La Abogada Del Rey Lobo

Capítulo 3. El secreto del bosque

Valentina no pudo dormir aquella noche.

Desde que había visto al enorme lobo de ojos dorados, una pregunta no dejaba de rondar por su cabeza.

¿Quién era realmente Alejandro Montenegro?

Había algo extraño en él. Su manera de comportarse, su fuerza, sus silencios y, sobre todo, aquellos ojos.

Valentina había aprendido que cuando algo no tenía sentido, normalmente había una explicación escondida.

Y estaba decidida a encontrarla.

A las siete de la mañana salió de su habitación y bajó al comedor.

Alejandro ya estaba allí.

Vestía una camisa blanca con las mangas dobladas y revisaba algunos documentos.

Cuando levantó la mirada, sus ojos se encontraron.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

Valentina se sentó frente a él.

—Tenemos que hablar.

Alejandro dejó los documentos.

—¿Sobre el caso?

—Sobre el lobo.

Él permaneció en silencio.

—Lo vi anoche —continuó ella—. Y quiero saber por qué apareció justo después de que usted me dijera que no me acercara al bosque.

—Ya le expliqué que hay animales en esta zona.

—Ese lobo era demasiado grande.

—Hay lobos grandes.

—Y tenía ojos dorados.

Alejandro tomó lentamente su taza de café.

—¿Y qué quiere que le diga?

Valentina lo observó.

—La verdad.

Por un instante, Alejandro sintió que su corazón se aceleraba.

La verdad era algo que no podía darle.

Todavía no.

—Hay cosas que es mejor no saber.

Valentina se levantó.

—Eso es exactamente lo que dicen las personas que esconden algo.

Alejandro también se puso de pie.

—Valentina...

—Soy su abogada, no su enemiga.

—Precisamente por eso quiero que permanezca con vida.

Ella quedó en silencio.

La intensidad de su mirada hizo que por un momento olvidara lo que iba a decir.

Alejandro se acercó.

—Confíe en mí.

Valentina bajó la mirada.

—Lo estoy intentando.

Horas después, Valentina recibió los resultados de la investigación que había solicitado.

La empresa que aparecía detrás de los documentos falsificados tenía una estructura financiera muy extraña.

No tenía oficinas.

No tenía empleados registrados.

Y, sin embargo, manejaba millones de pesos.

Lo más extraño era su antigüedad.

La empresa había sido constituida hacía apenas diez años, pero algunos de los documentos relacionados con ella parecían pertenecer a décadas anteriores.

Valentina volvió a revisar las fechas.

Había algo imposible.

Un documento estaba firmado en 1987.

Otro en 1972.

Y uno más...

En 1914.

—Esto no puede ser —murmuró.

Tomó fotografías de los documentos.

Entonces encontró algo más.

El mismo símbolo de la luna aparecía en todos ellos.

Valentina sintió un escalofrío.

Por la noche decidió hablar nuevamente con Alejandro.

Lo encontró en la biblioteca.

—Encontré algo.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

Valentina colocó los documentos sobre la mesa.

—La empresa que está detrás de las falsificaciones existe desde hace más de cien años.

Alejandro quedó completamente inmóvil.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Qué más encontró?

Valentina señaló el símbolo.

—Esto.

Alejandro tomó el documento.

Sus ojos cambiaron.

—¿Dónde consiguió esto?

—Estaba en uno de los contratos.

—¿Quién más lo ha visto?

—Nadie.

Alejandro cerró la carpeta.

—Quiero que olvide esto.

—No.

—Valentina.

—No voy a olvidar algo que podría ser una prueba importante.

Alejandro respiró profundamente.

—No es una prueba.

—Entonces ¿qué es?

Él la miró.

—Una advertencia.

—¿De quién?

Alejandro caminó hacia la ventana.

—De un clan.

Valentina frunció el ceño.

—¿Un clan?

Alejandro se volvió.

—Hay personas que llevan mucho tiempo esperando mi caída.

—¿Por qué?

—Porque quieren lo que me pertenece.

—¿Su empresa?

Alejandro negó con la cabeza.

—Mi reino.

Valentina soltó una pequeña risa nerviosa.

—¿Su reino?

Alejandro se quedó en silencio.

Valentina comenzó a unir las piezas.

El bosque.

El lobo.

Los ojos dorados.

Los documentos antiguos.

El símbolo.

Y ahora un supuesto reino.

—¿Qué clase de hombre es usted?

Alejandro dio un paso hacia ella.

—Uno que intenta mantenerla a salvo.

—Eso no responde mi pregunta.

—Todavía no puedo responderla.

Valentina lo miró con frustración.

—Entonces yo descubriré la verdad.

Se dirigió hacia la puerta.

Alejandro la tomó suavemente del brazo.

Valentina se detuvo.

—No vaya al bosque.

—¿Por qué?

—Porque no todos los que viven allí quieren que usted siga con vida.

Ella lo miró.

—¿Y usted?

Alejandro se acercó.

—Yo daría mi vida por protegerla.

Valentina sintió un escalofrío.

Por un instante ninguno de los dos habló.

Entonces ella retiró lentamente su brazo.

—Buenas noches, Alejandro.

—Buenas noches.

La puerta se cerró.

Alejandro permaneció inmóvil.

Había estado a punto de contarle todo.

Pero antes de poder hacerlo, escuchó un aullido.

Esta vez no provenía del bosque.

Provenía de la parte más profunda de su propia casa.

Alejandro salió de la biblioteca.

Al llegar al vestíbulo, encontró a Darío esperándolo.

—Mi rey.

—¿Qué ocurre?

Darío tenía el rostro serio.

—Encontramos una marca en la entrada.

Alejandro siguió su mirada.

El mismo símbolo de la luna estaba grabado sobre la puerta.

Debajo había una frase escrita con sangre:

“La compañera del rey morirá antes de la próxima luna llena.”

Los ojos de Alejandro se volvieron completamente dorados.




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