POV Eliza
El peso de la noche anterior se me acumulaba en los párpados. Tras horas de analizar el folder que me habia dado Iker, los patrones saltaron a la vista como manchas de sangre sobre nieve: Iker no tenían un solo enemigo; tenían dos, y operaban con métodos tan distintos que era imposible que estuvieran coordinados
Cuando el señor Iker bajó. Yo ya era la viva imagen de la eficiencia, habiendo aceptado apenas un café de Jessy.
—Agente Ariza —saludó con una cortesía gélida.
—Señor —respondí, imitando su tono.
—Preparece, saldremos en diez minutos hacia los Alpes, necesito reunirme con unos socios antes de la Convención—
Veinte minutos después, la ciudad desfilaba tras los cristales del blindado. Yo ocupaba el asiento del copiloto, mientras Estefano mantenía la vista fija en el asfalto.
—¿A qué conclusión llegó? —preguntó Iker desde atrás, rompiendo el silencio sepulcral.
—A que más de una persona lo quiere muerto —respondí, buscando su mirada a través del espejo retrovisor—. Hay dos patrones. Una firma pertenece a la mafia italiana. La otra... la otra es alguien de su círculo íntimo. Alguien que no necesita forzar cerraduras para entrar en su vida.—
Vi un destello de sorpresa en sus ojos antes de que recuperara su máscara de indiferencia. El resto del camino se sumió en un silencio sepulcral. Abordamos el jet y en menos de lo que pensé, estuvimos en la base de la montaña y ahora nos dirigíamos al resort en una SUV blindada.
Iker iba en la parte trasera, fingiendo revisar unos documentos, pero sus ojos no dejaban de observarme por el retrovisor.
—¿Algo que reportar, Agente? —preguntó con sarcasmo.
—El viento está cambiando —respondí sin mirarlo —Y hay un vehículo dos kilómetros atrás que no ha variado su distancia en diez minutos.—
Su cuerpo se tensó. Estefano aceleró por la carretera sinuosa flanqueada por precipicios de hielo.
—Podría ser un turista —dijo.
—Los turistas no llevan inhibidores de señal— sentencié señalando la tableta táctica —Mi equipo acaba de perder la conexión con el satélite. Estefano, no te detengas por nada.—
De repente, un destello brilló en la cima de un risco a nuestra derecha. Fue apenas un segundo, el reflejo del sol sobre el cristal.
—¡ABAJO! —grité
Con agilidad me lancé sobre el cuerpo de Iker, empujándolo contra el suelo del vehículo. Un estruendo metálico desgarró el techo de la SUV.
El proyectil de un francotirador atravesó el blindaje superior justo donde había estado la cabeza de Iker un segundo antes. El auto derrapó. Estefano luchaba con el volante mientras otra bala impactaba en el parabrisas, dejando una telaraña de cristal roto.
—¡Quédate en el suelo e intenta no morir! — le ordené. Mi voz no tenía rastro de pánico; era puro cálculo.
Me incorporé lo suficiente para sacar mi arma y, con una mano firme, comencé a devolver el fuego a través de la ventanilla mientras el auto zigzagueaba al borde del abismo.
—Vamos a ver quién juega mejor —susurré entre dientes, mientras el estruendo de los disparos llenaba el habitáculo. Si querían la cabeza de Iker, debían pasar por encima de mi cadáver primero.
Con dificultad Estefano logro estabilizarse en la carretera, pero el auto negro replicó el giro con precisión violenta. Tras una persecución que nos obligó a desviarnos hacia una guardarraya, el vehículo nos rebasó y se detuvo en seco, bloqueando el camino.
—Yo iré —dijo Iker, amagando con bajar y extrayendo una pistola de un compartimento oculto. No era una "princesa", lo sabía, pero era un activo que no podía perder.
—No. Lo quieren a usted. Si baja, es hombre muerto—sentenció Estefano.
—A mi señal, salen de aquí y no miren atrás —dije con un tono que no admitía réplicas.
Salté del auto antes de que pudieran protestar. El frío me golpeó como una ola. Caminé hasta el espacio muerto entre ambos vehículos. La puerta del auto se abrió y una figura imponente hizo acto de presencia. Al reconocer al hombre que lideraba el grupo, mi cuerpo se tensó: Francesco Rossi.
—Tienes agallas. Pensé que enviaría a su perro faldero —escupió Rossi—. Dile a tu jefecito que tiene una semana para devolverme lo que me pertenece, o la próxima vez mi francotirador no fallará—
—No sé de qué habla —mentí.
—Pero él sí.... Sabes, es curioso que trabajes para el hijo del hombre que te lo arrebató todo, Eliza. Me pregunto qué pasaría si Iker descubriera tus verdaderas intenciones.—
Mi cuerpo se tensó. Claramente este hombre sabia demasiadas cosas, era la primera vez que cruzaba palabras con él y por lo visto sabia mucho de mí. Rossi desapareció, dejando la amenaza flotando en el aire, tan fría como el invier que mismo. Regresé al auto con el pulso desbocado.
—¡ESTÁ DEMENTE! —el grito de Iker me recibió nada más cerrar la puerta—. ¡Podrían haberte matado!—
—Sé perfectamente quién es ese hombre —lo corté, agotada—. Y sé que usted tiene algo que le pertenece. Rossi no busca a sus deudores para charlar; ha declarado la guerra. Tiene una semana.—