Valentina permaneció inmóvil.
No entendía qué había ocurrido.
Sentía el viento sobre su piel, escuchaba cada sonido del bosque y podía percibir los latidos de todos los que estaban a su alrededor.
Pero lo más extraño era que ya no tenía miedo.
Frente a ella, Alejandro la observaba con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Valentina...
La loba plateada giró lentamente la cabeza hacia él.
Sus ojos dorados se encontraron.
Alejandro sintió algo dentro de su pecho.
El vínculo entre ambos se había vuelto mucho más fuerte.
—Es ella —susurró Darío.
Esteban lo miró.
—La descendiente de Elena.
La loba soltó un pequeño gruñido.
Esteban retrocedió.
—No quiere que te acerques.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Valentina, soy yo.
La loba lo observó.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Después se acercó lentamente.
Alejandro extendió la mano.
Ella permitió que la tocara.
En el momento en que sus dedos rozaron su cabeza, una luz dorada recorrió el cuerpo de Valentina.
Entonces volvió a transformarse.
Minutos después estaba de rodillas sobre el suelo, cubierta solamente por una capa que Alejandro había colocado sobre sus hombros.
Respiraba con dificultad.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Alejandro se arrodilló frente a ella.
—Te transformaste.
Valentina miró sus manos.
—¿En un lobo?
—Sí.
Ella cerró los ojos.
—No recuerdo haberlo decidido.
—Tu instinto tomó el control.
Valentina levantó la mirada.
—¿Y si vuelve a pasar?
Alejandro tomó su mano.
—Aprenderemos a controlarlo juntos.
Esteban observaba desde unos metros de distancia.
—No tienen tiempo.
Alejandro se puso de pie.
—¿Qué quieres decir?
—Los clanes ya saben que ella despertó.
Darío frunció el ceño.
—Entonces vendrán por ella.
Esteban asintió.
—Todos querrán encontrarla.
Valentina se levantó.
—¿Por qué?
Esteban la miró.
—Porque quien controle a la descendiente de Elena tendrá una influencia enorme sobre todos los clanes.
Valentina comprendió.
—Quieren utilizarme.
—Algunos querrán hacerlo.
Alejandro se colocó a su lado.
—Nadie la utilizará.
Esteban lo observó.
—Eso dependerá de ella.
Valentina levantó la cabeza.
—No soy una pieza en su juego.
Esteban sonrió.
—Ahora comienzas a entender por qué tu familia te ocultó la verdad.
Horas después, la mansión estaba llena de actividad.
Los guerreros reforzaron las entradas.
Los líderes de los clanes comenzaron a llegar.
Valentina observaba desde el balcón.
Nunca había visto tantos lobos juntos.
Algunos eran enormes.
Otros tenían diferentes colores de pelaje.
Pero todos tenían algo en común.
Todos miraban hacia ella.
Alejandro apareció detrás.
—Están esperando que tomes una decisión.
—¿Cuál?
—Si aceptarás tu lugar entre nosotros.
Valentina se volvió.
—No sé cuál es mi lugar.
Alejandro se acercó.
—Tu lugar es donde tú quieras estar.
Ella lo miró.
—¿Incluso si decido regresar a mi vida humana?
Alejandro sintió un golpe en el pecho.
Pero respondió:
—Sí.
Valentina sonrió ligeramente.
—Gracias.
—No quiero obligarte a nada.
—Lo sé.
Hubo un silencio.
—Pero tengo otra pregunta.
—¿Cuál?
—¿Qué significa que soy tu compañera?
Alejandro quedó en silencio.
Finalmente respondió:
—Significa que existe un vínculo entre nuestras almas.
Valentina lo miró fijamente.
—¿Y tú lo sentiste desde el primer día?
—Desde que tocaste mi mano.
Ella recordó aquel momento.
El extraño calor.
La sensación de que algo había cambiado.
—Yo también sentí algo.
Alejandro sonrió.
—Lo sé.
Valentina bajó la mirada.
—Eso me asusta.
Alejandro tomó su rostro suavemente.
—A mí también.
—¿Por qué?
—Porque te amo.
Valentina quedó inmóvil.
Aquellas palabras fueron inesperadas.
Alejandro continuó:
—No sé cuándo ocurrió. Solo sé que desde que llegaste a mi vida, todo cambió.
Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Alejandro...
Él no la presionó.
Simplemente permaneció frente a ella.
Valentina finalmente apoyó la frente contra su pecho.
—Yo también te amo.
Alejandro cerró los ojos.
Por primera vez en siglos, el Rey de los Lobos se permitió ser simplemente un hombre enamorado.
Pero aquella felicidad duró poco.
Un aullido atravesó la noche.
Después otro.
Y otro.
Darío apareció corriendo.
—Mi rey.
Alejandro se separó de Valentina.
—¿Qué ocurre?
—Los clanes del norte han cruzado la frontera.
Esteban apareció detrás.
—No vienen a negociar.
Alejandro miró hacia el bosque.
—¿Cuántos?
—Más de doscientos.
Valentina sintió que su cuerpo comenzaba a cambiar nuevamente.
Sus ojos se volvieron dorados.
—Entonces lucharemos.
Alejandro negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabes controlar tus poderes.
Valentina se acercó.
—Y tú no puedes protegerme de todo.
Alejandro quiso responder, pero sabía que tenía razón.
Esteban sonrió.
—Déjala luchar.
Alejandro lo miró.
—¿Estás loco?
—No.
Esteban observó a Valentina.
—Ella no nació para esconderse.
Valentina levantó la cabeza.
—Quiero luchar a tu lado.
Alejandro la miró durante unos segundos.
Finalmente asintió.
—Entonces permaneceremos juntos.
Valentina sonrió.
—Siempre.
Los guerreros comenzaron a prepararse.
Alejandro se transformó.
Un enorme lobo negro apareció frente a todos.