Valentina permaneció inmóvil después de escuchar aquella voz.
“Ven a buscarme.”
Su corazón latía con fuerza.
Durante años había vivido con la certeza de que su madre estaba muerta.
Ahora sabía que todo había sido una mentira.
—Mi madre está viva —susurró.
Alejandro se acercó.
—Sí.
Valentina lo miró.
—¿Tú lo sabías?
Alejandro negó.
—No. Creí que había muerto aquella noche.
—Entonces, ¿cómo pudo hablarme?
—No lo sé.
Isabela observaba a ambos.
—Yo sí.
Valentina se volvió hacia ella.
—¿Qué sabes?
Isabela señaló el libro de Elena.
—Los antiguos pueden mantener con vida a una persona durante décadas si su sangre posee suficiente poder.
—¿Quieres decir que ellos la tienen?
—Sí.
Valentina sintió que la rabia comenzaba a crecer dentro de ella.
—Entonces iremos por ella.
Alejandro tomó su mano.
—No sabes qué encontraremos.
—Es mi madre.
—Lo sé.
—Y no pienso dejarla allí.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Entonces iré contigo.
Antes de abandonar el castillo, el abuelo de Valentina llamó a Alejandro.
—Necesito hablar contigo.
Valentina e Isabela se alejaron unos metros.
El anciano miró al rey.
—Hay algo que nunca te conté.
—¿Qué?
—La noche en que murió el padre de Valentina, tu madre no estaba sola.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Quién estaba con ella?
—La madre de Valentina.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Ella sobrevivió?
—Sí.
—¿Cómo?
—Tu madre la ayudó a escapar.
Alejandro cerró los ojos.
—Entonces mi madre sabía que estaba viva.
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
El anciano bajó la mirada.
—Porque quería que tú protegieras a Valentina sin buscar a su madre.
Alejandro comprendió.
Todo aquel tiempo había habido secretos incluso dentro de su propia familia.
Valentina e Isabela regresaron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Valentina.
Alejandro la miró.
—Tenemos que cambiar nuestros planes.
—¿Por qué?
—Tu madre no fue capturada después de la muerte de tu padre.
Valentina frunció el ceño.
—Entonces, ¿cuándo?
—Mucho antes.
—¿Cuánto?
—La noche en que tú naciste.
Valentina quedó paralizada.
—¿Qué?
Alejandro continuó:
—Tu madre te entregó a tus abuelos para que te sacaran del territorio. Después regresó para distraer a los antiguos.
—¿Y nunca volvió?
—No.
Valentina sintió lágrimas en los ojos.
—Se sacrificó por mí.
Isabela se acercó.
—No murió.
—Entonces, ¿dónde está?
Su abuela respondió:
—En el Valle de la Luna.
Alejandro levantó la mirada.
—Ese lugar no existe.
—Sí existe —respondió el abuelo—. Pero solamente aparece durante la luna roja.
Isabela miró por la ventana.
La luna comenzaba a adquirir nuevamente un tono rojizo.
—Entonces tenemos poco tiempo.
El grupo abandonó el castillo.
Alejandro, Valentina, Isabela, sus abuelos y varios guerreros avanzaron hacia las montañas.
El camino se volvió cada vez más estrecho.
De pronto, Valentina se detuvo.
—Esperen.
Alejandro regresó.
—¿Qué ocurre?
—Escucho algo.
Todos guardaron silencio.
Valentina cerró los ojos.
Podía escuchar una voz muy débil.
“Valentina...”
Su corazón se aceleró.
—Es ella.
Alejandro miró hacia el valle.
—¿Tu madre?
Valentina asintió.
—Está cerca.
Siguieron avanzando.
Finalmente llegaron a un enorme círculo de piedras.
En el centro había una puerta cubierta de símbolos.
La marca de Valentina comenzó a brillar.
Isabela se acercó.
—Solo tú puedes abrirla.
Valentina colocó la mano sobre la piedra.
La puerta comenzó a abrirse.
Una luz blanca salió del interior.
Y una mujer apareció al otro lado.
Tenía el cabello largo y oscuro.
Su rostro estaba marcado por los años, pero sus ojos eran exactamente iguales a los de Valentina.
La mujer comenzó a llorar.
—Mi niña...
Valentina dejó de respirar.
—¿Mamá?
La mujer extendió los brazos.
Valentina corrió hacia ella.
Madre e hija se abrazaron después de tantos años.
—Pensé que estabas muerta —dijo Valentina entre lágrimas.
—Lo sé.
—¿Por qué me dejaste?
Su madre la abrazó con más fuerza.
—Porque si me quedaba contigo, te habrían encontrado.
Valentina se separó.
—¿Quiénes?
La mujer miró hacia Alejandro.
Su expresión cambió.
—Ellos.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Quiénes?
La madre de Valentina señaló el cielo.
—Los que despertaron cuando tú lo hiciste.
Un rugido atravesó las montañas.
Todos levantaron la mirada.
Decenas de criaturas oscuras comenzaron a aparecer entre la niebla.
La madre de Valentina tomó su rostro entre las manos.
—Escúchame. No tenemos tiempo.
—¿Qué pasa?
—Tu sangre no solo puede controlar a los lobos y a los antiguos.
Hizo una pausa.
—También puede despertar al primer rey.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿El primer rey murió hace miles de años?
La mujer negó.
—Nunca murió.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Dónde está?
Su madre miró hacia las montañas.
—Debajo de este valle.
La tierra comenzó a temblar.
Una grieta se abrió bajo sus pies.
Desde las profundidades surgió un rugido tan poderoso que todos los lobos cayeron de rodillas.
Alejandro miró a Valentina.
—Tenemos que irnos.
Pero Valentina negó.
—No.
Miró la grieta.
—Quiero saber quién está ahí abajo.
Su madre la tomó del brazo.
—Valentina, no.
—¿Por qué?
La mujer la miró aterrada.