Tres años después...
El reino había cambiado.
Ya no había guerras.
No había portales oscuros.
No había criaturas ancestrales intentando apoderarse del mundo.
No había profecías anunciando el fin de los tiempos.
En resumen, la vida era tranquila.
Demasiado tranquila.
Al menos para Alejandro Montenegro.
—¡Valentina!
La voz del rey retumbó por todo el castillo.
Valentina levantó la mirada de los documentos que estaba revisando.
—¿Qué hiciste ahora?
Alejandro apareció en la puerta con una expresión de absoluta indignación.
—No hice nada.
Valentina dejó el documento sobre la mesa.
—Cuando un rey dice "no hice nada" con esa cara, normalmente significa que hizo algo.
—Solamente firmé un documento.
—¿Qué documento?
Alejandro guardó silencio.
Valentina entrecerró los ojos.
—Alejandro.
—Uno pequeño.
—¿Qué firmaste?
—Una modificación del presupuesto.
Valentina se levantó lentamente.
—¿Cuánto?
Alejandro miró hacia otro lado.
—No es importante.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—¿Cuánto es "mucho"?
—Lo suficiente para construir una piscina.
Valentina se quedó mirándolo.
—¿Una piscina?
—Para los lobos.
Silencio.
—¿Para los lobos?
Alejandro asintió.
—Les gusta nadar.
Valentina respiró profundamente.
—¿Y quién autorizó eso?
Alejandro sonrió.
—El rey.
Valentina cruzó los brazos.
—El rey acaba de gastar dinero del reino sin autorización del consejo.
Alejandro perdió la sonrisa.
—Pero soy el rey.
—Y yo soy tu abogada.
—Eso no es justo.
—Es exactamente lo contrario. Es justicia.
Desde el pasillo se escuchó una carcajada.
Daniel apareció acompañado por Isabela y Damián.
—Te lo dije —comentó Daniel—. Nunca firmes nada sin que ella lo revise.
Alejandro lo miró.
—¿Y tú de qué lado estás?
Daniel levantó las manos.
—Del lado de la supervivencia.
Isabela sonrió.
—Sabia decisión.
Damián intentó contener la risa.
—Yo también estoy de acuerdo.
Alejandro los miró a todos.
—Traidores.
Valentina tomó el documento.
—La piscina queda cancelada.
—¡Pero ya compré los materiales!
—Los devolverás.
—¡Valentina!
—Alejandro.
El rey bajó la cabeza.
—Sí, mi abogada.
Todos comenzaron a reír.
Aquella noche, Alejandro salió al jardín.
Necesitaba escapar.
No de enemigos.
No de monstruos.
No de antiguos reyes.
Necesitaba escapar de su esposa.
Se transformó en lobo y corrió hasta el bosque.
Durante unos minutos disfrutó de la libertad.
Hasta que escuchó un aullido detrás de él.
Se detuvo.
Giró.
Una hermosa loba plateada apareció entre los árboles.
Alejandro sonrió.
—Sabía que vendrías.
Valentina recuperó su forma humana.
—¿De verdad creíste que podías esconderte de mí?
Alejandro volvió a su forma humana.
—Solo quería dar un paseo.
—Claro.
—De verdad.
—Alejandro.
—Está bien. Huí.
Valentina sonrió.
—Lo sé.
Él se acercó.
—¿Sigues enojada?
—No.
—¿Entonces puedo construir la piscina?
—No.
—¿Una pequeña?
—No.
—¿Una para mí?
—Menos.
Alejandro suspiró.
—Eres cruel.
Valentina se acercó y lo besó.
—Pero me amas.
—Desgraciadamente.
Ella levantó una ceja.
—¿Desgraciadamente?
Alejandro la abrazó.
—Profundamente, desesperadamente y hasta cuando cancelas mis proyectos.
Valentina apoyó la cabeza en su pecho.
—Eso suena mejor.
A la mañana siguiente, el reino despertó con una noticia inesperada.
Alejandro había aprobado un nuevo proyecto.
Valentina encontró el documento sobre su escritorio.
Lo leyó.
Después volvió a leerlo.
Finalmente salió corriendo.
—¡ALEJANDRO!
El rey apareció desde el otro extremo del castillo.
—¿Sí?
—¡¿Qué es esto?!
—Un proyecto.
—¡Dice que vamos a construir una piscina!
Alejandro sonrió.
—Sí.
—¡Te dije que no!
—No para los lobos.
Valentina miró nuevamente el documento.
—Entonces, ¿para quién?
Alejandro señaló hacia el patio.
Allí estaban Daniel, Isabela, Damián y varios miembros del consejo.
Todos llevaban traje de baño.
Valentina abrió los ojos.
—No...
Alejandro sonrió.
—Para los niños del reino.
Valentina permaneció en silencio.
Después miró a Alejandro.
—¿Y quién tuvo esta idea?
Todos señalaron a Daniel.
Daniel levantó las manos.
—¡Yo no quería una piscina para mí!
Isabela lo interrumpió.
—Sí querías.
—Bueno... también.
Valentina comenzó a reír.
Alejandro se acercó.
—Entonces...
—Está bien.
—¿Podemos construirla?
Valentina sonrió.
—Sí.
Alejandro levantó los brazos.
—¡El rey ha ganado!
—Pero...
Alejandro bajó los brazos.
—¿Pero?
—La administra el consejo.
—No.
—Sí.
—Valentina...
—Y tendrá presupuesto controlado.
—No.
—Y auditorías.
—¡Eso es una tortura!
Valentina sonrió.
—Bienvenido a mi mundo.
Todos comenzaron a reír.
Años después, cuando los niños del reino preguntaban cómo había comenzado la nueva era de los lobos, los ancianos contaban historias sobre una poderosa reina de ojos dorados.
Les hablaban de portales.
De antiguos reyes.
De guerras.
De la mujer que había cambiado un pacto milenario.
Y siempre terminaban diciendo:
—La Reina Loba salvó al reino.
Pero Valentina, cada vez que escuchaba esa historia, sonreía.
Porque ella sabía la verdad.
El reino no había sido salvado por una reina.