La Abogada Del Rey Lobo

Capítulo 12. La abuela de la profecía

Valentina no podía moverse.

Frente a ella estaba la mujer que había aparecido tantas veces en las historias de su familia.

Su abuela.

La mujer que todos creían desaparecida hacía décadas.

—¿Abuela? —preguntó con voz temblorosa.

La mujer sonrió.

—Valentina.

Ese nombre, pronunciado con tanta emoción, hizo que los ojos de Valentina se llenaran de lágrimas.

Dio un paso hacia ella.

Pero Alejandro la detuvo.

—Espera.

La mujer levantó las manos.

—No tengas miedo. No voy a hacerle daño.

Valentina miró a Alejandro.

—Es mi abuela.

—Lo sé.

—Entonces suéltame.

Alejandro obedeció.

Valentina corrió hacia la mujer.

Ambas se abrazaron.

Durante unos segundos ninguna pudo hablar.

—Pensé que estabas muerta —dijo Valentina entre lágrimas.

—Eso era lo que queríamos que todos creyeran.

—¿Por qué?

Su abuela se separó lentamente.

—Porque era la única manera de protegerte.

Valentina miró alrededor.

—¿Protegerme de qué?

La mujer observó a Alejandro.

—De los que ahora saben que has despertado.

—¿Dónde está el abuelo? —preguntó Valentina.

La sonrisa de su abuela desapareció.

—Está cerca.

—Quiero verlo.

—Lo verás.

La mujer caminó hacia una pequeña cabaña escondida entre los árboles.

Valentina la siguió junto a Alejandro.

Al entrar, encontró a un hombre mayor sentado junto a una chimenea.

Tenía el cabello completamente blanco y una mirada cansada.

Cuando vio a Valentina, se levantó lentamente.

—Mi niña...

Valentina corrió hacia él.

—Abuelo.

Él la abrazó con fuerza.

—Has crecido tanto.

—¿Por qué me abandonaron?

El hombre cerró los ojos.

—Nunca te abandonamos.

—Entonces, ¿por qué desaparecieron?

Su abuela respondió:

—Porque alguien estaba buscando tu sangre.

Valentina quedó en silencio.

—¿Quién?

Su abuelo miró a Alejandro.

—El mismo que quiere controlar el trono.

Alejandro frunció el ceño.

—Esteban.

—No —respondió el anciano—. Esteban solo fue una pieza del juego.

Valentina sintió un escalofrío.

—Entonces, ¿quién?

Su abuela se acercó a la ventana.

—La mujer que controla a los clanes del norte.

Alejandro quedó sorprendido.

—¿La Reina de Plata?

Su abuelo asintió.

—Ella despertó hace tres meses.

Alejandro apretó los puños.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Valentina miró a ambos.

—¿Quién es la Reina de Plata?

Su abuela la miró fijamente.

—Tu hermana.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué?

—Tienes una hermana mayor.

Valentina negó lentamente con la cabeza.

—Eso no puede ser.

—Tu madre tuvo dos hijas.

Alejandro miró a Valentina.

—¿Dónde está?

Su abuela respondió:

—Ella fue llevada cuando era una niña.

—¿Por quién?

—Por los antiguos.

Valentina sintió un dolor profundo en el pecho.

—¿Está viva?

Su abuelo respondió:

—Sí.

—Entonces tenemos que encontrarla.

Su abuela negó con la cabeza.

—Ella no quiere que la encuentren.

—¿Por qué?

—Porque cree que ustedes la abandonaron.

Valentina quedó devastada.

—Yo ni siquiera sabía que existía.

—Ella tampoco lo sabía al principio.

Su abuela tomó la mano de Valentina.

—Pero ahora conoce la verdad.

De repente, un fuerte rugido sacudió la cabaña.

Los cristales de las ventanas comenzaron a vibrar.

Alejandro se transformó.

—Están aquí.

El abuelo de Valentina tomó una antigua espada.

—No.

La abuela miró hacia el bosque.

—No son lobos.

Valentina sintió que la sangre se le helaba.

—¿Entonces qué son?

Unos ojos rojos aparecieron entre los árboles.

Después otro par.

Y otro.

Su abuela susurró:

—Los antiguos.

La puerta de la cabaña comenzó a abrirse lentamente.

Alejandro se colocó delante de Valentina.

—Quédate detrás de mí.

Ella negó.

—No.

—Valentina...

—Ya no quiero esconderme.

Sus ojos comenzaron a brillar.

La marca de la luna apareció sobre su frente.

Su abuela la observó con orgullo.

—Ahora sí estás preparada.

Valentina levantó la mirada.

—¿Preparada para qué?

Su abuela tomó una daga antigua y se la entregó.

—Para conocer toda la verdad sobre tu nacimiento.

Valentina tomó el arma.

—¿Qué verdad?

La mujer respiró profundamente.

—Tú no eres solamente descendiente de Elena.

Hizo una pausa.

—Eres la heredera de su poder.

Alejandro la miró sorprendido.

Entonces una voz femenina llegó desde el bosque.

—No por mucho tiempo.

Valentina reconoció aquella voz.

No sabía cómo, pero la reconoció.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Su abuela cerró los ojos.

—Ella ha venido.

Alejandro preguntó:

—¿Quién?

La puerta se abrió de golpe.

Una mujer apareció bajo la luz de la luna.

Tenía el cabello plateado y los ojos dorados.

Miró directamente a Valentina.

—Hola, hermana.

Valentina dejó caer la daga.

No podía apartar los ojos de ella.

—¿Tú eres...?

La mujer sonrió.

—Mi nombre es Isabela Montenegro.

Alejandro se quedó paralizado.

Porque Isabela no era solamente la hermana de Valentina.

También era la mujer que, durante siglos, había sido conocida como...

La Reina de Plata.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.