La puerta comenzó a abrirse.
Muy lentamente.
Una corriente de aire helado atravesó el salón y apagó decenas de velas.
Valentina permaneció inmóvil.
No podía apartar los ojos de aquella oscuridad.
La voz había sido clara.
La voz de su padre.
—Todavía no, hija.
Alejandro se colocó junto a ella.
—Valentina, pase lo que pase, no te acerques sola.
Ella asintió.
Daniel se levantó con dificultad.
—Esa voz…
Valentina lo miró.
—¿La reconoces?
Daniel tenía lágrimas en los ojos.
—Sí.
Su voz se quebró.
—Es él.
Su tío retrocedió.
Por primera vez parecía verdaderamente asustado.
—No puede ser.
Gabriel apareció al otro lado del salón.
—¿Qué sucede?
El tío lo miró.
—La puerta se abrió.
Gabriel observó la oscuridad.
—No.
—¿Qué?
—No se abrió.
Gabriel señaló el suelo.
—La puerta fue abierta desde el otro lado.
Un silencio absoluto cayó sobre todos.
Valentina sintió que su corazón se aceleraba.
—¿Por mi padre?
Gabriel negó.
—Por alguien que quiere que creas que es tu padre.
Valentina sintió una punzada de decepción.
Pero entonces escuchó nuevamente aquella voz.
—Valentina.
Ella cerró los ojos.
Era imposible.
No era una imitación.
Era la misma voz que recordaba de su infancia.
La misma voz que había escuchado en sus sueños.
—Papá.
Su madre llegó hasta ella.
—No vayas.
Valentina la miró.
—¿Por qué?
Su madre lloraba.
—Porque yo también escuché esa voz aquella noche.
—¿Qué noche?
—La noche en que tu padre desapareció.
Valentina quedó inmóvil.
—¿Qué ocurrió?
Su madre miró hacia la puerta.
—Tu padre entró por ella.
—¿Y regresó?
—No.
Valentina comprendió.
—Entonces mi padre estuvo aquí.
—Sí.
—¿Y qué encontró?
Su madre respiró profundamente.
—A su hermano.
Valentina miró a su tío.
Él bajó la cabeza.
—¿Tú estabas aquí?
—Sí.
—¿Qué pasó?
Su tío tardó en responder.
—Tu padre descubrió la verdad sobre nuestra familia.
—¿Qué verdad?
—Que durante generaciones habíamos protegido al rey oscuro.
Valentina miró a la criatura.
—¿Para protegerlo de qué?
Su tío levantó la mirada.
—De sí mismo.
La criatura permanecía en silencio.
Valentina se acercó.
—¿Es cierto?
La criatura respondió:
—Sí.
—Entonces ¿por qué quiere salir?
—Porque alguien rompió el pacto.
Todos miraron al tío.
Él negó.
—No fui yo.
Daniel soltó una risa amarga.
—Siempre dices lo mismo.
Su tío lo miró.
—No sabes lo que hice para protegerte.
Daniel dio un paso adelante.
—Me entregaste.
—Te salvé.
—¡Me convertiste en una prisión!
El grito de Daniel resonó por todo el salón.
La criatura comenzó a moverse.
—Basta.
Una fuerza invisible separó a ambos.
Valentina sintió cómo su poder reaccionaba.
—¡Déjalos!
La criatura se detuvo.
—No interfieras.
Valentina levantó la cabeza.
—No vuelvas a decirme qué hacer.
Por primera vez, la criatura pareció sorprendida.
—Tienes el carácter de Elena.
—No.
Valentina apretó los puños.
—Tengo mi propio carácter.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Eso es lo que más me gusta de ti.
Valentina lo miró.
Durante un instante, todo el horror que los rodeaba desapareció.
Pero duró poco.
Un paso resonó detrás de la puerta.
Después otro.
Todos se prepararon.
Una silueta apareció.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
El hombre caminó lentamente hacia ellos.
Era alto.
Tenía el cabello oscuro.
Su rostro estaba marcado por varias cicatrices.
Y en sus ojos había un brillo dorado.
Valentina dio un paso atrás.
—¿Quién eres?
El hombre la observó.
—¿De verdad no me reconoces?
Valentina negó.
Él sonrió con tristeza.
—Eras demasiado pequeña.
Su madre comenzó a llorar.
—No…
El hombre la miró.
—Hola, Elena.
Valentina quedó paralizada.
Su madre negó con la cabeza.
—No me llames así.
—Ese fue el nombre que utilizaste cuando entraste en mi reino.
Valentina comprendió.
Su madre no solo había estado escondida.
Había vivido allí.
El hombre miró a Valentina.
—Tu madre fue una de las primeras en cruzar esta puerta.
Valentina miró a su madre.
—¿Es verdad?
Ella no respondió.
—Mamá.
Finalmente, su madre asintió.
—Sí.
Valentina sintió que el mundo volvía a cambiar.
—¿Por qué?
—Porque intentaba encontrar a tu padre.
El hombre intervino:
—Y lo encontró.
Valentina se volvió.
—¿Dónde está?
El hombre señaló hacia la oscuridad.
—Al otro lado.
Valentina dio un paso hacia la puerta.
Alejandro la tomó de la mano.
—No todavía.
Ella lo miró.
—Es mi padre.
—Lo sé.
—Tengo que ir.
—Entonces voy contigo.
Valentina apretó su mano.
—Siempre.
Daniel se acercó.
—Yo también.
Valentina negó.
—No.
—Soy parte de esto.
—Precisamente por eso.
Daniel miró a su hermana.
—No pienso volver a dejarte sola.
Valentina sonrió entre lágrimas.
—Nunca estuve sola.
Miró a Alejandro.
—Y ahora tengo una familia.
Daniel bajó la mirada.
—Yo también.
Los tres se tomaron de las manos.
Isabela se acercó.
—Entonces vamos todos.
Damián suspiró.
—Esto es una pésima idea.
Isabela lo miró.
—¿Tienes una mejor?
—No.
—Entonces deja de quejarte.
Damián sonrió.