Cebú.
Después de dejar Mohenjo-Daro, atravesé una época turbulenta. No me asenté en ninguna ciudad, aunque las visitaba con frecuencia. Volví a una vida errante, casi espectral.
De aquellas décadas apenas conservo recuerdos: mi existencia se reducía a estar. Antepuse el estar al vivir... y, en aquel entonces, estaba convencido de que era lo mejor.
Me apañaba mejor solo. O eso es lo que me repetía a mí mismo.
Con el hacha cortaba leña para las hogueras; con la caña y el arco me ocupaba de la caza. El agua la tomaba de ríos y afluentes, siempre en movimiento, siempre distinta.
Me aseaba cuando tenía ocasión y utilizaba la daga para recortar mi cabello y mi barba, como si al mantenerlos a raya pudiera también contener el paso del tiempo.
Decidí permanecer en la región del Indo por su escasa belicosidad: allí las guerras eran raras, casi ajenas al pulso de la vida cotidiana. Era un lugar donde uno podía desaparecer sin ser molestado.
Mis caballos se reprodujeron, engendrando varias generaciones. Algunos nacieron débiles o deformes y me vi obligado a sacrificarlos; entonces no comprendía los peligros de la endogamia. Llegué a tener cinco magníficos ejemplares y creí, ingenuamente, que aquello perduraría. Eran mi única compañía, mi único vínculo con algo parecido al afecto.
Pero la desgracia no tarda en encontrar al que se cree a salvo.
Cuatro de ellos enfermaron sin que pudiera hacer nada. Por los síntomas, debió de tratarse de algún tipo de gripe equina.
Solo sobrevivió una yegua, la que estaba en cinta. Era ya vieja, demasiado para soportar un parto, pero aun así trajo al mundo un potro sano..., y en ese esfuerzo entregó su vida.
La cría tenía el pelaje oscuro como la noche y un cabello fino, casi sedoso. Desde el principio advertí algo distinto en ella. Había en su mirada una lucidez extraña, una atención que no había visto en ningún otro animal.
Su comportamiento desde potrillo era diferente, casi humano en ciertos gestos, y no tardé en encariñarme.
Mientras crecía, no pude desplazarme demasiado. Era aún débil para tirar del carro, y la espera se convirtió en otra forma de aprendizaje. Aprendí a medir el tiempo de otro modo, a aceptar la lentitud sin desesperarme.
Mi paciencia, al final, dio fruto. La yegua se convirtió en un ejemplar magnífico. Con un porte y una fuerza envidiables.
No sé si fue la soledad o la ilusión de que podía entenderme, pero comencé a hablarle con frecuencia. Le confiaba pensamientos, recuerdos fragmentados, incluso dudas que no sabía formular de otra manera. Ella me escuchaba —o eso quería creer— con esa quietud atenta que solo poseen los animales.
Era tranquila, leal, intuitiva..., y a veces juguetona, como si quisiera arrancarme de ese letargo en el que me había sumido.
Mi vida carecía de expectativas. No aspiraba a nada, no buscaba nada. Sin embargo, su compañía se convirtió en una pequeña luz en medio del yermo de mi existencia.
No sabría decir si fue el destino, el azar o alguna fuerza que aún no comprendo, pero mi vida cambió para siempre cuando aquella joven yegua enfermó.
Fue una mañana cualquiera. Al despertar, la encontré tendida en el suelo; resoplaba con dificultad, sudaba en exceso y se revolcaba con desesperación. El miedo a perderla me atravesó sin aviso. Y sin pensarlo, lo dejé todo atrás y me dirigí a la ciudad más cercana, Harappa.
En aquella época no existían veterinarios ni nada parecido; encontrar a alguien con conocimientos sobre animales era casi una quimera. Aun así, recorrí la ciudad preguntando a todo aquel que se cruzaba en mi camino. Pero los caballos no eran habituales en la región, y nadie supo darme una respuesta.
Cuando la desesperanza empezaba a imponerse, apareció ella.
Me oyó hablar con un mercader de ganado y se acercó, interesada. Le expliqué lo sucedido con la voz entrecortada, y tras escucharme con atención, sugirió que quizá se trataba de un cólico. Al preguntarle qué debía hacer, dudó un instante antes de decir que tal vez podría ayudarme, aunque no estaba segura.
Le aseguré que le pagaría lo que fuese. Y no mentía, en ese momento no me importaba nada más.
Me pidió que la acompañara hasta su casa. Entró con rapidez y salió poco después con una cesta entre las manos. Sin perder tiempo, me pidió que la guiara hasta donde estaba la yegua.
El trayecto se me hizo eterno, pero avanzamos con una prisa inquieta. Cuando llegamos y comprobé que aún seguía con vida, sentí un alivio tan profundo que casi me hizo flaquear.
La mujer se arrodilló junto al animal y comenzó a sacar distintas hierbas de la cesta. Intentó que las comiera, pero la yegua apartaba el hocico con debilidad. Entonces me preguntó cómo se llamaba.
Bajé la mirada.
—No tiene nombre... —admití, con un hilo de voz.
Volvió a intentarlo, sin éxito. La impotencia me desbordó. Me acerqué, me arrodillé junto a ella y comencé a acariciarla con suavidad. Le susurré palabras tranquilas, casi sin darme cuenta de lo que decía, y le pedí que comiera.
Y entonces ocurrió.
Como si algo invisible hubiera cambiado, la yegua empezó a tragarse las hierbas.
Primero unas, luego otras diferentes. Observé cada movimiento con el corazón encogido. Cuando le pregunté qué eran, me explicó que se trataba de plantas medicinales que había utilizado con asnos y burros. Aquella simple aclaración logró calmar parte de mi angustia.
Después me preguntó si tenía agua.
Negué con la cabeza y me fui a buscarla de inmediato.
Las horas pasaron lentas, pero la yegua dejó de revolcarse y su respiración se volvió más regular. La tensión comenzó a aflojar, y fue entonces cuando, por primera vez, me fijé en ella.
Nuestra salvadora era una mujer muy hermosa.
Hasta ese momento no había sido capaz de reparar en su rostro, en la serenidad de sus gestos, en la firmeza tranquila con la que se movía. La ansiedad me había cegado. Cuando por fin pude mirarla con claridad, comprendí que había en ella algo más que conocimiento.
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Editado: 30.05.2026