La Abogada Del Rey Lobo

Capítulo 31. LA REINA LOBA

El silencio que quedó después de que el portal se cerró fue extraño.

No era el silencio de una batalla terminada.

Era el silencio de algo que, por primera vez en siglos, había dejado de luchar.

Valentina permaneció inmóvil frente al lugar donde había desaparecido la puerta.

El suelo ya no temblaba.

Las cadenas antiguas habían perdido su brillo.

Y, donde antes se encontraba la oscuridad, solamente quedaba una pequeña marca plateada sobre la piedra.

Alejandro se acercó lentamente.

—¿Terminó?

Valentina miró la marca.

Durante unos segundos no respondió.

Entonces sintió algo.

No miedo.

No una amenaza.

Una presencia tranquila.

Cerró los ojos.

Dentro de ella escuchó aquella voz que tantas veces la había acompañado.

La voz de Elena.

—No todo lo que nace de la oscuridad está destinado a permanecer en ella.

Valentina abrió los ojos.

La pequeña sombra que había quedado después del cierre del portal comenzó a moverse.

Daniel dio un paso hacia adelante.

—Es el último fragmento.

Todos se prepararon.

Pero Valentina levantó una mano.

—No.

La sombra se detuvo.

—Ya no vamos a responder con miedo —dijo ella.

La pequeña figura comenzó a cambiar.

El negro se volvió gris.

Después plateado.

Finalmente desapareció.

Daniel respiró profundamente.

Por primera vez desde que había sido convertido en prisión, sintió que dentro de él no quedaba ninguna presencia ajena.

—Estoy libre —susurró.

Su padre lo abrazó.

No hizo falta decir nada.

Aquel abrazo contenía todos los años perdidos.

Todas las noches en las que había esperado regresar.

Todas las veces que un padre había imaginado que jamás volvería a ver a su hijo.

Valentina observó la escena con lágrimas en los ojos.

Su madre tomó su mano.

—Lo lograste.

Valentina negó suavemente.

—Lo logramos.

Y miró a su familia.

A Alejandro.

A Daniel.

A Isabela.

A Damián.

A sus padres.

A Gabriel.

Por primera vez comprendió que nunca había sido solamente ella contra el mundo.

Nunca había estado sola.

Horas después, regresaron al valle.

El amanecer comenzaba a cubrir las montañas.

Los primeros rayos de sol iluminaron el bosque.

Y algo había cambiado.

Los lobos lo sintieron antes que los humanos.

Ya no existía aquella presión antigua que obligaba a todos a inclinarse ante un poder superior.

Los ojos dorados que durante generaciones habían simbolizado miedo comenzaron a recuperar su brillo natural.

Los antiguos pactos habían desaparecido.

Y con ellos, la necesidad de sacrificar a alguien para mantener el equilibrio.

Gabriel fue el primero en comprenderlo.

Se acercó a Valentina y sonrió.

—Finalmente puedo irme.

Valentina lo miró sorprendida.

—¿Irte?

—He sido guardián durante demasiado tiempo.

Miró las montañas.

—Ahora puedo elegir qué hacer con mi vida.

Valentina sonrió.

—Entonces elige algo bueno.

Gabriel soltó una pequeña risa.

—Eso intentaré.

Por primera vez en siglos, caminó hacia el bosque sin mirar atrás.

El destino de su tío fue diferente.

No murió.

Valentina había decidido que no sería ella quien determinara su vida mediante la venganza.

Fue llevado ante el consejo de los clanes.

Sin corona.

Sin poderes.

Sin seguidores.

Sin el temor que durante años había utilizado para controlar a otros.

Allí tuvo que responder por sus actos.

Por haber manipulado a Nicolás.

Por haber roto el antiguo pacto.

Por haber utilizado a Daniel.

Por haber intentado controlar a Valentina.

Cuando terminó el juicio, fue condenado a vivir bajo vigilancia, lejos del poder y de cualquier posibilidad de volver a gobernar.

El antiguo hombre de la corona de huesos desapareció.

Y con él desapareció también el último símbolo de una época en la que gobernar significaba someter.

Alejandro convocó a todos los clanes.

Durante generaciones, los reyes habían gobernado mediante sangre, miedo y obediencia.

Él decidió terminar con eso.

—No habrá más pactos secretos —declaró frente a todos—. No habrá más sacrificios. Ningún rey volverá a decidir quién merece vivir o morir.

Valentina permaneció a su lado.

—A partir de hoy —continuó Alejandro—, el reino tendrá un consejo formado por representantes de todos los clanes.

Un murmullo recorrió el lugar.

Uno de los ancianos preguntó:

—¿Y quién tendrá la última palabra?

Alejandro miró a Valentina.

Ella dio un paso al frente.

—La justicia.

El silencio fue absoluto.

—No significa que nunca habrá un rey —continuó—. Significa que ningún rey estará por encima de las leyes.

Alejandro sonrió.

—Por eso ella será mi consejera principal.

Alguien gritó desde el fondo:

—¡La Reina Loba!

Los demás comenzaron a repetirlo.

—¡Reina Loba!

Valentina bajó la mirada.

Nunca había buscado una corona.

Pero había aprendido que una corona no tenía que ser una prisión.

Podía convertirse en una responsabilidad.

Daniel decidió permanecer en el valle.

No como prisionero.

No como guardián obligado.

Como protector.

Él y Valentina comenzaron a entrenar juntos.

Dos hermanos que habían crecido separados por secretos ahora aprendían a caminar lado a lado.

Isabela también encontró su lugar.

Su poder para controlar dejó de ser utilizado para dominar y comenzó a utilizarse para proteger.

Damián permaneció cerca de ella.

Una tarde, Valentina los encontró conversando junto al río.

—¿Interrumpo algo?

Isabela levantó una ceja.

—No.

Damián sonrió.

—Todavía.




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