La palabra quedó suspendida en el aire.
Los antiguos.
Valentina observó a Alejandro esperando una explicación, pero él permaneció en silencio.
—¿Quiénes son? —preguntó finalmente.
Nicolás sonrió.
—Criaturas que existían mucho antes de que aparecieran los primeros hombres lobo.
—¿Son lobos?
—No.
Su sonrisa desapareció.
—Son algo mucho peor.
Alejandro dio un paso hacia él.
—¿Cuántos quedan?
—No lo sé.
—¿Dónde están?
Nicolás señaló hacia el norte.
—En el territorio prohibido.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Y mis abuelos están allí?
—Sí.
—¿Por qué?
Nicolás miró a Esteban.
—Pregúntale a él.
Todos volvieron la mirada hacia el antiguo rey.
Esteban permanecía sentado contra la pared.
—Tus abuelos descubrieron la verdad —dijo finalmente.
Valentina se acercó.
—¿Qué verdad?
—Descubrieron que la profecía no hablaba solamente de una reina.
—¿Entonces de qué hablaba?
Esteban respiró profundamente.
—Hablaba de una guerra que comenzó hace miles de años.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Y mis padres?
Esteban lo miró.
—Tu madre murió intentando proteger a tu familia.
Alejandro quedó inmóvil.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque eras demasiado joven.
—¡Era mi madre!
La voz de Alejandro hizo temblar la habitación.
Esteban bajó la mirada.
—Lo sé.
Valentina tomó la mano de Alejandro.
Él la apretó con fuerza.
—¿Qué pasó con mis abuelos? —preguntó ella.
Esteban respondió:
—Intentaron encontrar una manera de detener a los antiguos.
—¿Y fracasaron?
—No.
Esteban levantó la mirada.
—Los sellaron.
Valentina quedó sorprendida.
—¿Los sellaron?
—Sí. Pero el sello está comenzando a romperse.
Alejandro entendió inmediatamente.
—Por eso apareció la luna roja.
Esteban asintió.
—Y por eso ella despertó.
Horas después, Valentina se encontraba en la biblioteca revisando mapas.
Había decidido que iría al territorio prohibido.
Alejandro entró.
—Sabía que te encontraría aquí.
—Tenemos que ir.
—Sí.
Valentina levantó la mirada.
—¿Estás seguro?
—No.
Ella sonrió.
—Al menos eres sincero.
Alejandro se acercó al escritorio.
—Es el lugar más peligroso de nuestro mundo.
—Entonces debemos estar preparados.
—No quiero ponerte en peligro.
Valentina dejó el mapa.
—Alejandro, mi familia está allí.
Él asintió.
—Lo sé.
—Y no pienso abandonarlos.
—Entonces iremos juntos.
Valentina sonrió.
—Gracias.
Alejandro tomó su mano.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
—Hay algo que necesito preguntarte —dijo él.
—¿Qué?
—¿Te arrepientes de haberme conocido?
Valentina lo miró sorprendida.
—No.
—Tu vida cambió por completo.
—Sí.
—Ya no puedes volver a ser la mujer que eras.
Valentina se acercó.
—Tal vez no quiera volver a serlo.
Alejandro sonrió.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé quién soy.
Él acarició su rostro.
—¿Y quién eres?
Valentina respondió:
—Alguien que te ama.
Alejandro la besó.
Fue un beso tranquilo, diferente a los anteriores.
No había miedo.
Solo una promesa.
Al amanecer, un pequeño grupo salió de la mansión.
Alejandro, Valentina, Darío y seis guerreros.
Esteban también los acompañaría.
Valentina lo observó.
—¿Por qué vienes?
—Porque conozco el camino.
—¿Y puedo confiar en ti?
Esteban sostuvo su mirada.
—No.
Valentina arqueó una ceja.
—Al menos eres sincero.
Esteban sonrió ligeramente.
—Pero puedes confiar en que quiero evitar que los antiguos despierten.
Alejandro montó en su caballo.
—Nos movemos.
El grupo comenzó a avanzar.
Durante varias horas atravesaron el bosque.
Poco a poco, los árboles se hicieron más altos y oscuros.
Los animales desaparecieron.
El aire se volvió frío.
Darío se detuvo.
—Estamos cerca.
Alejandro bajó del caballo.
Frente a ellos había una enorme piedra cubierta de símbolos.
—Esta es la frontera —dijo Esteban.
Valentina se acercó.
Sintió un fuerte cosquilleo en las manos.
La marca de luna apareció nuevamente sobre su piel.
—Está reaccionando a mí.
Esteban asintió.
—Porque eres la llave.
Valentina lo miró.
—¿La llave de qué?
Esteban señaló la piedra.
—Del territorio prohibido.
Valentina colocó la mano sobre el símbolo.
La tierra comenzó a temblar.
Los árboles se movieron.
Una grieta apareció en la roca.
Alejandro tomó su mano.
—No lo hagas sola.
Valentina asintió.
Ambos colocaron las manos sobre la piedra.
La marca brilló.
La enorme roca se abrió.
Detrás apareció un camino cubierto por una niebla espesa.
Todos los guerreros retrocedieron.
Darío murmuró:
—Nunca había visto que la frontera se abriera.
Esteban miró a Valentina.
—Porque nadie tenía tu sangre.
Alejandro entró primero.
Valentina lo siguió.
Apenas cruzaron, la temperatura descendió.
La niebla se cerró detrás de ellos.
Ya no podían ver a los guerreros.
—¡Darío! —gritó Alejandro.
No hubo respuesta.
Valentina sintió que algo los observaba.
—Alejandro…
—¿Qué?
—No estamos solos.
Un sonido profundo surgió entre los árboles.
Después otro.
Alejandro se transformó.
Valentina hizo lo mismo.
Dos lobos permanecieron juntos en medio de la niebla.
Entonces una figura apareció frente a ellos.
Era una mujer.
Parecía tener unos treinta años.