La Abogada Del Rey Lobo

Capítulo 1. El cliente misterioso

La lluvia golpeaba los ventanales del pequeño despacho mientras Valentina Salazar revisaba por tercera vez el expediente que tenía sobre el escritorio.

Eran casi las nueve de la noche y todo el edificio estaba vacío.

Valentina suspiró y se quitó los lentes.

A sus treinta años, había aprendido que ser una buena abogada significaba mucho más que conocer las leyes. También significaba saber cuándo desconfiar, cuándo insistir y, sobre todo, cuándo una historia no encajaba.

Aquella noche había recibido una llamada extraña.

—¿La licenciada Valentina Salazar?

—Sí, ella habla.

—Tengo una propuesta profesional para usted.

—¿De parte de quién?

El hombre al otro lado de la línea había guardado silencio durante unos segundos.

—Del señor Alejandro Montenegro.

Valentina dejó de escribir.

Ese nombre era imposible de ignorar.

Alejandro Montenegro era uno de los empresarios más ricos del país. Su nombre aparecía constantemente en revistas financieras y periódicos. Poseía hoteles, empresas de seguridad, edificios y enormes extensiones de terreno.

También era conocido por ser extremadamente reservado.

—¿Qué clase de asunto necesita atender? —preguntó Valentina.

—Eso se lo explicará personalmente el señor Montenegro.

—Entonces no puedo aceptar todavía.

—Le pagará cinco veces sus honorarios habituales.

Valentina arqueó una ceja.

—Eso no cambia mi respuesta.

—¿Y si le digo que el caso podría poner en peligro la vida de mi cliente?

Aquella frase consiguió llamar completamente su atención.

—¿Dónde y cuándo?

—Mañana. Ocho de la noche. Mansión Montenegro.

La llamada terminó.

Valentina se quedó mirando el teléfono.

Algo no le gustaba.

Sin embargo, su curiosidad profesional era más fuerte que sus dudas.

Al día siguiente, a las ocho en punto, Valentina llegó a la propiedad de Alejandro Montenegro.

La mansión era impresionante.

Se encontraba rodeada por un bosque enorme y estaba protegida por una alta reja negra. No había casas cercanas. El lugar parecía completamente aislado de la ciudad.

Un hombre vestido de negro la recibió en la entrada.

—¿Licenciada Salazar?

—Sí.

—El señor Montenegro la está esperando.

Valentina entró.

El interior era todavía más impresionante que el exterior. Grandes ventanales, pisos de mármol, muebles antiguos y enormes pinturas cubrían las paredes.

Pero había algo extraño.

Todo estaba demasiado silencioso.

El hombre la condujo hasta una biblioteca.

—Espere aquí.

Valentina dejó su bolso sobre una silla.

Pocos segundos después, la puerta se abrió.

Y Alejandro Montenegro entró.

Valentina había visto fotografías suyas en revistas, pero ninguna le había hecho justicia.

Era un hombre alto, de hombros anchos y expresión seria. Vestía un traje negro perfectamente ajustado. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado y sus ojos tenían un tono extraño, casi dorado.

—Licenciada Salazar.

—Señor Montenegro.

Alejandro se acercó.

—Gracias por venir.

—Me dijeron que necesitaba representación legal.

—Así es.

Valentina tomó asiento.

Alejandro permaneció de pie frente a ella.

—Antes de comenzar quiero establecer una condición.

—¿Cuál?

—Todo lo que vea y escuche en esta casa será confidencial.

Valentina sonrió ligeramente.

—Soy abogada. La confidencialidad profesional no es una novedad para mí.

Por primera vez, Alejandro mostró una pequeña sonrisa.

—Eso me gusta.

Valentina abrió su carpeta.

—Ahora dígame cuál es el problema.

La expresión de Alejandro cambió.

—Alguien está intentando apoderarse de mis propiedades.

—¿Mediante qué procedimiento?

—Documentos falsificados.

—Eso es un asunto serio, pero no parece imposible de resolver.

—No conoce todos los detalles.

Alejandro colocó varios documentos sobre la mesa.

Valentina comenzó a revisarlos.

Contratos.

Escrituras.

Transferencias.

Poderes notariales.

Todo parecía legal.

Demasiado legal.

—¿Quién preparó estos documentos?

—No lo sé.

—¿Ha recibido amenazas?

—Sí.

Valentina levantó la mirada.

—¿Amenazas directas?

—Algunas.

—¿Tiene pruebas?

Alejandro se acercó a la ventana.

—Anoche encontraron esto en los terrenos de mi propiedad.

Sacó una fotografía.

Valentina la observó.

Era un símbolo tallado sobre el tronco de un árbol.

Una luna atravesada por tres líneas.

—¿Qué significa?

Alejandro tardó en responder.

—Es una advertencia.

—¿De quién?

Él se volvió hacia ella.

Sus ojos parecían más intensos que antes.

—De alguien que quiere matarme.

Valentina cerró la carpeta.

—Entonces necesito saber quién es.

—Eso es precisamente lo que quiero que descubra.

—¿Y por qué yo?

Alejandro se acercó lentamente.

—Porque me dijeron que usted no se detiene hasta encontrar la verdad.

Valentina sostuvo su mirada.

—Eso es cierto.

—Entonces tenemos un acuerdo.

Ella extendió la mano.

Alejandro la tomó.

En el momento en que sus manos se tocaron, ambos se quedaron inmóviles.

Valentina sintió un extraño calor recorrerle el brazo.

Alejandro, en cambio, sintió algo mucho más profundo.

Su corazón comenzó a latir con una fuerza que no había sentido en siglos.

Sus ojos se oscurecieron por un instante.

Valentina retiró la mano.

—¿Está bien?

Alejandro respiró profundamente.

—Sí.

Pero no estaba bien.

Porque acababa de reconocer algo que jamás había esperado encontrar.

Su instinto de lobo había despertado.

Y una sola palabra apareció en su mente.

Compañera.




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