La Albañil

Capítulo cinco

NOTA: Este capítulo es inédito. Gracias a Dios y a Meyling Soza, sin ellos, no habría sido posible.

—Parece suficiente la documentación proporcionada—escuchó en frente—. ¿De casualidad ya le tomaron las huellas? Para buscar en la base de datos policial—Alva tragó, negando, sin emitir palabras al hombre que avistaba en la computadora, apretujando sus dedos en su regazo—. ¿Señora?

—No—emitió—. Debe haber alguna constancia de que lo he hecho antes y no hay nada—añadió, recibida en su mirada, casi jurando que podía ver algo de burla en esos iris oscuros que decidían prestarle más atención.

—Lamento decirle que esto no funciona así—indicó, al dejar su sitio, poniéndose de pie al ir hacia la puerta que ocultaba el vaivén de los demás en ese edificio fiscal, haciendo un llamado a uno de los que estaban a su disposición—. Tendrá que pasar con el oficial para que tome sus datos y abra un expediente momentáneo—pasó saliva, aún viéndolo—. No se preocupe, dentro de unos meses estará archivado.

—¿Unos meses?—indagó, fija en su sitio, impregnada por el golpe de sus palabras ante lo dicho—. No puedo esperar a unos meses para que todo eso deje de existir.

—No deja de hacerlo, literalmente—emitió, restándole importancia—. Solo no necesitará ser tomado en cuenta en otros procedimientos de similitud o que no tengan que ver con nada de esto—la mujer inspiró, contenida en el espacio, atenta al umbral donde el joven de azul impregnaba de color la habitación en su espera.

—¿Hay alguna forma de que esto no exista?—Lo vio sonreír, negando.

—No—enunció—. Menos en su condición. Está bajo una investigación que requiere de varios procesos jurídicos y policiales. Con decirle que la pila de papeles solicitados, es poca para lo que presentaron en su contra—bajó la mirada un segundo a la vez que quedaba de pie, aceptando lo que no iba a cambiar por mucho que lo pidiera o deseara echar el tiempo atrás.

Lo peor que le había pasado era haberse cruzado con él ese día.

—Entiendo—suspiró, liberándose del aire que resguardaba en su interior al saber que no era suficiente para ella si necesitaba arrancarse la tensión desmedida de su cuerpo al haber sido sometida a ese proceso con el que intentaba lidiar del modo más calmado posible, echando a un lado el involucrar su desempeño, su casa y las relaciones laborales con las que seguía arraigada.

Ese mes... para nada había sido fácil, no después de ese momento donde su fuerza de voluntad tomó el control, aceptando que lo inevitable no debía dejarse de lado y de igual forma, tenía que continuar aún con el caos abriéndose paso tras de sí, en cada zancada empleada, en cada día que se veía desde las ventanas, trayendo lo vívido a su memoria, siendo tanto que no lo podía cambiar.

Sucumbir a ese beso, ese acercamiento que le hizo resquebrajar las murallas alzadas durante esos largos años, no le quitaba sinceridad a lo que experimentaba fuera de cualquier instinto carnal, tal vez pasional o íntimo considerando que esas partes permanecían abandonadas desde hacía tiempo y a pesar de necesitarlo, no quiso hacer cambios significativos en medio de su soledad.

¿Qué tal si elegía mal? ¿Si se enfrascaba en una relación que la llevaba a la dependencia, no al hecho de amar con libertad? Temía tener que ser la única que se esforzaba, la que se regía en las líneas de la relación, en lo acordado, pudiendo discutir los rumbos siempre que fuese necesario, además de sentirse plena en otros puntos de su vida a los que podía darles una oportunidad. El miedo la había zanjado a permanecer en una esquina, pudiendo ver tan claro los sentimientos e intenciones que corría lejos de ellos, pero no pudo apartarse de los suyos cuando empezaron a centellar en esa oscuridad.

Patrick, de algún modo, terminó por revivir lo que pensó estaba muerto, sin embargo, trajo consigo lo que sentía innecesario, un remolino de vientos, ráfagas que se hicieron fuertes en tan pocos días y luego ese desborde en esas aguas prohibidas, ese encuentro de sus pieles, rompiendo la distancia que trató de imponer ante las circunstancias, aún sabiendo que solo era cuestión de un pequeño momento para que sucediera.

Ya había entrado a su casa, conoció su habitación, pisó lugares sagrados y se metió en esa cocina, no sin antes llamar la atención del ser más importante en su vida, su hijo, ese que lo extrañaba a pesar de no expresarlo, habiéndole mostrado una faceta suya que congeniaba tan bien con la paternidad, a pesar de no serlo.

