Valentina cayó sobre un suelo de piedra.
Durante unos segundos no pudo moverse.
El túnel estaba completamente oscuro.
—¿Alejandro?
Su voz rebotó en las paredes.
No obtuvo respuesta.
Se levantó lentamente y miró a su alrededor.
La voz de su madre seguía resonando en su cabeza.
“Nunca confíes completamente en Alejandro.”
—No puede ser —susurró.
Avanzó por el pasadizo.
Después de unos metros encontró una puerta.
Sobre ella había un símbolo de luna.
Valentina colocó la mano.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación llena de documentos, fotografías y objetos antiguos.
En una mesa encontró un viejo álbum.
Lo abrió.
La primera fotografía era de su madre.
La segunda mostraba a una mujer que no conocía.
Y la tercera...
Era Alejandro.
Pero parecía mucho más joven.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
Debajo de la fotografía había una fecha de hacía más de treinta años.
Eso era imposible.
Alejandro no parecía haber envejecido desde entonces.
Valentina continuó revisando el álbum.
Encontró una fotografía de su madre junto a Esteban.
Y otra donde aparecía Alejandro.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué significa todo esto?
Una voz respondió detrás de ella.
—Que Alejandro te conocía mucho antes de que tú lo conocieras a él.
Valentina se giró.
Damián estaba en la entrada.
—¿Dónde está Alejandro?
—Luchando.
—¿Contra quién?
—Contra su propio pasado.
Valentina levantó el álbum.
—¿Él conocía a mi familia?
Damián sonrió.
—Mucho más de lo que imaginas.
—Explícame.
Damián señaló una fotografía.
—Tu madre y Alejandro crecieron en el mismo territorio.
Valentina quedó inmóvil.
—¿Eran amigos?
—Más que eso.
Damián hizo una pausa.
—Tu madre fue el primer amor de Alejandro.
Valentina sintió un golpe en el pecho.
—No.
—Sí.
Ella negó con la cabeza.
—Eso no es posible.
—Pregúntale cuando lo veas.
Damián se acercó.
—Pero hay algo todavía más importante.
—¿Qué?
—Alejandro sabía que tú existías.
Valentina lo miró fijamente.
—¿Desde cuándo?
—Desde que naciste.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Y por qué nunca me buscó?
Damián sonrió.
—Porque recibió una orden.
—¿De quién?
—De Esteban.
Valentina apretó el álbum.
—¿Qué orden?
Damián respondió:
—Protegerte desde lejos.
Valentina sintió una mezcla de rabia y confusión.
—Entonces todo este tiempo...
—Todo este tiempo Alejandro estuvo vigilándote.
Mientras tanto, en el salón principal del castillo, Alejandro luchaba contra Damián.
El rey consiguió derribarlo.
—¿Dónde está Valentina?
Damián volvió a ponerse de pie.
—Descubriendo la verdad.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Qué le mostraste?
—Lo suficiente.
Alejandro lo atacó nuevamente.
Damián esquivó el golpe.
—¿Sabes cuál es tu mayor error?
Alejandro gruñó.
—Hablar demasiado.
—Tu mayor error fue enamorarte de la hija de la mujer que juraste proteger.
Alejandro quedó paralizado.
—No vuelvas a hablar de ella.
Damián sonrió.
—Tu padre te ordenó mantenerte lejos.
—Eso fue hace años.
—Pero nunca obedeciste completamente.
Alejandro se transformó.
Su rugido sacudió el castillo.
Damián también se transformó.
Los dos lobos volvieron a enfrentarse.
Valentina continuó leyendo.
Encontró una carta.
La firma era de su madre.
“Alejandro, si algún día Valentina descubre la verdad, dile que no la abandoné. Todo lo hice para mantenerla con vida.”
Valentina sintió lágrimas en los ojos.
Pero había otra frase.
“Y nunca le digas quién mató a su padre.”
Valentina dejó caer la carta.
—¿Mi padre?
Nunca había escuchado aquella historia.
Ella siempre había creído que su padre había muerto en un accidente.
Entonces encontró otra fotografía.
Su padre aparecía junto a Esteban.
Y detrás de ellos había una tercera persona.
Valentina la reconoció.
Era Damián.
—No...
De pronto, alguien entró.
Era Isabela.
—Valentina.
Ella levantó la mirada.
—Necesito respuestas.
Isabela se acercó.
—Lo sé.
—¿Alejandro conocía a mi madre?
Isabela asintió.
—Sí.
—¿La amaba?
Isabela guardó silencio.
—Respóndeme.
—Sí.
Valentina cerró los ojos.
—¿Y ella lo amaba?
—No de la misma manera.
Valentina respiró profundamente.
—¿Por qué nadie me dijo nada?
Isabela se sentó junto a ella.
—Porque tu madre sabía que si descubrías la verdad, también descubrirías que Alejandro había prometido protegerte desde el día de tu nacimiento.
—¿Protegerme de quién?
Isabela la miró.
—De Damián.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Entonces por qué él dice que Alejandro me vigilaba?
—Porque es verdad.
—¿Y eso no significa que me haya engañado?
Isabela negó.
—No.
—¿Cómo puedo saberlo?
Isabela tomó la carta.
—Porque tu madre confiaba en él.
Valentina permaneció en silencio.
Entonces escucharon un fuerte golpe.
La puerta se abrió.
Alejandro apareció.
Tenía una herida en el rostro y respiraba con dificultad.
Cuando vio a Valentina, corrió hacia ella.
—¿Estás bien?
Ella retrocedió.
Alejandro se detuvo.
—Valentina...
—¿Es verdad?
Él supo inmediatamente a qué se refería.
—Sí.
—¿Conocías a mi madre?
—Sí.
—¿La amabas?
Alejandro bajó la mirada.
—Hace mucho tiempo.