un refugio. Pero entonces dijo algo que logró atravesar ese muro.

Me preguntó qué habría querido Barsal para mí.

Aquella pregunta quedó suspendida en mi mente. Durante días no pude apartarla, repitiéndose una y otra vez, hasta que finalmente lo comprendí.

Entendí que no podía quedarme.

Así que preparé mis pertenencias, mi carro y dos de mis caballos más jóvenes. Todo lo que dejé atrás se lo legué a Mido y a su familia. Luego partí.

Retomé mi camino, vagando entre los reinos y ciudades de la cuenca de Mesopotamia.

Eran tiempos convulsos, pero tras la muerte del segundo hijo de Sargón y la ascensión de su nieto, Naram-Sin, el Imperio acadio alcanzó su apogeo. Era un conquistador como su abuelo: no solo sofocó las revueltas, sino que expandió sus dominios hasta Elam, Alepo e incluso la región egipcia del Sinaí. Durante su reinado, el comercio floreció, y fue entonces cuando oí hablar por primera vez de las tierras lejanas del valle del Indo.

Recuerdo que, estando en Ur, intercambié un barril de fruta recién recolectada por un caballo. Uno de los que me había llevado conmigo había muerto, por entonces los caballos rara vez superaban las dos décadas de vida. Y cuando no lograba que se reprodujeran y asegurar descendencia, me veía obligado a conseguir nuevos mediante trueque.

Y así continué, avanzando sin rumbo fijo... pero, por primera vez en mucho tiempo, con un propósito que, aunque difuso, sentía como propio.

En aquella época creía que los acadios perdurarían, que merecía la pena permanecer en Mesopotamia. Pero fue entonces cuando Naram-Sin comenzó a dejarse arrastrar por la soberbia del poder. No solo permitió el saqueo de templos sagrados, sino que, en su afán por exhibir su supremacía, llegó a proclamarse a sí mismo un dios.

Aquello marcó el inicio del declive.

No tardaron en alzarse contra él diversas tribus nómadas; entre ellas destacaban los amorreos y los gutis, pueblos duros, acostumbrados a la intemperie y ajenos al orden que los acadios trataban de imponer.

Finalmente, Naram-Sin murió, como el mortal que siempre fue. Su hijo, Sharkalisharri, heredó el trono, pero no supo sostener el peso del imperio. La decadencia regresó: revueltas, guerras, luchas internas... un caos que parecía no tener fin.

Yo estaba cansado.

Cansado de ver cómo todo se alzaba solo para derrumbarse después…

Recordando las palabras de Barsal, decidí ir más allá de lo que conocía. Abandoné aquellas tierras y emprendí un viaje hacia el este, atravesando regiones que hoy identificaríamos como Irán, Irak y Afganistán, hasta alcanzar, finalmente, las tierras donde fluye el gran río Indo, en lo que ahora es Pakistán.

El trayecto fue largo. No sabría decir cuánto tiempo me llevó completarlo.

Viajaba con mi carro y mis caballos, lo que facilitaba el avance, pero también multiplicaba las preocupaciones. Yo podía soportar el hambre y la sed; ellos no. Cada jornada debía encontrar agua, pasto, un lugar donde pudieran descansar. Aquello exigía una atención constante, un esfuerzo que en ocasiones rozaba lo extenuante.

Pero gracias a tenerlos, nunca me sentí completamente solo.

Los caballos son criaturas sensibles, más de lo que muchos creen. Perciben el ánimo de quien los guía, responden a su voz, a sus silencios. En más de una ocasión, fueron los únicos testigos de mis pensamientos, de mis recuerdos... de mis conversaciones conmigo mismo.

Y hablando de caballos, lo primero que me llamó la atención, al llegar a los poblados próximos al Indo, fueron las miradas de sus habitantes. Los oriundos observaban a mis caballos con una fascinación difícil de disimular.

Al principio no comprendía el motivo, pero pronto lo entendí: allí los caballos eran raros. En su lugar utilizaban animales bovinos, cebús, bueyes, búfalos de agua, y lo más parecido a un caballo que tenían eran los asnos.

A mi llegada visité varias de las ciudades principales. Me cautivaron de inmediato. No podía creer la prosperidad de la que gozaban; su civilización era, sin duda, comparable a la egipcia y a la mesopotámica.

Durante los primeros meses me dediqué a viajar y a aprender su lengua y sus múltiples dialectos. Fue un proceso lento, pero, como en todo, la práctica acabó dando sus frutos.

Su cultura me resultaba fascinante. La arquitectura civil estaba organizada con una precisión admirable: ciudades planificadas, con calles principales y secundarias bien definidas. Las viviendas solían estructurarse en torno a patios interiores, formando conjuntos cerrados que ofrecían intimidad y resguardo.

Pero lo que más me impresionó fue su sistema de saneamiento.

Habían desarrollado una red de drenaje y canalización del agua que atravesaba la ciudad con una eficacia sorprendente. Comprendían algo esencial: que el sustento de toda civilización reside en el control del agua.

Sus cultivos eran variados. Como en muchas otras regiones, cultivaban trigo y cebada, pero también sésamo, dátiles, melones y una amplia variedad de legumbres. Trabajaban la lana y el algodón, y dominaban tanto la hilandería como la producción textil.



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En el texto hay: historia, inmortal, ficcion

Editado: 30.05.2026

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