Valentina dejó de respirar.
Frente a ella estaba el hombre que durante años había existido únicamente en sus recuerdos.
El hombre que aparecía en las fotografías.
El hombre cuya voz había intentado recordar tantas veces.
El hombre que su madre había llorado en silencio.
Su padre.
O al menos eso parecía.
—Papá… —susurró.
El hombre levantó la mirada.
Sus ojos eran dorados.
Pero había algo extraño en ellos.
Algo que Valentina no reconocía.
—Hola, hija.
La voz fue suficiente.
Valentina sintió que las piernas le temblaban.
Alejandro se puso a su lado.
—No te acerques.
Valentina lo miró.
—Es él.
—No estamos seguros.
El hombre sonrió.
—Siempre tan desconfiado, Alejandro.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Porque te conozco.
El hombre avanzó.
—Te vi la noche que naciste.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—¿Dónde has estado?
Su padre la observó durante unos segundos.
—Esperándote.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algún día llegarías hasta aquí.
Valentina negó con la cabeza.
—No entiendo.
—Lo harás.
Entonces Daniel cayó de rodillas.
—¡Valentina!
Ella se volvió.
La sombra que lo cubría estaba regresando.
—¡Ayúdame!
Valentina corrió hacia él.
Su padre extendió una mano.
—No.
Valentina se detuvo.
—¿Qué?
—Si lo liberas ahora, destruirás el equilibrio.
—¡Es mi hermano!
—Precisamente.
Valentina sintió que la ira comenzaba a crecer.
—¿Y tú quién eres para decirme qué debo hacer?
El hombre sonrió.
—Tu padre.
—Mi padre murió.
—Eso es lo que todos debían creer.
—¿Entonces por qué nunca regresaste?
El hombre bajó la mirada.
—Porque no podía.
—¿No podías o no querías?
La expresión del hombre cambió.
Por primera vez, pareció dolido.
—No tienes idea de lo que tuve que hacer para mantenerlos vivos.
Valentina se acercó.
—Entonces dime.
El hombre guardó silencio.
—¡Dímelo!
El eco de su voz recorrió todo el salón.
Las paredes comenzaron a iluminarse.
Una tras otra, aparecieron inscripciones antiguas.
Damián las observó.
—Esto es un registro.
Isabela se acercó.
—¿De qué?
Damián señaló las paredes.
—De los primeros guardianes.
Valentina miró las inscripciones.
Y entonces vio dos nombres.
ELENA.
Y debajo:
EL GUARDIÁN.
Pero había un tercer nombre.
DANIEL.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Por qué está su nombre aquí?
Su padre respondió:
—Porque la sangre de tu hermano fue utilizada para mantener encerrado al rey oscuro.
Valentina miró a Daniel.
—¿Desde que era niño?
—Desde antes de que naciera.
—¿Qué?
Su padre asintió.
—Tu abuelo lo sabía.
Valentina sintió que el pecho le ardía.
—¿Mi abuelo?
—Él permitió que ocurriera.
La voz de Valentina se quebró.
—No.
—Sí.
—Mis abuelos nos protegieron.
—A ti.
Su padre miró hacia Daniel.
—A él no.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Por qué?
Su padre lo miró.
—Porque alguien tenía que cargar con la oscuridad.
Daniel se puso de pie lentamente.
—Y me eligieron a mí.
—No.
—¡Me eligieron a mí!
La sombra volvió a cubrir su cuerpo.
—Me entregaron.
Valentina se interpuso entre ambos.
—¡Basta!
Su poder explotó.
Una luz plateada llenó el salón.
Daniel cayó nuevamente de rodillas.
La sombra se apartó.
Valentina corrió hacia él.
—Mírame.
Daniel levantó los ojos.
Por un instante eran dorados.
—Tengo miedo.
Aquellas palabras rompieron algo dentro de Valentina.
Lo abrazó.
—No voy a dejarte.
Daniel cerró los ojos.
—No puedes salvarme.
—Sí puedo.
—No.
Daniel comenzó a llorar.
—Porque él está dentro de mí.
Valentina apoyó su frente contra la de él.
—Entonces lo sacaremos juntos.
Su padre observaba en silencio.
Alejandro se acercó.
—¿Quién eres realmente?
El hombre lo miró.
—Ya te lo dije.
—No.
Alejandro negó.
—El verdadero padre de Valentina murió.
El hombre sonrió.
—¿Y cómo estás tan seguro?
Alejandro no respondió.
—Porque tú mismo viste cómo Esteban lo atacó —continuó el hombre—. Pero nunca viste su cuerpo.
Alejandro quedó inmóvil.
Valentina lo miró.
—¿Es verdad?
Alejandro asintió lentamente.
—Sí.
El hombre caminó hacia ellos.
—Aquella noche Esteban recibió una orden.
—De ti —dijo Valentina.
—Sí.
—¿Para matarlo?
—No.
Valentina frunció el ceño.
—Entonces ¿para qué?
El hombre miró a Daniel.
—Para separar a tus padres de sus hijos.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque si permanecían juntos, el rey oscuro los habría encontrado.
—¿Y tú?
—Yo hice que pareciera que tu padre había muerto.
Valentina lo observó.
—¿Estás diciendo que todo fue una mentira?
—Una mentira necesaria.
—¡Me hiciste crecer creyendo que mi padre estaba muerto!
El hombre bajó la mirada.
—Lo sé.
—¡Me hiciste creer que mi madre me había abandonado!
—Lo sé.
—¡Me quitaste a mi hermano!
Por primera vez, el hombre perdió su expresión tranquila.
—No.
Valentina se quedó en silencio.
—No fui yo quien te quitó a Daniel.
El hombre señaló al rey oscuro.
—Fue él.
La criatura comenzó a rugir.
Daniel se llevó las manos a la cabeza.
—¡No!
La sombra salió de su cuerpo.
El rey oscuro comenzó a tomar forma detrás de él.