POV Eliza
Habíamos regresado hacía dos días de los Alpes, dejando atrás la nieve manchada y el eco de los disparos. El resto de la semana transcurrió en una calma tensa, casi asfixiante. Mi trabajo, en su forma más básica, radicaba en evitar que Iker dejara de respirar; una tarea que su propia familia parecía no valorar. Cuando Estefano les informó sobre el atentado, su padre no mostró ni una pizca de asombro, limitándose a servir otro trago de whisky con pulso firme. Su madre, por otro lado, había ensayado un interés fingido, un jadeo teatral que no llegó a sus ojos fríos.
No tardé en confirmar lo que mis instintos ya me gritaban: esta familia escondía más cadáveres en el clóset de los que aparentaba.
La noche anterior me había reunido con Abo en nuestro piso franco. Le detallé el atentado y le repetí palabra por palabra la escalofriante conversación que había tenido con Rossi. Abo fue tajante. Insistió en que estaba caminando sobre un campo minado, que corría un peligro inminente y que debía abandonar la misión de inmediato. Mi respuesta, como siempre, fue un no rotundo. Sabía que el reloj corría en mi contra, pero retirarme no era una opción.
Iker había pasado los últimos días irritable, encerrado en sí mismo. Sabía que estaba tenso, y no era para menos: Rossi no era un hombre de negocios ordinario; era un depredador conocido por desollar a sus deudores sin piedad. Por más que había presionado e indagado, Estefano se había negado a revelarme la verdadera razón por la cual Rossi había puesto precio a la cabeza de Iker. Si no me daban las respuestas, tendría que buscarlas yo misma.
Iker, en su arrogancia, creía que me tenía bajo control, relegada al papel de simple perro guardián. Lo que él ignoraba era que sus movimientos nocturnos no me habían pasado desapercibidos. Durante tres noches consecutivas, había salido de madrugada en compañía de Estefano. Yo me convertí en su sombra. Los seguí a una distancia prudente hasta un almacén abandonado en la zona industrial de la ciudad.
Desde mi posición en las vigas del techo, los observé reunirse con un grupo de seis hombres. Intercambiaban mapas, hablaban en susurros sobre puntos ciegos, cargamentos y filtración de información confidencial. Luego, como fantasmas, se dispersaban sin dejar rastro. Pero no fueron lo suficientemente rápidos. Logré fotografiar el rostro de uno de ellos bajo la luz parpadeante de una farola.
Envié la imagen a Abo y, en menos de una hora, tuvimos un nombre: Sander. Era un agente encubierto perteneciente a un equipo de élite de la policía internacional.
Ocupar todo el fin de semana en atar cabos valió la pena. El mapa completo por fin tenía sentido. Las sedes corporativas de Iker ubicadas en Italia, Francia y Europa Central no eran simples oficinas; eran los puntos estratégicos de embarque que Rossi utilizaba para transportar su droga. Iker no le debía dinero a Rossi... Sus empresas eran la pieza clave.
Trabajando como informante junto a Sander y su equipo, Iker había logrado que las autoridades incautaran dos cargamentos colosales, suponiendo una pérdida millonaria y una humillación imperdonable para el imperio de Rossi. Pero él no lo sabía y estaba cerca de descubrirlo.
Con toda esta información quemándome en el pecho, me presenté en la oficina presidencial de Iker cuando el habia solicitado mi presencia.
El ambiente olía a café expreso y a cuero caro. Lo vi caminar hacia el enorme ventanal que dominaba la ciudad, con los hombros tan tensos que parecían a punto de romperse bajo la tela de su traje a medida.
—Agente Ariza —dijo, con voz grave y sin girarse—, ¿alguna vez ha sentido que está interpretando un papel que no le pertenece?—
Lo miré un segundo en silencio. Sus ojos negros y cansados buscaron los míos a través del reflejo del cristal.
—Todos somos actores en este mundo, señor Arizmendi. Algunos solo tenemos mejores guionistas que otros —respondí. Por un instante, el peso de mis propias mentiras me golpeó y mi perfecta máscara de frialdad se agrietó, dejando entrever, solo por un segundo, a la niña rota que habitaba en mi interior.
Iker pareció notarlo. Abrió la boca, a punto de hacer otra pregunta, pero el sonido estridente de una llamada nos interrumpió y lo agradeci.
Contestó con monosílabos cortantes y colgó. Antes de que pudiera retomar la palabra, un toque firme en la puerta activó mis reflejos.
Me moví con agilidad, mi mano derecha soldada a la culata de mi arma bajo la chaqueta mientras abría la puerta.
El aire se volvió irrespirable. No era Estefano, ni su secretario. Apoyada contra el marco de la puerta, con una elegancia que solo el dinero y la falta de escrúpulos pueden comprar, estaba una mujer. No la conocía, pero su presencia disparó todas mis alarmas.
—¿No me vas a invitar a pasar, Iker? —su voz era terciopelo envolviendo un cuchillo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con una voz ronca que delataba un sismo emocional.
La mujer entró sin permiso, ignorándome como si yo fuera un mueble más. Se detuvo en el centro de la sala, escaneando el lujo de la oficina con desdén.
—Veo que has cambiado de gustos, Iker. Dejaste las modelos por las... máquinas de matar.
—Señor Arizmendi —intervine, mi voz gélida—, ¿quién es esta mujer?