La Abogada Del Rey Lobo

CAPÍTULO 24 EL HERMANO DE LA OSCURIDAD

El silencio que siguió a las palabras de la madre de Valentina fue peor que cualquier batalla.

—Tu hermano… está vivo.

Valentina no pudo moverse.

Durante unos segundos, todo a su alrededor pareció desaparecer.

Los guerreros, los antiguos, el portal, Alejandro, incluso el hombre de la corona de hueso… todo quedó lejos.

Solo existían aquellas cuatro palabras.

Tu hermano está vivo.

—No —susurró Valentina.

Su madre bajó la mirada.

—Valentina…

—No.

Esta vez su voz fue más firme.

—Toda mi vida me dijeron que estaba sola. Que mi padre había muerto. Que tú habías muerto. Que Isabela había desaparecido. ¿Y ahora resulta que también tenía un hermano?

Su madre cerró los ojos.

—Tu padre intentó protegerlo.

Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella.

—¿De quién?

Nadie respondió.

Entonces el hombre de la corona de hueso sonrió.

—De mí.

Alejandro se colocó inmediatamente frente a Valentina.

—No te acerques a ella.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Sigues creyendo que puedes protegerla de todo, Alejandro Montenegro.

—De ti, sí.

El hombre soltó una breve carcajada.

—Eso mismo dijo su padre.

Los ojos de Valentina se clavaron en él.

—¿Dónde está?

La sonrisa desapareció.

—Muy cerca.

Un rugido profundo atravesó las montañas.

Los antiguos retrocedieron.

Incluso el Primer Rey levantó la mirada hacia las cumbres.

Damián palideció.

—No…

Isabela lo miró.

—¿Qué ocurre?

—Ese rugido…

Otro rugido sacudió el valle.

Esta vez, Valentina lo sintió en el pecho.

No era un sonido cualquiera.

Había algo familiar en él.

Algo que la sangre reconocía antes que la mente.

La marca de su pecho comenzó a arder.

—Es él —murmuró su madre.

Valentina giró lentamente.

—¿Mi hermano?

Su madre asintió.

—Sí.

Entonces una figura apareció en lo alto de una de las montañas.

Primero fueron dos ojos dorados.

Después, una silueta enorme.

Un lobo.

Pero no era como Alejandro.

No era como Isabela.

Ni como ninguno de los antiguos.

Su pelaje era completamente negro, pero entre los mechones parecían moverse sombras, como si la oscuridad misma formara parte de su cuerpo.

Sus ojos dorados brillaban con una intensidad aterradora.

Valentina dio un paso hacia adelante.

El lobo la observó.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

La criatura comenzó a descender.

No corriendo.

Caminando.

Paso a paso.

Los antiguos se apartaron.

El Primer Rey retrocedió.

Alejandro tensó todos los músculos.

—Valentina, quédate detrás de mí.

Pero ella no obedeció.

Había algo en aquel lobo que no le permitía sentir miedo.

Cuando llegó a pocos metros de ellos, se detuvo.

La oscuridad comenzó a desprenderse de su cuerpo.

Sus huesos cambiaron.

Las patas se transformaron en brazos.

El hocico desapareció.

Y finalmente apareció un hombre.

Era joven.

Mucho más joven de lo que Valentina esperaba.

Tenía el cabello negro, largo hasta los hombros, y una cicatriz atravesándole la ceja.

Pero fueron sus ojos los que la dejaron sin respiración.

Dorados.

Iguales a los de ella cuando utilizaba todo su poder.

El joven miró a su madre.

—¿Por qué me trajiste hasta aquí?

Su voz era fría.

Su madre comenzó a llorar.

—Yo no te traje.

El joven miró a Valentina.

Por primera vez, su expresión cambió.

—Entonces ella lo hizo.

Valentina sintió un estremecimiento.

—¿Quién eres?

El joven apretó la mandíbula.

—¿De verdad no sabes quién soy?

Valentina negó lentamente.

—No.

Él soltó una amarga sonrisa.

—Soy Daniel.

Su mirada se clavó en ella.

—Tu hermano.

Valentina dejó escapar el aire lentamente.

No sabía qué decir.

Había imaginado tantas veces cómo sería descubrir un hermano.

Pero nunca había imaginado encontrarlo de aquella manera.

Frente a un ejército de antiguos.

Con su mundo al borde de la destrucción.

Y con un hombre de corona de hueso observándolos desde la distancia.

—¿Por qué nunca me buscaste? —preguntó Valentina.

Daniel soltó una risa sin alegría.

—Porque nunca tuve la oportunidad.

—¿Qué te hicieron?

Daniel miró hacia el hombre de la corona de hueso.

—Él me encontró primero.

Valentina sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Te hizo daño?

Daniel guardó silencio.

Aquello fue suficiente.

Alejandro dio un paso adelante.

—¿Te controla?

Daniel lo miró con desprecio.

—No necesito que nadie me controle.

—Entonces ¿por qué estás con él?

—Porque durante muchos años fue el único que me dijo la verdad.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿Qué verdad?

Daniel la miró directamente.

—Que nuestro padre no murió por accidente.

Valentina cerró los puños.

—Eso ya lo sé.

—No sabes toda la historia.

Daniel se acercó un poco más.

—Nuestro padre sabía que existíamos los dos. Sabía que tú tenías la sangre de Elena.

Valentina sintió que la marca de su pecho volvía a arder.

—¿Y tú qué sangre tienes?

Daniel respondió sin apartar los ojos de ella.

—La del primer guardián.

Damián abrió los ojos.

—Entonces es cierto…

Gabriel dio un paso adelante.

—No.

Daniel lo miró.

—¿Qué?

Gabriel parecía estar viendo un fantasma.

—Tu padre no pudo tener un hijo con esa sangre.

Daniel frunció el ceño.

—¿Por qué?

Gabriel miró a Valentina.

Después a Daniel.

—Porque esa sangre fue sellada hace siglos.

El hombre de la corona de hueso intervino.




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