No negaba que en algún punto llegara a ser una buena figura paterna si es que sus acciones no lo defraudaban, la cosa era que no quería tener que sobrellevar un descocido más en lo roto que ya tenía. No era justo y menos con su pequeño.

Eso no lo permitiría, no obstante, en ella no estaban las herramientas para darle peso a sus negativas en cualquier necesidad que Darian tuviera sobre verlo, de pasar tiempo con su amigo, el mismo que ya se hallaba arrullado en sus sueños junto a su papá.

Inspiró en la vuelta a la realidad en lo que el joven pedía su mano, además de su dedo, marcándolo en el sistema donde permanecería registrada un tiempo, teniendo que aprender a sobrellevar aquello.

—¿Se siente bien?—indagó al ver una pequeña gota rodar por su mejilla, limpiándose de inmediato al sentirla estorbar.

—Sí, puedo continuar—aseguró, tratando de retomar su compostura, sabiendo que necesitaba otra forma para hacerse cargo de la situación y no era demasiado agradable volver allí, aún si la terapia resultaba buena.

Por mucho tiempo creció pensando que tenía la capacidad de hacerse cargo de todo, ¿por qué ahora no podía? No estaba en depresión, no tenía ataques de ansiedad, sin embargo, su alma no dejaba de mandarle señales para que regresara a terapia y tendría que hacerlo por mucho que no quisiera, consciente que eso le ayudaría a desenredar los hilos de sus problemas.

¿Eran tan absurdos, no? No, no lo eran.

—¿Descendencia?—Lo miró al dejar de sacudir su cabeza, pasando el trago de amargura, inundando su interior.

—Puertorriqueña—murmuró—. Alva Anairis Bancroft—prosiguió.

—¿Bancroft?—Tomó aire, exhalándolo al no poder evitar la demanda.

—Viuda de Bancroft—sopesó—. Tengo mis credenciales viejas.

—¿Apellido de soltera?—Asintió, sabiendo que era el procedimiento, lo que no podía ignorar por más que quisiera.

—Alicea—el muchacho enarcó una cena, tratando de no reír—. Sí, ya conozco esa broma—sorbió su nariz.

—¿Nombre de su madre?—Alva entreabrió sus labios.

—Aura Arias Alicea—declaró—. Mi padre, sí, Armando Alicea—siguió—. Sin hermanos, no tengo familiares paternos o maternos vivos, tengo un hijo—enunció, recordando en esas palabras la desdicha que parecía no apartarse de su lado—. En pocos días cumplirá ocho, pero ya es un hermoso de esa edad. Se llama Darian Isaac Bancroft—una sonrisa de nostalgia se posó en sus labios—. Su padre, el Sargento del Ejército Nacional, Brans Bancroft, de descendencia Inglesa, muerto en combate—lo vio llenando, haciéndole la tarea más fácil al achicar el procedimiento en lo que descartaba las partes que no quería resaltar de más, abrazándose al dejarlo digitar—. ¿Qué más necesitas?—El muchacho la avistó, detallándola en un pequeño silencio en lo que se preparaba para continuar el interrogatorio, no sin antes comprender que se sentía incómoda en ese lugar, emitiendo esas palabras, elevando su privacidad frente a un completo extraño que seguramente no le haría el favor que necesitaba.

Exhaló, con calma, decidido a cambiar un poco la dinámica en lo que acomodaba los papeles para dejarla en el espacio, acercándose hacia ella con calma.

—Necesito toda su información, señora Bancroft—murmuró—. Este no es el procedimiento que debo ejercer, sin embargo y por lo que veo, creo que sería lo más conveniente que llene esta plantilla—prosiguió, entregándosela en blanco, apenas marcada en las guías que planteaba la misma, sin alterar la que se hallaba en manos del uniformado—. Puede hacerlo aquí o en casa, me encargo de informar que faltaron algunos documentos personales que olvidó—sopesó—. ¿Le parece?—La rubia lo observó, negando, por mucho que la oportunidad le favoreciera.

Había sido sincera ahí dentro, no dejaría de serlo en otras circunstancias, menos en esas que seguían sacándola de su zona de confort al lograr que se cuestionara parte de un trayecto en el que juró haberse sentido acompañada.

