La agente Eliza

CAPITULO 2 -CENIZAS Y RESURRECCIÓN

Ocho años antes

Aquel había sido un día interminable. A veces llegaba a pensar que las monjas no dormían, dedicando sus horas de vigilia a planear nuevas formas de hacerme trabajar como un animal de carga. El cansancio se me metía en los huesos, pero el hambre era peor. La comida en el orfanato era un privilegio que yo no alcanzaba; a pesar de trabajar el doble que el resto, para cuando llegaba a la mesa, solo quedaban las sobras frías y el agua turbia.

Sin embargo, el destino me había dado un consuelo. Meses atrás, mientras fregaba los suelos del ala oeste, descubrí un pasadizo estrecho detrás de un panel de madera carcomida que conducía directamente a la despensa de la cocina. Se convirtió en mi secreto más valioso.

Esa madrugada, como tantas otras, mis pies descalzos no emitieron sonido alguno sobre las piedras frías. Estaba sentada en el suelo de la cocina, devorando una rebanada de pan seco como si fuera un manjar, cuando algo cambió. Me levanté para alcanzar una manzana de los estantes altos, pero mi mano se detuvo en el aire.
El olor llegó primero: acre, químico, asfixiante. Gasolina.

Segundos después, un estruendo sordo hizo vibrar los cimientos del edificio. El cristal de las ventanas vibró bajo la onda expansiva. Dejé caer el pan y corrí hacia el pasadizo. Al asomar la cabeza al corredor principal, el pánico me golpeó de frente. El internado ya no era una mole gris; era un infierno naranja que rugía, devorando las cortinas y las vigas de madera con una voracidad sobrenatural.

—¡Las habitaciones! —ahogué un grito y salí disparada hacia las escaleras.

El caos arriba era indescriptible. El humo denso reptaba por el techo como una bestia negra. Algunas niñas lloraban abrazadas en los rincones, paralizadas por el terror; otras corrían a ciegas, chocando entre sí en la oscuridad absoluta después de que las luces estallaran.

—¡Por aquí! ¡Síganme si quieren vivir! —grité, imponiendo mi voz sobre el rugido de las llamas.

No importaba que muchas de ellas me hubieran hecho la vida imposible. En aquel momento, solo veía rostros aterrorizados que no merecían morir calcinados. La puerta principal estaba bloqueada por un muro de fuego; el incendio había sido estratégico, cortando la única salida evidente. Repasé mentalmente el plano del lugar hasta que di con nuestra única oportunidad: el aula de música, cuya ventana daba al patio trasero.

Empujé una mesa contra la pared con una fuerza que no sabía que tenía y coloqué una silla encima. Con el corazón martilleando en mis oídos, rompí el vidrio con el soporte de un atril. El marco crujió, abriendo un hueco apenas suficiente.

—¡Suban! ¡Rápido! —ordené, extendiendo la mano para impulsarlas.

Fueron saliendo una a una, presas de una desesperación animal. Cuando solo quedábamos cuatro, el techo comenzó a ceder con un quejido metálico.

—¡Vamos a morir! —gritaron las que quedaban.

Las obligué a subir a empujones. En la confusión, una de ellas resbaló de la mesa y cayó al suelo con un grito ahogado, agarrándose el tobillo. Era Mara. Apenas tenía diez años y llevaba poco tiempo en el internado; se decía que su vida antes de este lugar había sido un calvario de abusos.

—No vas a morir hoy —le dije, arrodillándome a su lado. Sus ojos azules estaban desorbitados por el miedo—. Agárrate de mi hombro. Sube a la mesa. Cuando cuente tres, saltas y yo te empujo. ¿Entendido?

Mara asintió con un sollozo. Con un esfuerzo supremo, la ayudé a trepar. En cuanto estuvo en posición, la impulsé hacia el exterior. Justo cuando me disponía a seguirla, una viga envuelta en llamas se desplomó del techo, bloqueando la ventana y derribándome hacia atrás.

—¡No! —grité, golpeando el suelo.

El fuego ya rodeaba la salida. Estaba atrapada. Caí de rodillas, con los pulmones ardiendo por el humo, sintiendo que el calor empezaba a ampollar mi piel. Había salvado a las demás, pero el precio sería mi propia vida.

De repente, a través del estruendo del incendio, escuché golpes secos al otro lado de la pared lateral. Un sonido rítmico, desesperado.
—¡Auxilio! ¡Estoy aquí! —grité con las últimas fuerzas que me quedaban.
—¡Resiste, Eliza! ¡Voy a sacarte! —era la voz de Mara. No se había ido.
La esperanza me dio un segundo aire. Agarré la pata de metal de una silla rota y comencé a golpear el muro desde dentro, justo donde el ladrillo parecía más débil por la humedad acumulada de años. Golpeé hasta que mis manos sangraron, hasta que el aire se volvió un lujo inexistente. Mis rodillas cedieron y el mundo empezó a desvanecerse en un resplandor rojo.
Cerré los ojos, aceptando el final, cuando unas manos pequeñas pero firmes me sujetaron del brazo.
—¡No te atrevas a rendirte! —rugió Mara desde el otro lado.
Me arrastró a través de un agujero que apenas permitía el paso de un cuerpo. En cuanto mis pies tocaron la hierba del patio, el techo del aula colapsó con un rugido ensordecedor que hizo vibrar la tierra bajo nosotras.
Nos quedamos allí, tumbadas en el suelo, inhalando el aire frío de la noche mientras la adrenalina nos quemaba las venas.
—Gracias —susurré con la voz rota.
—Tú me salvaste primero —respondió ella, con las lágrimas surcando el hollín de sus mejillas.
El ulular de las sirenas se hizo presente. Me incorporé con dificultad para ayudar a Mara a caminar, pero nos detuvimos al escuchar voces masculinas cerca de la valla. Eran los equipos de rescate, pero sus palabras nos helaron la sangre.
—No queda nadie vivo ahí dentro —dijo uno con una frialdad fúnebre—. Faltan dos niñas, según el recuento. Deben haber quedado atrapadas en el ala oeste. No hay forma de que hayan sobrevivido a eso.
Mara ahogó un sollozo, pero yo la sujeté con fuerza. El otro hombre bajó la voz, aunque el viento llevó sus palabras hasta nosotras:
—Esto no fue un accidente. Hemos encontrado restos de combustible en los pasillos principales. Alguien quería que este lugar ardiera hasta los cimientos.



#1580 en Otros

En el texto hay: mentiras dolor, amor celos, agente elite

Editado: 04.04.2026

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