La Abogada Del Rey Lobo

Capítulo 13. La Reina de Plata

Valentina no podía apartar la mirada de aquella mujer.

Durante toda su vida había creído ser hija única.

Ahora descubría que tenía una hermana y que, además, aquella mujer era conocida entre los lobos como la Reina de Plata.

Isabela entró lentamente en la cabaña.

Sus ojos dorados se encontraron con los de Valentina.

—Así que finalmente te conozco.

Valentina apenas consiguió hablar.

—¿Por qué nunca me dijeron que existías?

Isabela miró a sus abuelos.

—Pregúntales a ellos.

La abuela de Valentina bajó la mirada.

—No tuvimos elección.

—Siempre dicen lo mismo —respondió Isabela con amargura.

Alejandro dio un paso al frente.

—Isabela, no viniste hasta aquí solamente para hablar.

Ella lo observó.

—Sigues protegiéndola.

—Es mi compañera.

Isabela soltó una risa amarga.

—Por supuesto.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Isabela se acercó.

—Que él también te está ocultando cosas.

Alejandro endureció la expresión.

—No empieces.

—¿No quieres que sepa cómo nos conocimos realmente?

Valentina miró a Alejandro.

—¿De qué está hablando?

Él guardó silencio.

Isabela sonrió.

—Pregúntale por nuestra madre.

Valentina sintió un vacío en el pecho.

—¿Qué pasa con mi madre?

Isabela respondió:

—Ella sabía que yo existía.

Valentina se quedó inmóvil.

—¿Mi madre sabía de ti?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué nunca me habló de ti?

Isabela miró hacia la ventana.

—Porque tenía miedo de que los antiguos me encontraran.

—¿Y por qué te buscaban?

Isabela volvió la mirada hacia ella.

—Porque yo nací con un poder que ellos necesitaban.

Valentina sintió que una extraña energía recorría su cuerpo.

—¿Qué poder?

—Puedo controlar la voluntad de otros lobos.

Alejandro intervino.

—Y por eso quieren utilizarla.

—No solamente a mí —respondió Isabela—. Ahora también a ti.

Valentina dio un paso atrás.

—¿Por qué?

Isabela la señaló.

—Porque tú tienes el poder contrario.

—¿Cuál?

—Puedes liberarlos.

El silencio fue absoluto.

El abuelo de Valentina se acercó lentamente.

—Cuando nacieron, comprendimos que las dos hermanas juntas podían cambiar el destino de los clanes.

—¿Cambiarlo cómo? —preguntó Valentina.

—Una podía dominar.

—Y la otra liberar —respondió Isabela.

Valentina comprendió.

—Por eso nos separaron.

—Sí —dijo su abuela—. Queríamos mantenerlas con vida.

Isabela negó con la cabeza.

—No.

Todos la miraron.

—Me separaron de mi familia y me entregaron a los antiguos.

Valentina sintió lágrimas en los ojos.

—Lo siento.

Isabela la miró.

Su expresión se suavizó por primera vez.

—Tú no tienes la culpa.

Valentina se acercó.

—Podemos recuperar el tiempo perdido.

Isabela permaneció en silencio.

—Podemos ser hermanas.

La Reina de Plata apartó la mirada.

—No sabes lo que me hicieron.

—Entonces cuéntamelo.

Isabela respiró profundamente.

—Me enseñaron a sobrevivir. Me hicieron creer que mi familia me había abandonado. Durante años los odié.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Hasta que descubrí la verdad.

Valentina tomó su mano.

—No estás sola.

Isabela la miró.

Por primera vez, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Eres igual que nuestra madre.

Un rugido estremeció la cabaña.

Todos se volvieron.

El abuelo apagó inmediatamente las luces.

—Llegaron.

Alejandro se transformó.

—¿Cuántos?

Isabela cerró los ojos.

—Muchos.

Valentina comenzó a sentir sus emociones.

Miedo.

Rabia.

Sed de poder.

—Están buscando a las dos —dijo.

Alejandro miró a las hermanas.

—Tenemos que salir.

La puerta explotó.

Tres enormes criaturas entraron.

No eran lobos.

Tenían cuerpos cubiertos de sombras y ojos rojos.

Los antiguos.

Alejandro se lanzó contra el primero.

Isabela se transformó en una enorme loba plateada y atacó al segundo.

Valentina sintió que su cuerpo respondía por sí solo.

Se transformó.

Su pelaje era completamente blanco.

Los ojos de los antiguos se clavaron en ella.

Uno de ellos retrocedió.

—La heredera.

Valentina gruñó.

La criatura intentó acercarse.

Pero ella levantó la cabeza.

Una poderosa energía salió de su cuerpo.

El antiguo cayó de rodillas.

Alejandro la miró sorprendido.

—Valentina, detente.

Ella no podía.

El poder seguía creciendo.

La criatura comenzó a gritar.

Isabela corrió hacia ella.

—¡Valentina!

La loba blanca abrió los ojos.

Por un instante perdió el control.

La energía se extendió por toda la cabaña.

Entonces Alejandro se acercó.

No tuvo miedo.

Colocó una mano sobre su cabeza.

—Regresa conmigo.

Valentina reconoció su voz.

La energía desapareció.

Ella recuperó su forma humana y cayó en sus brazos.

—Alejandro...

—Estoy aquí.

Isabela observó la escena.

Ahora comprendía algo que nunca había querido aceptar.

El vínculo entre ellos era real.

Después del ataque, todos abandonaron la cabaña.

Mientras avanzaban por el bosque, Isabela caminó junto a Valentina.

—Necesito decirte algo.

—¿Qué?

—La profecía tiene una segunda parte.

Valentina la miró.

—¿Cuál?

Isabela bajó la voz.

—Cuando las dos hermanas se reúnan, aparecerá un nuevo enemigo.

—¿Quién?

Isabela miró hacia Alejandro.

—El verdadero heredero de los antiguos.

Alejandro se detuvo.

—Eso es imposible.

—No.

Isabela negó con la cabeza.

—Está vivo.




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