Tomó el papel en compañía del bolígrafo con el que se relacionó en segundos, preparada al instante a la vez que comenzaba a llenar cada comando expuesto en la lista. Su lista. Una que ni siquiera pensó que llegaría a hacer considerando que durante años decidió no prestarle atención a ninguno de los acontecimientos que osaron marcarla en el avance de su vida, pero que ahí, justo en ese momento, afloraban los vellos de su piel, concentrándose en los años y direcciones en las que tuvo que vivir durante un largo tiempo con tal de que sus padres por fin se afianzaran al nuevo País al que habían llegado.

Salir de su sitio Natal, de las Colonias que conocieron sus existencias donde ambos hicieron parte de su vida, llegando a enamorarse en una casualidad que ninguno esperó, dando pie a una relación en la que fue la única descendiente, representando el amor que tenían el uno por el otro, abriendo la opción de avistar un futuro que deseaban más para la pequeña que aún no sabía casi nada de lo que era vivir, tomando juntos la oportunidad de criarla en una tierra más libre e independiente como muchos solían llamarla, a pesar de las miradas de todos aquellos que no estaban de acuerdo, de los comentarios en contra y de las pocas opciones que seguramente tendrían por emigrar a un espacio desconocido, pero... ¿acaso importaba eso? ¿Desde cuándo no conocer algo era un impedimento para triunfar en los sueños, en lo que anhelabas tener en un futuro? Sus padres sabían que no sería un camino lleno de flores, conocían las espinas del mismo, por lo que la decisión de no regresar fue dándose cabida en sus pechos con cada mes que su madre avanzaba en el embarazo.

¿Quién iba a pensar que todo cambiaría muchos años después? Nadie, ni siquiera ella, quien aún tenía su corazón latiendo de muchas formas, aunque no por tomar una decisión tan importante como la que llevaban esos dos corazones que la dejaron ser de a poco.

Si miraba hacia atrás, de alguna manera podía agradecer lo que habían hecho en lo que cada parte lograba la estabilidad donde comenzó a crecer, desarrollando sus sentidos, su amor, la pertenencia y la libertad que sabían mostrarles al seguir junto a ellas. ¿Quién podría pensar que el tiempo iba a cambiar la cara de aquella moneda? Esa que su padre siempre alzaba hacia el cielo, eligiendo la suerte que traía cada una con tal de aventurarse a nuevas experiencias.

Aún la guardaba en un pequeño cofre, porque el día en que murió fue la última vez en la que decidió vivir un riesgo más, a pesar de las indicaciones que le daba su corazón para ya no agitarlo tanto como solía hacerlo. Ya tenía su pequeño negocio como el buen albañil que era, su madre era conserje en una empresa prestigiosa que solía subirle el sueldo cada cierto tiempo, las regalías no faltaban en casa y él, incluso podía comenzar a descansar si tanto lo deseaba considerando que ella seguiría sus pasos en el comercio que habían formado. El problema fue que no quiso detenerse, no cuando deseaba sorprender a su esposa e hija a la salida de la jornada laboral en la que Alva solía acompañarla.

Lo recordaba de una forma muy clara, sin distorsiones mentales ni nada que la hiciera sentir en una disonancia por el hecho que presenció. Sabía que era el día de buscar el pago en la plata superior, mismo que siempre recibía por la mujer que le había dado la vida en esa sala de hospital, poniendo una cantidad de empeño que también experimentó al recibir a Darian esa madrugada. Estaba absorta, feliz, encantada no solo porque su madre era remunerada en su trabajo, sino porque la señora jefa siempre le entregaba algún dulce a escondidas a pesar de su edad. Para ambas era una tradición y no olvidaba ninguno de esos detalles, por lo que agradecida de su obsequio junto a las mecenas por las que su progenitora daba todo de sí, regresó a la primera planta viendo a su padre entrar allí.

—¿Pá?—El hombre la avistó de inmediato, recibiéndola en sus brazos en cuanto corrió hacia él, encerrando sus piernas largas en su cintura, aferrada a esos mimos junto a la fuerza que sacaba de sí para retenerla en su cuerpo.

Ya no era una bebé, pero seguía siendo su pequeña, esa que aceptaba que seguía creciendo.

—Vine a sorprender a tu madre, ¿sabes dónde está?—indagó, tocándole la nariz.

—Por supuesto, conozco este lugar como la palma de mi mano—sonrió—. Además, he ayudado a limpiarlo.

—Imagino lo reluciente que han quedado todos los rincones, nada se te escapa, ratoncita—la jovencilla rió, dejándolo libre de su peso corporal al tomarlo de la mano, guiado afuera con el ceño fruncido.

—Mamá ya está por salir, toma la ruta trasera o del estacionamiento porque dice que una persona que limpia no es grata para salir delante—rodó los ojos—. Un absurdo, creo yo.

