El golpe de la puerta al cerrarse retumbó por toda la cámara.
Valentina permaneció inmóvil.
Frente a ella, Esteban Montenegro la observaba con una tranquilidad que resultaba mucho más aterradora que cualquier amenaza.
Alejandro se colocó delante de Valentina.
—¿Qué hiciste?
Esteban sonrió.
—Lo que debí hacer hace muchos años.
—¿Tú provocaste todo esto?
—No exactamente.
Alejandro dio un paso hacia él.
—¿Entonces quién está detrás de los ataques?
Esteban señaló a Valentina.
—Ella.
Valentina frunció el ceño.
—¿Yo?
—Tu sangre.
Alejandro negó con la cabeza.
—No tiene sentido.
—Claro que lo tiene. Elena no era simplemente la primera reina. Su sangre tenía un poder que podía unir o destruir a todos los clanes.
Valentina recordó la carta que acababa de encontrar.
—¿Qué poder?
Esteban la miró.
—El poder de elegir al verdadero rey.
Alejandro quedó en silencio.
Esteban continuó:
—Durante siglos, los reyes heredaron la corona por sangre. Pero Elena dejó una condición. Ningún lobo podría gobernar eternamente si perdía el respeto de los clanes.
Valentina comprendió.
—La descendiente de Elena puede decidir quién merece la corona.
—Exactamente.
Alejandro apretó los puños.
—Por eso la quieres.
—No quiero a Valentina.
Esteban sonrió.
—Quiero lo que existe dentro de ella.
Nicolás permanecía junto a Esteban.
Alejandro lo miró con furia.
—Entonces ustedes dos trabajan juntos.
Nicolás recuperó su forma humana.
—Desde hace años.
—¿Por qué?
—Porque tu padre me prometió algo.
—¿Qué?
Nicolás miró a Esteban.
—La corona.
Alejandro soltó una amarga sonrisa.
—¿Y realmente creíste que te la entregaría?
Nicolás dudó.
Esteban respondió:
—No necesito entregársela.
Alejandro comprendió.
—Quieres que nos enfrentemos.
—Quiero que Valentina elija.
Esteban miró a su hijo.
—Si ella declara que no eres digno de la corona, perderás el poder.
Valentina intervino.
—¿Y si digo que sí?
Esteban sonrió.
—Entonces todos deberán aceptarlo.
Alejandro se volvió hacia ella.
—No tienes que hacer esto.
Valentina lo miró.
—Sí tengo.
—No.
Alejandro tomó sus manos.
—No quiero que cargues con una decisión que nunca pediste.
Valentina sostuvo su mirada.
—Ya estoy involucrada.
—Puedes marcharte.
Ella negó con la cabeza.
—No voy a abandonarte.
Esteban observó la escena en silencio.
Por primera vez, su expresión mostró preocupación.
De repente, la cámara comenzó a temblar.
Una luz dorada apareció alrededor de Valentina.
Ella llevó una mano al pecho.
—Alejandro…
Él la sostuvo.
—¿Qué sucede?
—Puedo sentirlos.
—¿A quiénes?
—A todos.
Cerró los ojos.
De pronto escuchó cientos de voces.
Los clanes estaban peleando.
Algunos estaban heridos.
Otros comenzaban a huir.
Pero había una voz que podía distinguir claramente.
Era Darío.
“¡Protejan al rey!”
Valentina abrió los ojos.
—La batalla está empeorando.
Alejandro miró a su padre.
—Esto termina ahora.
Esteban sonrió.
—Todavía no.
Nicolás avanzó.
—No saldrán de aquí.
Alejandro se transformó.
Nicolás hizo lo mismo.
Los dos lobos chocaron con violencia.
Valentina se apartó.
Esteban se acercó a ella.
—Tú no tienes por qué morir.
—No pienso morir.
—Entonces ven conmigo.
—Nunca.
—No entiendes lo que eres.
Valentina sostuvo su mirada.
—Tal vez todavía no.
Sus ojos comenzaron a brillar.
—Pero sí sé quién quiero ser.
Esteban la observó sorprendido.
—¿Y quién es?
Valentina respondió:
—La mujer que decide su propio destino.
La energía a su alrededor aumentó.
Los símbolos de las paredes comenzaron a iluminarse.
Esteban retrocedió.
—No…
Valentina miró la estatua de Elena.
Entonces escuchó su voz una vez más.
“No entregues tu poder a ningún rey.”
Valentina comprendió.
La profecía había sido malinterpretada durante siglos.
Ella no estaba destinada a obedecer al rey.
Estaba destinada a equilibrar el poder.
Alejandro consiguió derribar a Nicolás.
Pero antes de que pudiera acercarse a Valentina, Esteban atacó.
El antiguo rey era mucho más fuerte.
Alejandro cayó al suelo.
—¡Alejandro!
Valentina corrió hacia él.
Esteban se interpuso.
—No puedes salvarlo.
Valentina levantó la mirada.
—Sí puedo.
—No tienes su fuerza.
—No necesito tenerla.
Sus ojos se volvieron completamente dorados.
—Tengo la mía.
Una enorme onda de energía recorrió la cámara.
Esteban salió despedido contra la pared.
Nicolás quedó inmóvil.
Alejandro levantó lentamente la cabeza.
Valentina permanecía de pie en medio de la habitación.
Su cabello se movía con el viento que había creado la energía.
Una marca de luna apareció sobre su frente.
Esteban la miró con auténtico temor.
—Ahora lo entiendo.
—¿Qué?
—Elena no dejó una reina.
Hizo una pausa.
—Dejó una guardiana.
La puerta de la cámara comenzó a abrirse.
Darío apareció acompañado de varios guerreros.
—¡Mi rey!
Alejandro recuperó su forma humana.
—¿Cómo está el exterior?
—Los enemigos se están retirando.
Alejandro miró a Esteban.
—¿Y él?
Darío observó al antiguo rey.
—¿Qué hacemos con él?
Alejandro guardó silencio.
Valentina se acercó.
—No lo mates.
Alejandro la miró.
—¿Por qué?
—Porque todavía necesitamos respuestas.