Valentina salió de la mansión Montenegro poco después de las diez de la noche.
Mientras caminaba hacia su automóvil, no podía dejar de pensar en la extraña actitud de Alejandro.
Había algo en aquel hombre que no lograba comprender.
No era solamente su riqueza o su presencia imponente. Había algo más.
Algo que le provocaba una mezcla de curiosidad e inquietud.
Antes de subir al automóvil, miró hacia el bosque.
Todo estaba completamente oscuro.
Entonces escuchó un sonido.
Un aullido.
Valentina se quedó inmóvil.
El sonido había sido tan fuerte que parecía haber salido de algún lugar muy cercano.
—Debe ser un perro —murmuró.
Intentó convencerse de ello.
Pero sabía que no era cierto.
Había algo diferente en aquel aullido.
Algo profundo.
Algo que parecía responder a una llamada.
Valentina entró rápidamente en su automóvil y abandonó la propiedad.
Desde el segundo piso de la mansión, Alejandro observó cómo las luces del vehículo desaparecían por el camino.
A su lado apareció Darío, su hombre de confianza.
—La encontraste —dijo.
Alejandro no respondió.
—¿Es ella?
El rey mantuvo la mirada fija en el camino.
—Sí.
Darío guardó silencio.
—Después de tantos siglos... —murmuró—. Finalmente apareció.
Alejandro cerró los ojos.
—No quiero que nadie se acerque a ella.
—Alejandro...
—He dicho que nadie.
Darío bajó la cabeza.
—Como ordene, mi rey.
A la mañana siguiente, Valentina llegó temprano a su despacho.
Había pasado buena parte de la noche revisando los documentos que Alejandro le había entregado.
Había algo que no coincidía.
Los documentos parecían auténticos, pero todos tenían una pequeña modificación.
Una misma firma aparecía en diferentes contratos.
—Esto no puede ser una coincidencia —dijo.
Tomó el teléfono y llamó a su asistente.
—Sofía, necesito que investigues una empresa.
—¿Cuál?
Valentina le dio el nombre.
—Quiero saber quiénes son los accionistas, quién la constituyó y todas las operaciones relacionadas con ella.
—¿Crees que está relacionada con Montenegro?
—Estoy segura.
—¿Es peligroso?
Valentina miró los documentos.
—Todavía no lo sé.
Colgó.
Minutos después recibió un mensaje de Alejandro.
“No investigue sola.”
Valentina frunció el ceño.
Respondió inmediatamente.
“Soy su abogada. Necesito investigar.”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“No entiende el peligro.”
Valentina sonrió con incredulidad.
“Entonces explíqueme.”
Esta vez no recibió respuesta.
—Qué hombre tan desesperante —murmuró.
Por la tarde, Valentina recibió una llamada desconocida.
—¿Licenciada Salazar?
—Sí.
—Deje el caso Montenegro.
—¿Quién habla?
—Alguien que quiere evitarle problemas.
Valentina se puso seria.
—¿Es una amenaza?
—Tómelo como un consejo.
La llamada terminó.
Valentina permaneció en silencio.
Después guardó el teléfono.
No pensaba abandonar el caso.
Mucho menos después de aquella llamada.
Esa misma noche regresó a la mansión.
Alejandro estaba esperándola.
—Le dije que no investigara sola.
—Y yo le dije que necesito hacer mi trabajo.
—No entiende lo que está sucediendo.
—Entonces explíqueme.
Alejandro la miró fijamente.
—No puedo.
Valentina se acercó.
—¿Por qué?
—Porque cuanto más sepa, más peligro correrá.
—Ya estoy en peligro.
Alejandro permaneció en silencio.
Ella continuó:
—Recibí una amenaza.
La expresión de Alejandro cambió inmediatamente.
—¿Qué dijeron?
Valentina le contó lo sucedido.
Los ojos de Alejandro adquirieron un brillo dorado.
—¿Cuándo fue?
—Esta tarde.
Alejandro cerró los puños.
—Debió decírmelo inmediatamente.
—No sabía que tenía que informarle de cada llamada que recibiera.
—A partir de ahora sí.
Valentina lo miró sorprendida.
—Usted no puede darme órdenes.
Alejandro se acercó.
—No estoy intentando darle órdenes.
—Pues no lo parece.
—Estoy intentando protegerla.
—¿Por qué?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Alejandro no respondió.
Porque no podía decirle la verdad.
No podía decirle que desde que había tocado su mano, su lobo no había dejado de llamarla.
No podía decirle que su olor permanecía en cada rincón de la mansión.
No podía decirle que, por primera vez en siglos, sentía miedo.
Miedo de perder a alguien.
—Porque usted trabaja para mí —respondió finalmente.
Valentina negó con la cabeza.
—No le creo.
Alejandro sostuvo su mirada.
—No tiene que hacerlo.
Esa noche Valentina se quedó trabajando hasta tarde en una de las habitaciones de la mansión.
Mientras revisaba unos documentos, escuchó pasos.
Se levantó.
—¿Alejandro?
Nadie respondió.
Los pasos continuaron.
Valentina salió al pasillo.
Todo estaba oscuro.
Entonces escuchó un gruñido.
Se quedó paralizada.
El sonido provenía del exterior.
Se acercó lentamente a la ventana.
Entre los árboles apareció una silueta.
Un enorme lobo negro.
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
El animal la miró directamente.
Sus ojos eran dorados.
Exactamente del mismo color que los ojos de Alejandro.
El lobo dio un paso hacia la casa.
Valentina retrocedió.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—No te acerques a la ventana.
Se giró.
Alejandro estaba allí.
Su expresión era completamente diferente.
—¿Qué sucede? —preguntó Valentina.