Estaba acostada en mi cama con mi laptop y unas palomitas de maíz viendo una película de terror, ya que era fin de semana y no tenía universidad. Vivo sola desde hace más de dos años en casa de mis padres.
—¡Kshhhhh!
Por un segundo pensé que era la película, pero no. Una, dos, tres veces. Así que puse pausa y el sonido aún estaba ahí.
—¡Christell! Ya está la comida.
Esa voz me hizo dar escalofríos, ya que se suponía que mi madre desapareció hace cinco años. Pero no lo pensé mucho y bajé corriendo las escaleras para abrazarla. La busqué por toda la sala, pero nada.
—Debo estar alucinando por la película —me susurré a mí misma con la mirada hacia abajo.
Hasta que alcé la mirada hacia la cocina y ahí estaba ella, de espaldas, buscando algo en los cajones.
—¿Madre? —hablé con mi voz entrecortada.
Ella volteó a mirarme, y cuando me miró, sentí un escalofrío recorriendo todo el cuerpo.
Retrocedí tanto que me tropecé con el sofá.
—Ven a comer.
Su voz pasó de ser dulce como la de mi madre a sonar rasposa y amarga.
Ella daba pasos grandes pero lentos hacia mí, y yo, por más que quería moverme, mis piernas no me hacían caso.
"Dale, corre, Christell", me regañé a mí misma por dentro.
Mi madre se acercó ahora más rápido, y yo subí corriendo a mi habitación y le puse seguro.
Esa cosa empezó a dar puñetazos a mi puerta, y yo solo estaba pegada a ella como si fuera un seguro humano. Hasta que, por un minuto, se calmó. No había bulla. Hasta el televisor se apagó.
Me alejé de la puerta lentamente.
—¡BOOM!
Me caí de espaldas al escuchar la puerta romperse y a esa cosa entrar.
Ya no era mi madre ni humana. Era algo arrugado, sin casi nada de cabello, tan delgado que se le notaban las costillas y los huesos.
—NO TE VAS A IR.
La voz de esa cosa me habló... no, me gritó con la voz de mi madre, pero a la vez no era su voz.
Mientras se acercaba a mí, abriendo la boca lo más grande que podía, noté que tenía más dientes de lo normal. Yo gateaba de espaldas rápido mientras ella se acercaba aún más.
—¡Ahhh, mamá, ayúdame!
*****
—Christell, baja ya, no seas floja —llamé a mi amiga de la infancia, pero no contestaba.
—Mira, Karol, ahí —Sara, mi hermana, señaló la ventana de su habitación, que estaba con las luces parpadeando.
—Mierda —dijimos las dos al ver una sombra.
Lo primero que pensé fue que era un ladrón, así que llamé rápidamente a la policía.
—Sí, 911, ¿en qué le podemos ayudar?
—¡Bzzzt!
Había una pequeña interferencia, pero no lo pensé mucho.
—Mi... mi amiga está con un ladrón... No, perdón, en la casa de mi amiga hay un ladrón.
—Oye, cálmese, ya estamos enviando una patrulla.
—Okey.
—¡Tuut... tuut... tuut...!
Y colgó, dejándome con la palabra en la boca.
—Espera, ¿cómo van a traer a alguien si no le dimos la dirección?
La pregunta de Sara me dejó helada y giré mi cabeza a verla.
—¡Ahhhhh!
Dimos un salto de susto cuando escuchamos los gritos de Christell.
No lo pensé más y entré. Nada más al entrar, la casa estaba helada y se sentía muy pesada. Me costaba caminar un poco, pero logré entrar hasta su habitación con pasos pesados.
Me quedé con la boca abierta al ver a mi amiga tirada en su cama, moviéndose para todos lados y gritando de dolor.
—Ponla de lado, está convulsionando.
Sara, que había estado detrás de mí, me quitó del trance y agarró a Christell. La puso de lado con una almohada en la cabeza.
—¡Ahhh, mierda!
Grité cuando la mano de Christell agarró el cuello de mi hermana. Ella trataba de safarse, pero no podía. Le quise sacar la mano del cuello a mi hermana, pero tenía una fuerza sobrehumana.
—Para, la matas —grité llorando mientras aún intentaba quitarle la mano.
Pero no había resultado, hasta que mi hermana cayó al suelo.
—No... no, Sara, despierta, por favor —corrí hacia mi hermana, moviéndola para que se levantara, mientras aún lloraba.
—¿Qué mierda te pas...?
No terminé de hablar cuando sentí un dolor en la cabeza. Cuando puse mi mano, sentí calor. Al mirar, vi mucha sangre, hasta que mi vista se nubló.
******
—Christell dejó de ser ella misma cuando la bestia se la tragó. La chica iba caminando con dos cuerpos en la mano por la carretera, y se dice que siempre que los niños se portan mal, se los come —Laura apagó la linterna al terminar de contarles la leyenda a los niños del campamento, y ellos saltaron del susto.
—Pobre, todas murieron —dijo Rosa, una niña pelirroja, con voz triste.
Laura solo le acarició la cabeza.
Pero ninguna de ellas se dio cuenta de que detrás de esos árboles había una mujer mirándolos y sonriéndoles.
FIN