La Abogada Del Rey Lobo

CAPÍTULO 25 LA VOZ DE SU PADRE

Valentina no podía apartar la mirada de la mano que había surgido de la grieta.

La reconocía.

No porque la hubiera visto muchas veces.

Sino porque había pasado años soñando con ella.

La cicatriz en el dorso.

Los dedos largos.

La pequeña marca en forma de media luna junto al pulgar.

Era la mano de su padre.

—No puede ser… —susurró.

Alejandro se acercó a ella.

—Valentina, no sabemos qué hay ahí.

—Yo sí.

Ella dio un paso hacia la grieta.

Daniel la sujetó del brazo.

—No.

Valentina se volvió.

—Suéltame.

—Esa cosa está intentando engañarte.

—¡Es mi padre!

Daniel negó con la cabeza.

—No sabes eso.

—Tú tampoco.

—Sí lo sé.

Aquellas palabras hicieron que Valentina se detuviera.

—¿Qué quieres decir?

Daniel miró hacia la grieta.

—Nuestro padre murió hace muchos años.

—¿Lo viste?

Daniel guardó silencio.

—¿Lo viste morir?

—No.

—Entonces no puedes decirme que está muerto.

El joven apretó los dientes.

—Porque yo estuve allí.

Valentina sintió que el corazón se le detenía.

—¿Dónde?

Daniel miró a su madre.

Ella comenzó a llorar.

—Díselo —murmuró.

Daniel cerró los ojos.

—La noche en que nuestro padre murió, yo estaba con él.

Valentina sintió un vacío en el pecho.

—¿Cuántos años tenías?

—Seis.

—¿Y qué ocurrió?

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Nos encontraron.

—¿Quiénes?

Daniel miró al hombre de la corona de hueso.

—Ellos.

El hombre no negó nada.

—Tu padre sabía que iban a buscarte —continuó Daniel—. Sabía que tu sangre sería importante algún día.

Valentina tragó saliva.

—¿Por eso me escondió?

—Sí.

—¿Y a ti?

Daniel bajó la mirada.

—A mí no pudo esconderme.

La voz de Valentina se quebró.

—¿Qué hicieron contigo?

—Me llevaron.

—¿A dónde?

Daniel miró hacia las montañas.

—Al reino que existe detrás de la oscuridad.

Damián palideció.

—El reino prohibido…

Daniel asintió.

—Allí crecí.

Isabela se acercó.

—¿Con los antiguos?

—Con algo más antiguo que ellos.

El Primer Rey rugió.

—¡Miente!

Daniel volteó.

—Tú sabes que no.

El Primer Rey retrocedió.

Por primera vez, Valentina comprendió algo.

El antiguo rey tenía miedo.

No del portal.

No de los reyes desterrados.

De Daniel.

—¿Qué eres? —preguntó Valentina.

Daniel la miró.

—Soy tu hermano.

—Eso ya lo sé.

—Entonces sabes suficiente.

—No.

Valentina dio un paso hacia él.

—Quiero saber toda la verdad.

Daniel sostuvo su mirada.

—Tu padre no fue asesinado por Esteban.

Valentina quedó inmóvil.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

—Esteban estuvo allí —respondió Daniel—. Pero no fue quien lo mató.

Valentina sintió que todo lo que creía saber comenzaba a desmoronarse.

—Entonces ¿quién lo hizo?

Daniel señaló al hombre de la corona de hueso.

—Él.

El silencio fue absoluto.

Alejandro dio un paso hacia adelante.

—Tú dijiste que recibiste una orden.

El hombre sonrió.

—Y era verdad.

Esteban apretó los puños.

—Nunca me dijiste quién estaba detrás.

—Porque no necesitabas saberlo.

Valentina miró a Esteban.

—¿Por qué?

Esteban bajó la cabeza.

—Porque tu padre intentó impedir que te encontraran.

—¿Y tú lo entregaste?

Esteban cerró los ojos.

—Sí.

La confesión golpeó a Valentina como una puñalada.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo.

—¿De él?

Esteban asintió.

—De lo que podía hacerle a tu familia.

El hombre de la corona de hueso comenzó a caminar lentamente hacia ellos.

Alejandro se transformó.

Sus ojos se volvieron negros.

Su cuerpo comenzó a cambiar.

—Un paso más y te mato.

El hombre se detuvo.

—Eso intentaste antes.

Alejandro rugió.

Valentina colocó una mano sobre su pecho.

—Alejandro.

Él la miró.

—No.

—Todavía no.

Alejandro regresó lentamente a su forma humana.

El hombre de la corona de hueso sonrió.

—Siempre fue así.

Valentina lo observó.

—¿Así cómo?

—Tu padre también intentaba proteger a todos.

El hombre inclinó la cabeza.

—Y terminó perdiéndolo todo.

Valentina sintió que sus manos comenzaban a temblar.

—¿Qué quieres de mí?

—Lo mismo que quería desde el principio.

—Mi sangre.

—No.

Aquella respuesta la sorprendió.

—Entonces ¿qué?

El hombre levantó la mirada hacia el cielo.

—Tu decisión.

Valentina frunció el ceño.

—No entiendo.

—Tu sangre puede abrir puertas.

Señaló el portal.

—Pero solo tú puedes decidir qué cruza por ellas.

Damián dio un paso adelante.

—No le creas.

El hombre lo miró.

—Tú sabes que estoy diciendo la verdad.

Damián guardó silencio.

Valentina lo observó.

—¿Qué sabes?

—Que hay algo al otro lado que ni siquiera los antiguos pudieron controlar.

—¿Qué?

Damián miró a Daniel.

—Él.

Daniel no reaccionó.

Valentina volvió la mirada hacia su hermano.

—¿Tú?

Daniel negó lentamente.

—No soy yo.

—Entonces ¿qué hay detrás del portal?

Daniel levantó la mirada.

—Mi padre.

Valentina dejó de respirar.

—¿Mi padre?

—No exactamente.

Daniel se acercó al portal.

—Nuestro padre descubrió algo antes de morir.

La grieta comenzó a emitir una luz dorada.

—Descubrió que la sangre del primer guardián no era una maldición.

Gabriel abrió los ojos.

—Era una prisión.

Daniel asintió.

—Exactamente.




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