La agente Eliza

CAPITULO 3 - EL LEGADO DEL LOBO

El rugido de mi motocicleta se filtraba a través del casco, mezclándose con el caos de las bocinas y el pulso frenético de la ciudad. Mientras sorteaba el tráfico, mi mente no estaba en el asfalto, sino ocho años atrás, en el frío que calaba los huesos y el hambre que te hace olvidar quién eres.Después de la noche de las cenizas, la calle se convirtió en nuestro único hogar.

Dormíamos en la esquina de un parque, ocultas tras los arbustos, vigilando por turnos mientras la otra intentaba descansar. Ver a Mara dormir profundamente, con el rostro sucio y el cuerpo temblando de frío, me quemaba por dentro.

No habíamos sobrevivido al fuego para morir de hambre. Mara merecía una vida, una de verdad, y yo estaba dispuesta a incendiar el mundo otra vez con tal de dársela. Pero la ciudad no nos quería allí.

Los visitantes se quejaban de nuestra presencia y las autoridades empezaron a cercarnos. Abandonamos el parque por voluntad propia, buscando refugio en los callejones más oscuros, sin saber que allí el peligro tenía garras más afiladas.

Flashback

Mara apretó mi mano hasta cortarme la circulación. Sus hombros vibraban por un miedo que intentaba contener. Frente a nosotras, tres hombres nos cerraban el paso, moviéndose con la confianza de los carroñeros que han encontrado una presa fácil.

—Tranquilas, bellezas. Prometemos no ser rudos si colaboran —dijo el más bajo, con una sonrisa que mostraba dientes amarillentos y una malicia podrida.

—Aléjense de nosotras —masqué entre dientes, dando un paso al frente para cubrir a Mara.—Oh, miren eso... la gatita tiene garras —ironizó otro, desenvainando una navaja que brilló bajo la luz mortecina de la farola.

Me incliné hacia Mara, sin apartar la vista de los acosadores.—Escúchame bien: en cuanto te suelte, corre por ese callejón. No te detengas, no mires atrás. Escóndete y no salgas hasta que yo te llame.—Pero, Eliza… —su voz era un hilo de terror.—Confía en mí. ¡Ahora!

Solté su mano y Mara salió disparada como una exhalación. Los hombres soltaron una carcajada.—Eres astuta —gruñó el líder—. ¡Encárguense de ella, yo iré por la pequeña!

El tipo se giró para perseguir a Mara, pero antes de que diera un paso, un contenedor de basura metálico voló por el aire, aterrizando con un estruendo ensordecedor que lo obligó a retroceder.

De entre las sombras profundas del callejón emergió una figura. Un hombre alto, vestido con un traje oscuro que parecía absorber la poca luz ambiental.

Sus ojos eran dos pozos de frialdad, observando la escena con la calma de un depredador que ya ha decidido el final de la cacería.—Creo que las señoritas dijeron que se alejaran —su voz era grave, una vibración que cortó el aire.—No te metas, abuelo... esto no es asunto tuyo —amenazó el de la navaja.

El desconocido no se inmutó. Su mirada gélida se posó en ellos apenas un segundo.—No digan luego que no se los advertí.

Lo que siguió fue un borrón de violencia técnica. En un parpadeo, el hombre redujo al primero con un golpe seco al estómago que lo dejó sin aire.

El segundo apenas pudo levantar su arma antes de que el extraño lo estrellara contra la pared de ladrillos con la fuerza de un huracán.

El jefe retrocedió, su bravuconería convertida en pánico líquido.—Busca a tu amiga —me ordenó el hombre, sin quitarle el ojo a su último objetivo—. Yo terminaré esto.

No esperé. Giré sobre mis talones y corrí tras Mara, sin saber que aquel encuentro casual acababa de enterrar a la huérfana para dar paso a la guerrera.

Abo Ariza. Ese era su nombre. Un nombre que se susurraba con respeto en los círculos de la seguridad de élite. Había sido la sombra de diplomáticos y el escudo de imperios durante décadas.

Abo estaba listo para retirarse, pero no tenía a quién dejarle su legado. Su esposa acababa de darle la noticia de un embarazo milagroso tras años de intentarlo, pero él sabía que no podía esperar veinte años a que su hijo creciera.

Necesitaba un sucesor ahora. Alguien que no tuviera nada que perder y todo por ganar.

Nos dio un hogar, ropa limpia y comida caliente. Pero a la mañana siguiente, llegó el precio.—Te he observado —me dijo, sentado frente a mí con una seriedad que me erizó la piel—. Tienes la mirada de alguien que ya ha perdido demasiado, Eliza. Tienes la voluntad de los que no aceptan la derrota. Eso no se aprende; se forja en el dolor.

Su propuesta fue un pacto con el diablo: él me entrenaría, me daría sus contactos y su conocimiento. Yo me convertiría en su mejor arma. Acepté con una sola condición: Mara estaría a salvo y fuera de la línea de fuego.

Así fue como Eliza Beltrán murió y nació la Agente Ariza.

Actualidad

Hoy, a mis veinticinco años, soy el nombre que los poderosos susurran cuando el miedo les impide dormir. Estacioné mi motocicleta frente a la agencia y caminé con la seguridad que solo te da saber que puedes matar a cualquiera en la habitación.

Al entrar, Maicol, mi enlace operativo, me esperaba con un sobre sobre el escritorio.—Toma asiento. Este contrato es... especial.

—¿Quién es el objetivo? —pregunté, cruzando las piernas mientras abría el fólder.



#1580 en Otros

En el texto hay: mentiras dolor, amor celos, agente elite

Editado: 04.04.2026

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