—Es algo estúpido, pero considerando que a quienes servimos se nos entregan ese tipo de comentarios, entonces no la refuto—indicó, encogido de hombros.

—Por cierto, ¿por qué viniste?—demandó.

—Tiré la moneda—los dos sonrieron, con su hija entregándole el gesto al tomarlo de la mano, llegando casi al espacio por el que su cuidadora salía, detenida en los pasos al tener que rascar una parte de su pie.

Elevada, sacudiendo sus palmas en su pantalón y en la búsqueda de la mirada de su acompañante, su entrecejo se hundió, sin comprender por qué el silencio parecía tan aplastante considerando que el destino debía de emocionarlo en un llamado a su esposa.

Girar al ver que el hombre a su lado temblaba, tocándose el pecho, le hizo conectar con la muestra más cruel a la que jamás pensó que se enfrentaría, no cuando la idealización en lo más profundo era tener una relación como la de ambos, viendo el amor por todos lados.

La cuestión era que no sabía quién amaba más y quién menos, pero aquello parecía estar respondiéndose al ver lo que la fémina mayor hacía, aferrada a esas manos cubiertas de unos guantes negros en cuero, un cuerpo ceñido en un traje pulcro, con una pequeña gorra cayendo al suelo al mismo tiempo que su padre se desparramaba en el asfalto, muriendo.

El golpe seco la hizo reaccionar, llorando, volviéndose a él.

—¡Papá!—La mano grande apretaba su pecho, adolorido, con el alma rota en miles de pedazos, enterrando el entusiasmo, los pensamientos revoloteados por lo que diría esa noche en la cena, deseoso de seguir más tiempo a un lado de ambas—. Papá, por favor—el puño se hizo en su muñeca, mirando al único y verdadero amor de su vida, atravesando la daga con más fuerza por lo que sentía.

—Al-Alvita—farfulló en un soslayo de lucidez, elevando su mano libre al limpiar una lágrima de su rostro, dándole una sonrisa llena de dolor—. Te amo, hija—la pronunciación en español la hizo llorar con más fuerza—. Te amo—completó, dejándose ir.

—¡No!—El agarre en su mano disminuyó, viendo caer su brazo al costado, sin vida, ni nada que lo hiciera levantar otra vez—. ¡Papi!—gritó, usando el idioma por fin—. ¡Papi, no te vayas, no te mueras! ¡Papá!—chilló, golpeando el suelo—. No me puedes hacer eso, papi, no—el llanto la acogió con fuerza, a la vez que Aura y Robert se hacían partícipes de lo que sucedía, dejando lo absorto de su momento al volver la vista a lo que pasaba, aferrándose al golpe de su pecho en cuanto reconoció esa ropa y la voz...

—¿Alva?—El mundo pareció detenerse al oírla, llevando algo a su sangre que ni siquiera logró identificar—. ¿Qué está pasando?—La chica limpió su rostro de manera repetida, poniéndose de pie al abrirle espacio para que viera lo que había hecho, no sin antes notar que los gritos habían llamado la atención de más empleados, quienes no tardaron en asomarse, atentos al hecho—. ¡Armando!—Tapó su boca, sorprendida—. ¡Armando, por Dios!—corrió hacia el cuerpo, tocándolo en repetidas ocasiones, ignorando la palidez que alcanzaba su piel en un intento por hacerlo volver—. ¿Qué...? Alva, ¿qué pasó?—Dejó de verla, mirando al hombre trajeado quien veía la escena en silencio—. Alva—buscó tocarla, recibida en un empujón que hizo a su madre caer de bruces en el suelo, furiosa.

—¡Tú lo mataste!—chilló con tanta fuerza, apretando sus puños, mirándola temblar—. ¡Tú y él!—Lo señaló—. Mi papá venía feliz a verte—enunció, con su voz clara, en su lengua natal, usando ese acento que la heriría por siempre—. Te vio besando a ese hombre—prosiguió—. ¡Maldita!—Su voz se rompió en el grito, rabiosa—. Papá tenía problemas del corazón, él te amaba a pesar de ello, ¿por qué no lo amaste tú? ¿Por qué te volviste una prostituta?—El rostro de la mujer se llenó de lágrimas, intentando ponerse de pie, sin ayuda alguna—. Al menos debiste decirle que trabajabas en otra área.

—¡Cállate ya!—Apuntó con su dedo—. No me faltes el respeto, soy tu madre.

