POV Iker
Había tenido un día jodido. Los inversionistas de Dubái creen que por tener el petróleo tienen el control, pero tras cinco horas de negociaciones en las que cada palabra era una mina terrestre, logré que firmaran bajo mis términos.
Estefano estuvo callado todo el trayecto. Sé que algo le preocupa; aunque trabaja para mí, respeto sus silencios a menos que él decida romperlos. Le había pedido que se encargara de contratar al nuevo agente personalmente. No era una tarea fácil, pero sus años de experiencia en el campo eran un punto a su favor que yo no podía ignorar.
Por ahora, había decidido que el agente se mudara a la mansión; era la única forma de saber si podía confiar en él o si solo sería otro par de ojos de mi padre en mi nuca.
Al llegar, la atmósfera de la casa se sintió distinta. Jessy me recibió con su calidez de siempre, esa que es mi único refugio. Ella es la única persona que ha visto mis cicatrices reales, la única que me dio amor mientras mi padre me forjaba a golpes de frialdad en aquel internado maldito.
No me pasó desapercibida la mirada que Jessy le lanzó a Estefano mientras me saludaba. Esos dos han desarrollado una especie de apego y protección hacia mí, un escudo emocional que mis propios progenitores nunca se molestaron en construir.
—Su nuevo agente llegó hace menos de diez minutos —dijo Jessy, bajando la voz —Lo espera en el despacho— Asentí, encaminándome hacia allí con Estefano pisándome los talones.
Me había preparado mentalmente para un exmilitar robusto o un operativo de mirada gélida, pero al abrir la puerta, sentí que el mundo se movía bajo mis pies.
Miré a Estefano con el ceño fruncido, buscando una explicación que no llegó. No había un hombre allí. Frente a mi escritorio, sentada con una postura impecable, había una mujer. Me observaba con una calma analítica, como si yo fuera un problema matemático que acababa de resolver en su cabeza.
—Buenas noches señor Arizmendi —respondió ella, manteniendo su voz en un tono peligrosamente bajo, mientras se ponía de pie.
Mi pecho subía y bajaba con fuerza. ¿Una mujer? ¿Seguro mi padre tenía algo que ver? Tenía que ser una broma de mal gusto. No quería a una mujer como escolta y, definitivamente, no quería a una como ella, que parecía leer mis pensamientos antes de que yo los formulara.
Estaba acostumbrado a ver el miedo en los ojos de quienes me rodeaban, pero ella no se inmutó. Su indiferencia me irritó más que su presencia.
—¿Cuánto te pagó mi padre para que le des información? —espeté sin filtros. Estaba seguro de que era una espía infiltrada para reportar mis movimientos a Arturo.
—No sé de lo que está hablando —respondió ella, inmutable, sin que un solo músculo de su rostro la traicionara.
—No tengo tiempo para sus trucos, pe...
—Tampoco yo, señor Arizmendi —me interrumpió, y el acero en su voz me obligó a guardar silencio por puro asombro—. Estoy aquí porque su hombre de confianza me contrato para ser su escolta, y eso es exactamente lo que voy a hacer.—
Estefano se mantenía al margen, observando la escena con los brazos cruzados. No intervino, lo cual me confirmó que él ya sabía exactamente a quién había traído a mi casa.
"Él y yo tendremos una sería conversación más tarde"; Pensé
Yo, en cambio, no podía apartar la mirada de ella. Había algo en su forma de sostenerme la vista, una calma que desafiaba abiertamente mi autoridad. Era insoportable… y, al mismo tiempo, intrigante.
—Perfecto —dije con seriedad, aceptando el reto—. Pero si vas a ser mi sombra, más te vale estar a la altura.—
Había visto sus reflejos al entrar; se movía con una economía de movimiento que solo tienen los depredadores. Sabía que era buena, pero no pensaba admitirlo.
—No se preocupe, señor Arizmendi —respondió con la misma serenidad —No acostumbro a fallar.—
—Entonces déjeme decirle algo: esté preparada. No suelo dar detalles de lo que hago, lo que significa que tendrá que ir siempre un paso por delante de mí.—
—Entendido —respondió sin titubear.
—Iré por unos documentos a mi habitación —Agregué, dirigiendo una mirada inquisidora a Estefano por encima del hombro.
Subí las escaleras intentando despejar mi mente, pero la imagen de esa mujer permanecía grabada en mi retina: segura, inmutable, letal. Busqué el folder que necesitaba y bajé de nuevo al despacho.
—Estefano, mañana quiero un informe completo sobre su expediente. Todo —ordené, esta vez sin apartar la vista de ella.
Ella arqueó una ceja, claramente divertida por mi desconfianza.
—¿Desconfía de mí o solo necesita sentirse en control?— Mi mandíbula se tensó ante su audacia.
—Ambas—
Por un instante, juraría que vi una sombra de sonrisa curvar sus labios. Le extendí el folder con la información confidencial sobre las amenazas que había recibido en los últimos meses.
—Necesito que revise esto y me dé su opinión a primera hora. Mañana salimos a los Alpes —puntualicé con tono autoritario.