Las palabras de Daniel quedaron suspendidas en el aire.
—El rey oscuro ha despertado.
Valentina sintió que el frío le recorría todo el cuerpo.
No por miedo.
Por reconocimiento.
Aquellas palabras parecían haber estado esperando por ella desde mucho antes de su nacimiento.
Alejandro se transformó por completo.
Su enorme cuerpo de lobo negro se colocó delante de Valentina.
—No voy a permitir que te hagan daño.
Daniel levantó la cabeza.
Sus ojos dorados brillaban con una intensidad sobrenatural.
—No puedes detenerlo.
Alejandro gruñó.
—Puedo detenerte a ti.
Daniel lanzó un rugido.
El impacto de su voz hizo retroceder a varios guerreros.
Valentina levantó una mano.
—¡Alejandro, espera!
Pero Daniel desapareció.
En un instante apareció frente al rey.
Ambos chocaron con una fuerza que hizo temblar la tierra.
Alejandro lanzó a Daniel contra una roca.
Daniel se levantó inmediatamente.
No parecía herido.
—Eres fuerte —dijo Daniel.
Alejandro mostró los colmillos.
—Todavía no has visto nada.
Volvió a lanzarse contra él.
Valentina observaba horrorizada.
No quería que Alejandro lastimara a su hermano.
Pero tampoco sabía si Daniel seguía siendo él mismo.
—¡Daniel!
El joven se detuvo.
Por un instante, sus ojos recuperaron su brillo normal.
—Valentina…
Ella dio un paso hacia él.
—Escúchame.
Daniel respiraba con dificultad.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No sabes lo que hay dentro de mí.
—Entonces déjame ayudarte.
Daniel negó.
—Si te acercas, él saldrá.
—¿Quién?
Daniel apretó los ojos.
—El que despertó conmigo.
Una sombra comenzó a cubrir su cuerpo.
Damián gritó:
—¡Aléjate!
Valentina no obedeció.
—¡Daniel!
Él la miró.
—Corre.
—No.
—¡Corre!
La sombra explotó.
Alejandro se lanzó hacia Valentina y la protegió con su cuerpo.
La onda de energía atravesó el valle.
Cuando el polvo comenzó a disiparse, Daniel había desaparecido.
Valentina levantó la mirada.
—¿Dónde está?
Damián señaló las montañas.
—Se lo llevaron.
—¿Quién?
El hombre de la corona de hueso.
Valentina se volvió hacia él.
—¡Devuélvemelo!
El hombre sonrió.
—Yo no me lo llevé.
—¡Mientes!
—Tu hermano vino conmigo por voluntad propia.
—¡No!
El hombre la observó.
—Pregúntale a tu madre.
Todos miraron hacia ella.
La madre de Valentina estaba llorando.
—Es verdad.
Valentina sintió una punzada en el pecho.
—¿Qué?
—Daniel sabía quién era.
—¿Desde cuándo?
—Desde niño.
Valentina negó.
—No puede ser.
Su madre se acercó.
—Tu padre se aseguró de que él conociera la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que algún día tendría que elegir.
—¿Elegir qué?
La mujer miró hacia la montaña.
—Entre convertirse en rey…
Hizo una pausa.
—…o convertirse en monstruo.
Valentina sintió que las piernas le fallaban.
Alejandro recuperó su forma humana y la sostuvo.
—No estás sola.
Ella lo miró.
—Es mi hermano.
—Lo sé.
—Tengo que encontrarlo.
—Lo encontraremos.
Damián intervino.
—No será tan sencillo.
Valentina se volvió.
—Explícate.
—Si realmente despertó al rey oscuro, no estamos buscando solamente a Daniel.
Damián señaló la montaña.
—Estamos buscando aquello que vive dentro de él.
Gabriel negó lentamente.
—No vive dentro de él.
Todos lo miraron.
—Entonces ¿dónde está? —preguntó Isabela.
Gabriel observó a Valentina.
—Dentro de su sangre.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
—La sangre del primer guardián —continuó Gabriel— no solo protegía portales.
—¿Qué hacía? —preguntó Alejandro.
—Los contenía.
Valentina comprendió.
—Daniel es una prisión.
Gabriel asintió.
—Exactamente.
—¿Y qué ocurre si esa prisión se rompe?
Gabriel miró hacia la montaña.
—El rey oscuro será libre.
El Primer Rey comenzó a caminar hacia ellos.
—No deben dejar que eso suceda.
Valentina lo miró con desconfianza.
—¿Por qué te preocupa?
El antiguo rey respondió:
—Porque él fue creado para destruirnos.
Damián negó.
—No fue creado.
El Primer Rey lo miró.
—¿Qué sabes tú?
—Lo mismo que tú.
Damián señaló la corona de hueso.
—Él lo sabe todo.
Todos miraron al hombre.
Pero ya no estaba.
Había desaparecido.
Valentina cerró los ojos.
—Está huyendo.
Alejandro negó.
—No.
Miró hacia las montañas.
—Está esperando.
Valentina comprendió.
—Nos quiere allí.
—Sí.
—Entonces iremos.
Alejandro la tomó del brazo.
—No.
Valentina lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—No vas a ir sola.
—Nunca dije que iría sola.
Alejandro se acercó.
—Entonces iremos juntos.
Ella apoyó la frente contra la de él.
—Prométeme algo.
—Lo que quieras.
—Si tengo que elegir entre salvar a Daniel y salvarte a ti…
Alejandro negó antes de que terminara.
—No vas a elegir.
—Alejandro…
—No.
Tomó su rostro entre las manos.
—No voy a permitir que vuelvas a creer que tienes que perder a alguien para salvar a otro.
Valentina sintió que las lágrimas aparecían.
—Te amo.
—Y yo a ti.
Se besaron.
No fue un beso de despedida.
Fue una promesa.
Una promesa de regresar juntos.
Isabela observó a ambos.
—Tenemos que irnos.
Valentina se separó de Alejandro.
—Sí.
Los cuatro comenzaron a avanzar hacia la montaña.
Alejandro.
Valentina.