La puerta blanca terminó de abrirse.
Un viento helado salió de ella y recorrió todo el valle.
No era un viento natural.
Traía voces.
Miles de voces.
Susurros de hombres, mujeres y criaturas que parecían hablar desde un lugar mucho más antiguo que el mundo de los lobos.
Valentina permaneció frente al portal.
Alejandro seguía atrapado dentro de la sombra de Nicolás.
—¡Valentina, ciérrala! —gritó Damián.
Ella volteó.
—¿Por qué?
Damián señaló la puerta.
—Porque esos seres no fueron encerrados por ser débiles.
Una figura apareció detrás del portal.
Primero se distinguió una mano.
Después un brazo.
Finalmente, un hombre alto salió lentamente de la oscuridad.
Llevaba una corona de hierro.
Sus ojos eran completamente negros.
Se detuvo frente a Valentina.
—¿Tú abriste la puerta?
Valentina no respondió.
El hombre sonrió.
—Entonces tú eres la descendiente de Elena.
—¿Quién eres?
—El rey que existió antes que todos ellos.
Señaló al Primer Rey.
—Él fue solamente el guardián de mi reino.
El Primer Rey rugió.
—¡Mientes!
El hombre giró hacia él.
—Tú sabes que no.
Valentina miró a Damián.
—¿Cuántos son?
Damián observó el portal.
—No lo sé.
—¿Qué significa eso?
—Que los antiguos que conocemos no eran los primeros.
Otro ser apareció.
Después otro.
Y otro.
Cada uno llevaba una corona diferente.
Algunos tenían apariencia humana.
Otros parecían lobos.
Otros eran criaturas imposibles de describir.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Todos fueron reyes?
Damián asintió.
—Los reyes originales.
Nicolás sonrió.
—Ahora lo entiendes.
Valentina lo miró.
—Tú querías abrir esto.
—Sí.
—¿Para gobernarlos?
Nicolás negó.
—No.
Su sonrisa se volvió más oscura.
—Para vengarme.
Alejandro logró romper parcialmente la sombra.
—¿Vengarte de quién?
Nicolás lo miró.
—De todos ustedes.
La sombra volvió a cerrarse sobre él.
Valentina sintió que su rabia crecía.
—Libera a Alejandro.
—Abre completamente el portal.
—No.
Nicolás apretó el puño.
La sombra comenzó a estrangular a Alejandro.
Valentina dio un paso.
—¡Suéltalo!
Alejandro negó con la cabeza.
—No...
Apenas podía hablar.
—No hagas... lo que él quiere.
Valentina miró al hombre de la corona de hierro.
Después al Primer Rey.
Después a Nicolás.
Y comprendió algo.
Todos querían utilizarla.
Todos querían que eligiera entre dos opciones.
Pero ninguno estaba preparado para una tercera.
Valentina extendió ambas manos.
La puerta comenzó a temblar.
—¿Qué haces? —preguntó Nicolás.
—Cerraré el portal.
Nicolás abrió los ojos.
—¡No puedes!
—No necesito destruirlo.
La energía comenzó a concentrarse alrededor de Valentina.
—Solo necesito cambiar quién puede atravesarlo.
Los reyes desterrados comenzaron a gritar.
—¡NO!
Uno de ellos corrió hacia ella.
Isabela se interpuso.
Sus ojos plateados brillaron.
—¡Nadie toca a mi hermana!
La criatura intentó resistirse.
Isabela gritó.
Una poderosa onda de energía lo lanzó contra el suelo.
Pero otro apareció detrás.
Damián lo atacó.
Después otro.
Y otro.
El valle volvió a convertirse en una batalla.
Darío gritó:
—¡Protejan a las reinas!
Los guerreros rodearon a Valentina e Isabela.
La madre de Valentina levantó las manos y creó una barrera.
Esteban luchaba junto a ellos.
Alejandro seguía atrapado.
—¡Valentina! —gritó.
Ella volteó.
—¡Estoy bien!
—¡No lo estás!
Valentina sintió que sus piernas comenzaban a fallar.
Cada vez que intentaba cerrar el portal, el poder de los reyes desterrados aumentaba.
Entonces escuchó una voz.
La voz de Elena.
“No intentes vencerlos con fuerza.”
Valentina cerró los ojos.
“Haz que elijan.”
Abrió los ojos.
Miró a los reyes.
—¡Escúchenme!
Nadie se detuvo.
Valentina levantó la voz.
—¡Todos ustedes fueron reyes!
El combate comenzó a disminuir.
—Pero fueron encerrados porque utilizaron el poder para dominar.
Uno de los reyes gruñó.
—¿Y tú qué sabes de gobernar?
Valentina dio un paso hacia adelante.
—Sé que no quiero ser como ustedes.
El rey de la corona de hierro se acercó.
—Entonces eres débil.
Valentina negó.
—No.
Sus ojos se volvieron dorados.
—Soy libre.
La palabra recorrió el valle.
Las criaturas comenzaron a detenerse.
Valentina miró a cada uno.
—Puedo obligarlos a arrodillarse.
Isabela levantó la mirada.
—Pero no lo haré.
—Puedo destruirlos.
El Primer Rey observaba en silencio.
—Pero tampoco lo haré.
Valentina extendió la mano.
—Les ofrezco algo que ningún rey les dio.
El hombre de la corona de hierro frunció el ceño.
—¿Qué?
—La oportunidad de elegir.
El silencio fue absoluto.
Valentina continuó:
—Quien quiera regresar a su reino podrá hacerlo.
Los antiguos se miraron entre sí.
—Pero quien quiera gobernar este mundo tendrá que enfrentarme.
El rey de la corona de hierro sonrió.
—¿Tú sola?
Valentina miró a Alejandro.
Él seguía atrapado.
Después miró a Isabela.
A su madre.
A Damián.
A Gabriel.
A los guerreros.
—No.
Alejandro logró romper finalmente la sombra.
Cayó al suelo.
Valentina corrió hacia él.
Alejandro se levantó con dificultad y la abrazó.
—Te dije que no hicieras esto sola.