—Fuiste—elevó el rostro hacia ella—. Ahora no eres más que alguien con quien compartiré los últimos pocos años antes de irme de casa—afirmó—. Luego puedes irte con tu amante.

—Anairis—negó, dándose la vuelta, intentando irse de allí—. Te estoy hablando, bicha—la castaña avanzó hacia la rubia quien deseaba apartarse de la multitud, ignorándola—. A mí no vas a darme la espalda, muchachita—encerró su palma en su hombro, recibida en la bofetada que la joven le insertó al apartarse, a nada de recibir un golpe por su atrevimiento.

—No lo hagas—Aura guardó la respiración en sus pulmones ante la persona que había expresado la orden, soltándola de inmediato—. Hablaré con ustedes dos después—parpadeó, viendo a la presente—. Ahora me llevaré a Alva a mi oficina.

—Soy su madre, señora Patrick—refutó.

—¿Lo eres?—Ambas se vieron—. Espero que pienses en eso—unas manos se acomodaron en los hombros de la rubia, sacándola del circo en el que la estaban envolviendo, aguantándose las emociones que la vida le estaba regalando a tan temprana edad.

El sitio que la acogió fue tan cálido que de inmediato su cuerpo se adaptó a él al caer en el mueble, cerrando sus ojos para dormir en lo que los sollozos la desbordaban una vez más en esa desilusión que nunca abandonó su cabeza, sin saber cómo perdonar a esas personas que cambiaron el rumbo de un todo que creía perfecto.

¿Cómo afrontarlo a esa edad? ¿Al comienzo de las oportunidades, de los sueños que se podían cumplir si tanto los pedía? Tener que conocer la realidad de las vivencias imperfectas, lo que llamaban infidelidad de una forma tan vil, sumado a una muerte que no esperaba, de la que quería despertar al día siguiente... Qué difícil era guardar todo eso en un cajón, tratar de no darle vida, recuperar la confianza perdida por las decisiones de un adulto que al final de cuentas, debía de instruirle. Era duro, era una clase de desamparo del que no conocía forma de salida.

¿Cuántas veces decidió no viajar en sus años de matrimonio a esos recuerdos? ¿Cómo se sostuvo en la barandilla? ¿Cómo mantuvo el equilibrio en ese hilo del que pendía? Porque sabía que junto a Brans las dudas tomaban fuerzas, no era perfecta, no cuando estaba lejos, no cuando vivía con el deseo de que nadie la dejara, de que nadie la engañara y como si todo estuviese en su contra, él se fue. ¿A dónde? A un trabajo que asociaba con otra mujer, con otra familia, con otros hijos y no a una responsabilidad Nacional.

Sentirse abandonada nunca estuvo en sus planes, ni siquiera se había planteado las dificultades a las que se iba a enfrentar, no obstante, deshacerse a tiempo de lo que dictaba el pasado le ayudó a mantener la firmeza junto a él aún cuando la ansiedad tomaba el control, casi que haciéndola añicos por sus vaivenes mentales, intentando ver la luz, algo que que le afirmara que seguía en el camino correcto, llegando en el espacio justo por más que su marido no la acompañó en el proceso.
Salir ilesa, recibida en una pequeña recompensa, sin tener que recrear lo que por años creció en lo más profundo de sí como una raíz de amargura, soportando a esa mujer, aceptando que no cambiaría el hecho de que fuera su madre, aunque sí tenía la opción de modificar los tratos con ella.

No sabía si al final del día eso la había matado. La última cosa que supo de ella fue que vivía sumergida en una tristeza de la que nadie pudo sacarla y que con ello, intentó dejar de existir un par de veces.

¿Cómo pudo lidiar Robert con algo así? No tenía idea, no le interesaba en lo absoluto y no era una conversación que tuvieran pendiente a pesar de la unión que existía por lo que su madre sentía por él.

Si quería ser sincera, todavía se preguntaba en qué punto de su existencia el amor de esa mujer fue marchitándose. El pasar de esa década le había hecho comprender las veces en que la vio acomodándose la ropa, usando más labial, peinando su cabello en estilos nuevos, mucho más a la moda, impregnada de perfumes que no le regalaban los empleados, ahora lo entendía, aceptando que alguien más se esmeraba en resaltar su belleza, a veces aislando a pensamientos oscuros, esos que alguna vez soltó en una mesa vacía, por más ocupada que estuviese con ese señor en el asiento de su padre.

—¿Soy tu hija?—El silencio repercutió en la estancia, dejando los cubiertos a los lados, negándose a comer.

—¿Qué estás diciendo?




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