La Abogada Del Rey Lobo

Capítulo 14. El castillo negro

El camino hacia las montañas parecía no terminar nunca.

Valentina avanzaba junto a Alejandro, mientras Isabela caminaba unos metros detrás de ellos. El bosque había quedado atrás y ahora solo había rocas, árboles secos y una niebla espesa que cubría el sendero.

—¿Cuánto falta? —preguntó Valentina.

Isabela levantó la mirada.

—Unas horas.

Alejandro observó las montañas.

—No podemos continuar cuando oscurezca.

—¿Por qué? —preguntó Valentina.

—Porque después del anochecer, el castillo cambia.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo que cambia?

Alejandro guardó silencio.

Isabela respondió:

—El castillo negro no es un lugar normal. Fue construido con magia antigua. Durante el día parece abandonado. Por la noche despierta.

Valentina suspiró.

—Cada vez descubro cosas más difíciles de creer.

Alejandro tomó su mano.

—Todavía puedes regresar.

Valentina lo miró.

—Ya te dije que no voy a hacerlo.

—Lo sé.

—Además, mi hermana está aquí.

Isabela sonrió débilmente.

—Todavía no te acostumbras a decirlo.

Valentina sonrió.

—Supongo que necesitaré tiempo.

Por primera vez, las dos caminaron juntas.

Sin darse cuenta, comenzaron a comportarse como las hermanas que nunca habían podido ser.

Al caer la tarde llegaron a una enorme muralla negra.

Detrás de ella se levantaba un castillo oscuro, rodeado por torres puntiagudas.

Valentina sintió un escalofrío.

—Es enorme.

Alejandro observó la entrada.

—Aquí termina nuestro territorio.

Isabela señaló las puertas.

—Y comienza el de ellos.

—¿Quiénes viven aquí? —preguntó Valentina.

—Los antiguos.

Un fuerte viento atravesó el camino.

Las puertas comenzaron a abrirse solas.

Alejandro se puso delante de Valentina.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco —respondió Isabela.

Entraron.

En cuanto cruzaron la puerta, esta se cerró detrás de ellos.

Valentina se volvió.

—¿Podemos salir?

Alejandro intentó abrirla.

No se movió.

—No.

Isabela miró las paredes.

—El castillo sabe que estamos aquí.

—Perfecto —murmuró Valentina—. Justo lo que necesitábamos.

Caminaron por un enorme salón.

Había retratos antiguos en las paredes.

Valentina se detuvo frente a uno.

Representaba a un hombre sentado en un trono.

A su lado estaba una mujer.

Valentina sintió que el corazón se le detenía.

—Alejandro...

Él se acercó.

—¿Qué ocurre?

Valentina señaló el retrato.

—Ese hombre...

Alejandro lo observó.

—Es el primer rey.

—¿Y ella?

Isabela respondió:

—Elena.

Valentina se acercó al cuadro.

Pero había algo extraño.

Elena no estaba mirando al rey.

Miraba directamente hacia quien observaba el retrato.

Como si supiera que Valentina algún día estaría allí.

Debajo del cuadro había una inscripción:

“La sangre puede heredarse. El poder debe ganarse.”

Valentina pasó los dedos sobre las letras.

Una puerta secreta apareció.

Alejandro se sorprendió.

—¿Cómo hiciste eso?

—No lo sé.

Isabela sonrió.

—El castillo te reconoce.

La puerta se abrió.

Detrás había una habitación pequeña.

En el centro había un libro antiguo.

Valentina lo tomó.

En cuanto lo abrió, apareció una imagen.

Una mujer idéntica a ella caminaba por un bosque.

Elena.

La imagen comenzó a hablar.

—Si estás viendo esto, significa que mi sangre ha despertado nuevamente.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

—Soy yo —susurró.

La imagen continuó:

—Mis descendientes deberán enfrentar una elección que ningún rey ha podido evitar.

Alejandro se acercó.

—¿Qué elección?

La voz de Elena respondió:

—Amar o gobernar.

Valentina miró a Alejandro.

La imagen continuó.

—Porque el amor de un rey puede convertirse en su mayor fortaleza...

Hizo una pausa.

—O en su mayor debilidad.

El libro se cerró solo.

De repente escucharon un aplauso.

Todos se volvieron.

Un hombre estaba sentado en el trono al fondo del salón.

Era joven.

Cabello negro.

Ojos rojos.

Y una sonrisa fría.

Alejandro se transformó inmediatamente.

—Tú.

El hombre se levantó.

—Hola, Alejandro.

Valentina sintió que algo dentro de ella reaccionaba.

—¿Quién es?

Alejandro respondió:

—Damián.

El desconocido sonrió.

—El último heredero de los antiguos.

Isabela se transformó.

—¿Qué quieres?

Damián miró a las dos hermanas.

—Lo que siempre debió pertenecerme.

Alejandro dio un paso adelante.

—Nunca tendrás el reino.

Damián soltó una carcajada.

—¿Todavía crees que el reino es tuyo?

—Soy su rey.

—Por ahora.

Damián levantó una mano.

Las puertas del salón se cerraron.

—Pero eso cambiará.

Valentina sintió una presión en el pecho.

—¿Qué quieres de nosotras?

Damián la miró.

—De ti, nada.

Después miró a Isabela.

—Es ella quien me interesa.

Valentina se colocó delante de su hermana.

—No la tocarás.

Damián sonrió.

—Exactamente la reacción que esperaba.

Alejandro se puso junto a Valentina.

—No conseguirás separarnos.

—No necesito hacerlo.

Damián se acercó lentamente.

—Solo necesito que Alejandro descubra algo.

—¿Qué? —preguntó Valentina.

Damián miró al rey.

—Que su padre no fue quien inició esta guerra.

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Qué estás diciendo?

Damián sonrió.

—Tu madre fue asesinada por alguien de tu propia familia.

El rostro de Alejandro perdió color.

—Mientes.

—Pregúntale a Esteban.

Alejandro apretó los puños.




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