El silencio que siguió a aquellas palabras fue aterrador.
Valentina observó al hombre que acababa de entrar en la mansión.
Era alto, de cabello oscuro con algunas hebras plateadas y una mirada tan fría que parecía atravesarla.
Los guardias que rodeaban el salón estaban de rodillas.
Todos menos Alejandro.
Él permanecía de pie frente a Valentina.
—¿Cómo es posible? —preguntó Alejandro.
El hombre sonrió.
—¿Así recibes a tu padre después de tantos años?
Alejandro apretó los puños.
—Mi padre murió.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
Valentina miró a Alejandro.
Nunca lo había visto así.
Por primera vez desde que lo conocía, el poderoso magnate parecía completamente vulnerable.
—¿Quién es él? —preguntó.
Alejandro no respondió.
El hombre dio un paso hacia ella.
—Soy Esteban Montenegro.
Se detuvo frente a Valentina.
—El antiguo Rey de los Lobos.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿El antiguo rey?
Esteban sonrió.
—Y tú debes ser Valentina.
Alejandro se colocó inmediatamente entre ambos.
—No te acerques a ella.
Esteban soltó una pequeña carcajada.
—Ahora entiendo por qué todos hablan de ti.
—¿De qué?
—Te has enamorado.
Alejandro no respondió.
Esteban miró a Valentina.
—Eso puede convertirse en un problema.
—No es asunto tuyo —contestó Alejandro.
La expresión del antiguo rey se volvió seria.
—Todo lo que ocurre en este reino es asunto mío.
—Ya no eres el rey.
Esteban se acercó a su hijo.
—Eso está por verse.
Valentina no entendía nada.
Los hombres seguían arrodillados.
Alejandro y Esteban se miraban como enemigos.
Y, sin embargo, aquel hombre decía ser su padre.
—Necesito respuestas —dijo Valentina.
Esteban la miró.
—Las tendrás.
Alejandro negó con la cabeza.
—No.
—¿No? —preguntó Valentina.
—No tienes que escucharlo.
—¡Sí tengo!
Alejandro guardó silencio.
Valentina estaba cansada de los secretos.
—Desde que llegué a tu vida no has dejado de decirme que quieres protegerme. Pero cada vez que pregunto algo, me ocultas más cosas.
Alejandro bajó la mirada.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas. Quiero la verdad.
Esteban sonrió.
—Por fin alguien se atreve a hablarle así al rey.
Alejandro lo miró con furia.
—Cállate.
Valentina respiró profundamente.
—Quiero saber qué ocurrió con tu padre.
Esteban respondió:
—Tuve que desaparecer.
—¿Por qué?
—Porque alguien intentó asesinarme.
Alejandro frunció el ceño.
—Tú no desapareciste. Te marchaste.
Esteban lo miró.
—Porque era la única forma de mantenerte con vida.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando naciste, existía una profecía.
Valentina sintió que el ambiente cambiaba.
—¿La misma profecía de la luna roja?
Esteban la observó sorprendido.
—Ya la conoces.
—Sí.
El antiguo rey caminó hacia una mesa.
—La profecía decía que el heredero del trono encontraría a una mujer de sangre real humana.
Alejandro miró a Valentina.
—Ella.
Esteban asintió.
—Y cuando esa mujer apareciera, comenzaría una nueva era.
Valentina preguntó:
—¿Por qué sería peligrosa?
Esteban la miró fijamente.
—Porque no todos desean una nueva era.
De repente, un fuerte estruendo sacudió la mansión.
Las ventanas temblaron.
Los guardias se levantaron.
Alejandro giró hacia la entrada.
—¿Qué fue eso?
Darío apareció corriendo.
—¡Nos están atacando!
Alejandro miró a su padre.
—¿Quién?
Esteban respondió:
—Los clanes del norte.
Alejandro lo miró sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo los convoqué.
Todos quedaron en silencio.
Alejandro dio un paso hacia su padre.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tú no has tenido valor para hacer.
—¿Qué significa eso?
Esteban lo miró con frialdad.
—Voy a recuperar mi reino.
Alejandro se transformó.
Su ropa cayó al suelo mientras su cuerpo cambiaba rápidamente.
En segundos, el enorme lobo negro apareció frente a Esteban.
Los guardias retrocedieron.
Valentina quedó paralizada.
Esteban sonrió.
—Así que finalmente despertaste por completo.
Su cuerpo comenzó a transformarse.
Un enorme lobo gris apareció frente a Alejandro.
Los dos se miraron.
Padre e hijo.
Rey antiguo contra rey actual.
Entonces se lanzaron uno contra otro.
Valentina no podía apartar la mirada.
La lucha era brutal.
Alejandro era rápido, pero Esteban tenía una fuerza extraordinaria.
Cada golpe hacía temblar el suelo.
Darío intentó acercarse.
—¡Mi reina, debemos salir!
Valentina negó con la cabeza.
—No.
—Es demasiado peligroso.
—No voy a abandonarlo.
Entonces Valentina sintió algo.
Un fuerte dolor en el pecho.
La misma sensación que había experimentado al tocar el medallón.
Miró sus manos.
Sus dedos comenzaron a temblar.
Sus ojos cambiaron.
Una luz dorada apareció en ellos.
—¿Qué me está pasando?
Darío la observó sorprendido.
—Su sangre.
Valentina cayó de rodillas.
El sonido de los lobos comenzó a desaparecer.
Podía escuchar otra cosa.
Una voz.
Una voz femenina.
“No tengas miedo.”
Valentina levantó la cabeza.
Frente a ella apareció una imagen.
Una mujer vestida de blanco.
Cabello oscuro.
Ojos dorados.
Era idéntica a ella.
—¿Elena?
La mujer sonrió.
“Tu destino no es obedecer a ningún rey.”
Valentina quedó inmóvil.
“Tu destino es decidir quién merece llevar la corona.”