POV Eliza
—¿Pruébame? —repetí, mi voz era un hilo de seda, pero cargada de advertencia—. Usted juega con fuego, señor Arizmendi, y cree que su apellido es un traje impermeable. Pero yo he visto imperios arder por mucho menos que una mentira mal contada.—
—No soy mi padre, Ariza —su voz bajó un octava, volviéndose una vibración que sentí directamente en el pecho. —Sé que me miras y ves el linaje. Ves los bancos, los pozos petroleros, las manos manchadas de tinta y de cosas peores. Pero esas cicatrices que viste... —hizo un gesto vago hacia su espalda— no me las hizo un enemigo. Me las hizo el hombre que me dio su apellido—
Me tensé. Mis dedos, que aún rozaban su abdomen, sintieron la rigidez de sus músculos. Por un segundo, la agente desapareció y solo quedó la niña que recordaba el olor a gasolina del accidente.
—Rossi sabe algo que yo no.—continuó él, ignorando la distancia mínima que nos separaba. — Y muy pronto lo descubriré— Dijo seguro.
Iker se alejo de mí al escuchar los golpes secos en la puerta exterior, seguido de tres golpes rápidos. Por primera vez en mi vida sentía mis piernas coml gelatina, me ajusté la chaqueta, sintiendo el peso de mi arma en la cadera como un recordatorio de mi realidad.
Estefano entró, cubierto de nieve de pies a cabeza. Su rostro estaba pálido bajo la luz de la chimenea.—Señor... Agente Ariza... —jadeó, cerrando la puerta con fuerza —No estamos solos. El inhibidor de señal ha vuelto a activarse, pero no es Rossi—
Me acerqué a la ventana, apartando apenas un milímetro la cortina. A lo lejos, entre la cortina de nieve, vi los haces de luz infrarroja barriendo la pendiente.
—¿Cuántos? —pregunté, mi voz volviendo a su tono gélido y táctico.
—Al menos seis. Vienen por el flanco sur. Están bien equipados, armamento militar—respondió Estefano, sacando su propia arma.
Iker se acercó a la mesa y recogió su pistola, revisando el cargador con una destreza que ya no me sorprendía.
—Apaguen las luces —ordené—. Estefano, toma la posición en la cocina. Señor, quédese en el punto ciego de la escalera. Si entran, no pregunten. Disparen a matar.
—¿Y tú? — preguntó Iker, su mirada encontrándose con la mía en la penumbra.
—Yo voy a enseñarles por qué Abo me eligió a mí para terminar su legado.—
Salí por la puerta trasera, hundiéndome en el frío polar. La nieve me llegaba a las rodillas, pero la intriga que Iker había encendido en mi interior era suficiente para mantenerme alerta.
Si quería salir con vida de la boca del lobo tenía que mantener la cabeza fría. La cercanía de Iker era un peligro y no estaba dispuesta a caer en la trampa.
POV Iker
El frío de los Alpes se filtraba por las rendijas de la cabaña, pero no era nada comparado con el frío que había habitado en mi pecho durante diecinueve años.
Miré a Eliza, que revisaba el perímetro con una eficiencia letal, y por un momento, el presente se desdibujó.
Hace 19 años
Contemplé el auto de mi padre mientras se alejaba, levantando una estela de polvo que parecía asfixiar mis últimos restos de infancia. Solté el aire contenido en mis pulmones, un aire que siempre me había faltado en la mansión.
A mis nueve años, yo no era un niño; era una víctima de maltrato, abandono y humillación. ¿Quién me creería si dijera que mi progenitor, el ilustre Arturo Arizmendi, era el autor de semejante barbarie? Para el mundo, él era un titán; para mí, era el monstruo que apagaba cigarros en mi esperanza.
Arrastré mi maleta, sintiendo el peso de un agotamiento que no correspondía a mi edad. Si no fuera por Jessy, mi nana, la personificación del amor que nunca tuve, probablemente ya me habría rendido. ¿Qué niño piensa en quitarse la vida a los nueve años? Yo lo hice. Iker Arizmendi, el heredero al que le pesaba el apellido como una cadena de plomo.
Seguí los pasos del instructor con la cabeza gacha. En el mundo común, la gente con poder era dueña del suelo que pisaba, pero yo sentía que el suelo se abría bajo mis pies.
—Este es tu cuarto, pequeño —dijo el hombre.
Al entrar, mi maleta chocó ruidosamente contra el marco de la puerta. El sonido metálico disparó un resorte de terror en mi sistema. Por instinto, me cubrí la cabeza y me encogí en el suelo.
—¡No, por favor! ¡Te juro que no lo volveré a hacer! —grité, enterrando la cabeza entre mis piernas mientras abrazaba mis rodillas, esperando el golpe que siempre venía tras un ruido inesperado.
Pero el golpe no llegó. Sentí una mano presionar suavemente mi hombro.
—Tranquilo, pequeño. Ya no estás en casa y aquí nadie te hará daño. Te lo prometo.—
La voz de Marc Jones fue el primer suelo firme que toqué en mi vida. Mi padre creía que me estaba enviando a un internado para quebrantarme, para hacerme un erudito dócil o un saco de boxeo a distancia.
No sabía que Marc era hermano de Jessy, y un exoperativo de fuerzas especiales. Bajo su tutela, no solo estudié finanzas; aprendí a disparar, a luchar y a reconstruir los pedazos de mi autoestima con acero.