Habían pasado dos días desde que firmé el contrato, y la calma se había convertido en un concepto extranjero para mí. Abo lo notó de inmediato; sus ojos, entrenados para leer las amenazas antes de que se materialicen, no se apartaban de mí mientras yo revisaba mi equipo en el despacho.
—¿Estás segura de esto, Eliza? —preguntó, recostándose en su silla con una mezcla de preocupación y el respeto que se le tiene a un igual.
—He esperado por esto durante años, Abo —respondí sin mirarlo.
Lo escuché suspirar, un sonido cargado de años de batallas.
—¿Y qué harás si te descubren? —Me detuve y lo miré con firmeza, la mandíbula tensa.
—Si me descubren, significará que hice lo correcto.—
Abo entrecerró los ojos. Sabía que para mí no había retorno. Se levantó y caminó hacia un mueble cerrado con llave. Tras unos segundos de duda, sacó una carpeta negra con el sello de la agencia y la deslizó sobre el escritorio.
—Aquí tienes —dijo con voz grave—. Son nombres, direcciones, movimientos... todo lo que los medios no dicen de los Arizmendi.
—¿Cómo...? —pregunté, perpleja.
—No me subestimes, pequeña —una sonrisa arrogante, casi triste, asomó a sus labios—. Sé que los has investigado por tu cuenta. Si decides lanzarte al abismo, no voy a detenerte, pero no permitiré que lo hagas sola.—
Un nudo se formó en mi garganta. Abo y Mery nos habían dado un apellido y una vida cuando no éramos más que cenizas.
—Gracias —murmuré.
—Mara no lo sabe, ¿verdad? —negué con la cabeza—. Bien. Que siga así por ahora. Pero prométeme algo, Eliza: si algo sale mal... déjalo. Vuelve a casa.—
Asentí con los ojos aguados, permitiéndome un último abrazo que se sintió como una despedida. Tomé la carpeta y salí de allí.
Al llegar a mi departamento, me sumergí en los documentos. Mi sangre se heló al llegar a las últimas páginas: el examen forense de mis padres. Junto a él, un recorte de periódico amarillento: “Fatal accidente cobra la vida de una familia completa”. Fruncí el ceño.
Familia completa. El artículo no mencionaba supervivientes. ¿Quién era yo entonces en esa historia?
Recordaba el impacto, el olor a gasolina y el metal retorcido... pero mi llegada al internado seguía siendo un agujero negro. No pasé por un hospital, no hubo registros médicos de una niña herida. Simplemente desperté en una habitación con un suero, y luego, el olvido. Algo no cuadraba, y los Arizmendi eran la pieza que faltaba en el rompecabezas.
Esa misma tarde - Grupo Arizmendi
La sede principal del Grupo Arizmendi era un monolito de cristal y acero que parecía querer perforar el cielo. Mientras cruzaba el vestíbulo, el eco de mis tacones contra el mármol pulido resonaba como disparos en una catedral. Todo allí transpiraba poder: desde las obras de arte abstracto en las paredes hasta el aire acondicionado, que portaba un aroma seco a sándalo y dinero antiguo.
Al presionar el botón del ascensor privado, las puertas doradas me devolvieron el reflejo de una mujer que mis padres no habrían reconocido. El traje sastre gris humo se ajustaba a mi cuerpo como una armadura; mis ojos, ocultos tras las gafas oscuras, eran dos esquirlas de hielo.
—Controla el pulso, Eliza —susurré para mis adentros.
El ascensor se abrió en el piso cuarenta. Allí me esperaba un hombre cuya mirada me analizaba como un halcón a su presa. Estaba sentado tras un escritorio de caoba maciza; tendría unos cuarenta y cinco años, el cabello veteado de plata peinado hacia atrás y una expresión capaz de calcular tu valor neto en cuestión de segundos.
—Agente Ariza —dijo con voz profunda —Siéntese.—
Me acomodé con la espalda recta, manteniendo la carpeta de seguridad firme sobre mis rodillas. Tras un breve repaso de mi impecable hoja de servicios, con el hombre cuyo nombre era Estefano, llegamos al núcleo de lo que realmente me interesaba.
—El señor Iker saldrá de viaje mañana. Usted se alojará en la habitación contigua. Tendrá acceso total a sus dispositivos y comunicaciones.—
—Entendido —respondí, poniéndome en pie con una frialdad mecánica.
Salí de la oficina sintiendo que el aire me faltaba. Esperaba encontrarme cara a cara con el hombre que destruyó mi infancia, pero no fue así; me encontré con una sombra corporativa. Sin embargo, el plan estaba en marcha. Estaría tan cerca de Iker que, cuando llegara el momento de cobrar la deuda de los Beltrán, ni él ni su padre verían venir el golpe.
Al bajar, el calor del exterior me golpeó como un insulto tras el frío aséptico de la torre. Saqué mi teléfono y deslicé el dedo por la pantalla hasta encontrar una foto antigua, pixelada y amarillenta: los rostros de mis padres antes de que el apellido Arizmendi los borrara del mapa.
"La paciencia es un plato que se sirve a cuarenta pisos de altura", pensé.
Caminaba hacia mi coche cuando un destello metálico captó mi atención en la salida del estacionamiento. Un deportivo negro, rugiendo como una bestia enjaulada, frenó a pocos metros de mí. El cristal tintado bajó apenas unos centímetros, lo suficiente para revelar una mandíbula tensa y unos ojos que compartían el mismo ADN del hombre que me lo arrebató todo, pero con una chispa de arrogancia mucho más peligrosa.