La agente Eliza

CAPITULO 9 - VESTIDA PARA MATAR

POV Eliza

Había pasado la tarde ignorando el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta. Aceptar la orden de Iker significaba cruzar una línea que Abo me había advertido que nunca pisara: dejar de ser una sombra para convertirme en el centro de atención. En mi mundo, ser vista es sinónimo de ser vulnerable, pero esta noche, la invisibilidad no era una opción.

El paquete llegó a mi habitación dos horas antes de la cita. No era un simple vestido; era una armadura de seda negra. Al probármelo, el espejo me devolvió la imagen de una mujer que no reconocía, una versión de mí misma que había enterrado bajo capas de frialdad.

El diseño se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. El escote de la espalda era profundo, descendiendo hasta revelar el tatuaje que recorría mi columna en elegantes letras griegas: Ρίζες μου και φως μου. "Mis raíces y mi luz". Un recordatorio constante de quién era antes de que el mundo ardiera, y de la chispa que aún me mantenía en pie.

La parte frontal presentaba una abertura audaz que nacía en mi muslo. Bajo la caída impecable de la falda, llevaba una faja táctica de porte oculto donde mi Glock 43 descansaba en silencio, imperceptible para el ojo inexperto.

Me miré las manos. Mis nudillos, endurecidos por años de combate y disparos, ahora lucían una manicura impecable. Solté mi cabello, dejando que las ondas oscuras ocultaran el discreto audífono que me mantenía conectada con Estefano, quien estaría vigilando el perímetro exterior.

Cuando bajé las escaleras de la mansión, Iker me esperaba al pie de ellas. Llevaba un esmoquin que resaltaba su figura imponente, pero fue su rostro lo que me detuvo. Por un segundo, el presidente implacable desapareció, dejando paso a un hombre genuinamente impactado. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una intensidad disimulada que me hizo sentir más expuesta que si estuviera frente a un pelotón de fusilamiento.

—Dije que no vendría como mi escolta, Ariza —murmuró, su voz vibrando en el vestíbulo desierto, cargada de una nota que no supe descifrar.

—Sigo siendo su escolta, señor Arizmendi —respondí, manteniendo el tono profesional a pesar de que mi pulso me traicionaba—. Solo que hoy el arma va oculta bajo la seda, no bajo el cuero de mi chaqueta.—

Él no respondió. Me ofreció su brazo y, por primera vez, no hubo un folder, un arma o un contrato entre nosotros. Solo el contacto eléctrico de su piel contra la mía mientras cruzábamos el umbral hacia la boca del lobo.

La Mansión de los Velázquez

La propiedad era un monumento al exceso. El aire estaba saturado de perfumes caros, risas ensayadas y el tintineo constante de copas de cristal. En cuanto entramos, el silencio nos siguió como una ola; yo era la pieza nueva del tablero, el misterio que colgaba del brazo del soltero más codiciado y peligroso de la ciudad.

—Sonría, agente—susurró Iker cerca de mi oído, su aliento rozando mi mejilla—. Aquí, la debilidad se huele antes que la sangre.—

—Estoy sonriendo, señor. Solo que mi sonrisa suele parecerse más a una fractura de mandíbula —respondí entre dientes, manteniendo la fachada perfecta—. Además, sigo creyendo que esto es una pésima idea.—

Cruzamos el salón bajo la mirada de Mía, quien nos observaba con una copa en la mano y una expresión de puro veneno. Pero el verdadero sismo ocurrió un instante después.

—Iker... has venido.—

La voz llegó desde atrás. Era dulce, casi infantil, pero con un deje de melancolía que pareció detener el tiempo. Me tensé instintivamente. Iker se quedó rígido a mi lado; sentí cómo el músculo de su brazo se ponía duro como el granito bajo la tela del esmoquin.

Adara Velázquez hizo acto de presencia. Iba vestida de un blanco virginal que contrastaba violentamente con mi negro absoluto. Tenía esa belleza frágil, casi etérea, que despierta el instinto de protección en los hombres; el tipo de mujer por la que se inician guerras y se queman ciudades.

Se detuvo frente a nosotros. Sus ojos, grandes y húmedos, ignoraron mi presencia por completo. Para ella, en ese universo de lujo, solo existía Iker.

—Pensé que no querías volver a verme — dijo Adara, su voz apenas un susurro cargado de historia.

—Vine por el negocio de tu padre, Adara. Nada más— respondió él, con una frialdad que sonó demasiado forzada para ser real.

—Ya veo —susurró ella. Finalmente, sus ojos se desviaron hacia mí, evaluándome con una curiosidad que ocultaba un filo cortante. —¿Y tú eres? —inquirió Adara, con una voz que pretendía ser ligera pero que arrastraba el peso de una amenaza.

Iker no dudó. Su mano se apretó un poco más contra mi brazo, reclamando mi posición en su bando ante la mujer que, claramente, aún habitaba en sus pesadillas.

—Ella es Eliza —respondió Iker por mí, su voz recuperando esa autoridad cortante que usaba para cerrar tratos multimillonarios.

—¿Y es...? —insistió Adara, dejando la pregunta suspendida en el aire, exigiendo una etiqueta que me definiera.

—Es todo lo que necesitas saber —sentenció él—. Ahora, si me disculpas, voy a llevarla a la pista de baile.

Sin más preámbulos, me arrastró hacia el centro del salón. La música empezó a sonar: un vals lento, denso y melancólico que parecía diseñado para obligar a los cuerpos a buscarse. Iker puso su mano en mi espalda, justo sobre el tatuaje de mi columna. El contacto me quemó; fue una intrusión cálida en un territorio que nadie más había tocado. Nos movimos con una gracia calculada, ocultando la tormenta que empezaba a gestarse en mi interior.



#1580 en Otros

En el texto hay: mentiras dolor, amor celos, agente elite

Editado: 04.04.2026

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