Valentina permaneció inmóvil.
Las palabras de Alejandro seguían repitiéndose en su cabeza.
Eres mi compañera.
No sabía qué significaba exactamente, pero la forma en que él la había mirado le decía que no se trataba de una simple palabra.
Sobre ellos, la luna comenzaba a adquirir un extraño tono rojizo.
El bosque entero parecía haber quedado en silencio.
Ni siquiera los árboles se movían.
—¿Qué está pasando? —preguntó Valentina.
Alejandro no apartaba la mirada del cielo.
—La luna roja aparece una vez cada muchos años.
—¿Y qué significa?
—Que las antiguas fuerzas que permanecen dormidas comienzan a despertar.
Valentina tragó saliva.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Alejandro se acercó.
—Todo.
Ella retrocedió ligeramente.
—Necesito que me expliques las cosas desde el principio.
Alejandro asintió.
—Hace muchos siglos existieron los primeros lobos. No eran como nosotros. Eran más poderosos y podían vivir durante cientos de años. Entre ellos surgió una familia que gobernó a todos los clanes.
—Tu familia.
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver mi familia?
Alejandro tomó aire.
—La primera reina de los lobos era humana.
Valentina abrió los ojos.
—¿Humana?
—Sí. Se llamaba Elena.
—¿Y qué ocurrió con ella?
—Se enamoró del primer rey.
Valentina lo observó en silencio.
—Tuvieron descendientes. Parte de su sangre permaneció entre los humanos durante generaciones.
—Mi familia.
—Exactamente.
Valentina miró sus propias manos.
—Entonces... ¿soy una mujer lobo?
Alejandro negó lentamente.
—Todavía no.
—¿Todavía?
—Tu sangre está despertando.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Valentina.
—¿Qué significa eso?
—Significa que podrías transformarte.
Ella permaneció callada.
Toda su vida había pensado que era una mujer completamente normal.
Abogada.
Independiente.
Humana.
Ahora descubría que una parte de ella pertenecía a un mundo que jamás había imaginado.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
Alejandro bajó la mirada.
—Porque quería darte la oportunidad de elegir tu propio destino.
Valentina lo miró con tristeza.
—Pero me ocultaste la verdad.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Alejandro se acercó.
—Porque sabía que si descubrías quién eras, también descubrirías quién soy yo para ti.
—¿Y quién eres?
Alejandro levantó la mirada.
—El hombre al que tu sangre reconoce.
Valentina sintió un extraño calor en el pecho.
—No sé si puedo creer en todo esto.
—No tienes que hacerlo esta noche.
Alejandro extendió la mano.
—Solo confía en mí.
Valentina dudó.
Finalmente tomó su mano.
En ese instante, una fuerte corriente de aire recorrió el bosque.
La marca de la luna que llevaba Alejandro sobre el pecho comenzó a brillar.
Valentina sintió un dolor repentino.
—¡Alejandro!
Cayó de rodillas.
—¡Valentina!
Él se arrodilló frente a ella.
—¿Qué te ocurre?
—Mi corazón...
Valentina llevó una mano al pecho.
Su respiración se volvió agitada.
Entonces sus ojos cambiaron durante un segundo.
De color café pasaron a un intenso tono dorado.
Alejandro quedó completamente sorprendido.
—No puede ser.
Darío se acercó.
—¿Qué sucede?
Alejandro levantó la mirada.
—Su transformación comenzó.
Valentina despertó varias horas después.
Estaba en una habitación de la mansión.
Alejandro permanecía sentado junto a la cama.
Cuando ella abrió los ojos, él se levantó inmediatamente.
—¿Cómo te sientes?
—Confundida.
—Lo sé.
Valentina se incorporó lentamente.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Casi seis horas.
Ella observó sus manos.
—¿Voy a convertirme en un lobo?
Alejandro se sentó junto a ella.
—No necesariamente.
—Pero dijiste que mi transformación comenzó.
—Sí.
—Entonces dime la verdad.
Alejandro guardó silencio.
—Existe una posibilidad de que nunca te transformes completamente. Pero si tu sangre despierta, tendrás habilidades que antes no tenías.
—¿Como cuáles?
—Escucharás cosas que otros no pueden escuchar. Tu olfato será más sensible. Tendrás más fuerza y podrás sentir las emociones de otros lobos.
Valentina lo miró.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Puedo sentir tus emociones?
Alejandro sonrió ligeramente.
—Probablemente.
Valentina cerró los ojos.
Por primera vez intentó concentrarse.
Entonces sintió algo.
Miedo.
Dolor.
Y una enorme necesidad de protegerla.
Abrió los ojos.
—Estás asustado.
Alejandro quedó sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo siento.
Él tomó su mano.
—Tengo miedo de perderte.
Valentina sostuvo su mirada.
—No voy a desaparecer.
—No puedes prometerlo.
—Entonces tampoco me pidas que tenga miedo.
Alejandro sonrió.
—Definitivamente eres la mujer más difícil que he conocido.
—Y tú eres el hombre más extraño que he conocido.
Ambos sonrieron.
Por primera vez desde que Valentina había descubierto la verdad, el ambiente se sintió menos tenso.
Pero la tranquilidad duró poco.
La puerta se abrió violentamente.
Darío entró.
—Mi rey.
Alejandro se levantó.
—¿Qué sucede?
—Encontramos algo en el bosque.
—¿Qué?
Darío colocó una pequeña caja de madera sobre la mesa.
Valentina se acercó.
—¿Qué es eso?
—La encontramos junto al lugar donde apareció Lucian.
Alejandro abrió la caja.
Dentro había un viejo medallón.
Valentina lo tomó.
En cuanto sus dedos tocaron el objeto, sintió un fuerte dolor en la cabeza.