La Albañil

Capítulo ocho

El comienzo de un nuevo mes trajo consigo un cambio en sus actitudes, lo que no pensó que pasaría durante un largo periodo de tiempo, aunque tenía que ser sincera al saberse sorprendida por las cosas que estaba experimentando desde ese día, el momento en que se arriesgó a estar con ese hombre, aparte de ayudarlo a salir adelante mientras las noticias del bienestar llegaban a las pocas semanas del término del mes de Marzo, donde se sintió encantada ante lo que sabía e incluso, lo poco que llegó a leer en ese periódico, sin parar por alto las notas anteriores en las que el acontecimiento que los involucraba fue un tema de conversación que resonó durante unos días al causarle risa a los demás, de igual modo, abrió la brecha para que los demás expresaran comentarios sobre el tema de la salud mental y otras áreas que fueron desglosándose debido a ello.

Alva, por su parte, sentía que se había despojado de un peso que permaneció en ella muchos años, ese que la reducía a ser una mujer infeliz, resguardada en las circunstancias, olvidando que aún con todo lo que pudo haber pasado, tenía una nueva oportunidad para hacer las cosas distintas, sin necesidad de aferrarse a alguien que le diera sentido a su existencia. En realidad, sabía cuán consciente era de su fuerza, de lo que merecía, pero estar rodeada en ese círculo de culpa y menosprecio no le ayudaba a ver más allá, a creer en sí, recuperando las esperanzas que alguna vez tuvo por hacer su vida diferente.

El pasado de su madre o lo que vivió su papá, no tenía por qué definir su destino, no debió formar parte de sus decisiones al darse el hecho de estar con un hombre que la llevara a formalizar una familia, porque si bien estaba en sus planes formar un hogar, nunca lo pensó tan rápido como cuando lo conoció; el amor a primera vista o en todo caso, la atracción, no necesitaban definir el futuro a ciencia cierta, no era un deber creer que porque se había enamorado de ese hombre, su única opción se enfrascaba en casarse con él, tener hijos a su lado y servirles, porque estaba claro que por mucho que las personas se amaran, por más que la gente compartiera el mismo sentimiento, los destinos de las mismas no solían encajar a la perfección debido a las inclinaciones que ambos podrían llegar a tener; esos planes que alguna vez idearon, que fueron tomando parte en su avance en el mundo, no tenían por qué estancarse, ni por qué guardarse ni recibir la presión de alguien que vivía con el miedo a la traición tan intacto como nunca.

Error suyo no haber sanado a su lado cuando se lo pidió, dejarlo solo en la batalla, creer que era él el verdadero problema, creer que sus caminos merecían converger en una boda, en una casa, en lo que podría estar destinado para otros, aunque tal vez no para sí misma, ni para lo que Brans quería en lo que le restaba de vida. A veces hacía falta el hecho de vivir el momento, de buscar un instante para poner las cosas sobre la mesa, conocer cómo pensaba, lo que quería y su nivel de compromiso, que sin duda no era el mismo que ella, porque a diferencia de él, ella sí había arriesgado todo por permanecer a su lado, incluso el pensar que podría llegar a ser mamá, sacrificándose al aceptar su decisión en silencio.

Ahora entendía mejor los matices que no pudo ver, las grietas que no notó en esa primera construcción en la que empezó parte de su legado, de sus recuerdos, de lo que aún aferraba en su vida; no mirar más allá, no evaluar los acontecimientos, dejándose llevar por su corazón en vez de intercalar las ideas con su cabeza, podía ser catastrófico, podía traer consigo derrumbes por algún terremoto emocional que ni siquiera avistó, ni puso atención a las alertas que llegaron a su ser.

Qué diferente se sentía mirar esas partes de su vida con algo de compasión, con el entender lo imperfectos que eran, separando a Brans de sus expectativas, de lo que puso sobre él al descubrir que colocó pocas cosas sobre ella, sobre esa mujer que eligió para estar en su vida, rebuscada en esos papeles que aún guardaba, volviendo a esos votos que se entregaron frente a esa figura eclesial, sacando la tarjeta del sobre para volver a leerla.

A lo mejor ahí había sido sincero en su destino, en lo que pasaría, prestándole un caso emocional, lejos de lo sensato, de lo que podría significar en el futuro.

“A la señorita Alicea que ha conquistado mi corazón, le dedico estas palabras que salieron con dificultad al tener que buscar ayuda para la redacción de las mismas” empezaba, sentada en esa silla al inclinarse mientras la mesa permanecía limpia, atenta a ello “La verdad es que si le digo la verdad, no tengo mucho para ofrecerle, solo soy un hombre que ha aprendido de batallas y de guerras, que se ha preparado para su país, mas no para compartir mi vida con alguien más” Alva pasó saliva, aún atenta a esa letra que lo recordaba poco usar “Nunca soñé con tener una esposa, sí novias, porque no es imposible que uno se aproveche la oportunidad y sinceramente, no pensé que llegaría a este rango que es más que ser un Sargento del Ejército Nacional, es enfrascarme en empezar unos niveles muy complicados en la vida, unos que solo alguien como Alva, ha logrado que decida pasarlos; si algún día me detengo, espero que no te aflijas tanto. Quizá sea mucho compromiso para mi existencia, quizás seas mucho para mí, querida” miró al frente, parpadeando “Eres la mujer perfecta que nunca esperé, eres alguien que hace que otros se arriesguen a encontrarlo todo, eres la razón por la que me encuentro en este lugar y te amo. Quiero cumplir tus sueños tanto como los míos, en la misma intensidad y en la misma dirección, si es que me lo permites” inspiró profundo, siguiendo “Lo último que quiero decir es que por primera vez en la vida me diste las ganas de tener una familia y espero que si algún día falto, tú seas el pilar para la criatura que un día nos pueda acompañar. Te ama, tu hoy esposo, Brans Bancroft” Volvió a guardar la tarjeta en el pequeño sobre al ver una foto de los dos en ese álbum que le aguardaba en frente, acariciando la mejilla de la mujer en esa fotografía en lo que secaba sus mejillas, negando al darse cuenta que no lo interpretó, que muy pocas veces pensó en esa confesión, en parte de su despedida, centrando en el comienzo de todo lo que ya no resonaba con ella, lo que había evolucionado, las ideas que ya no buscaba ejercer en el paso del tiempo.




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