La Albañil

Epílogo

 

Cuatro años después

 

—Sol—su voz se escuchó en el lugar al llamarla, moviéndose en la estancia, elevando la vista de vez en cuando en lo que buscaba a la pequeña, quien parecía estar escondiéndose de su nulo furor—. Solecito—murmuró, colocando sus pertenencias en la mesilla de la oficina, caminando al ver cada parte—. Hija, ¿dónde estás?—Escuchó una risilla llamar su atención en lo que se conducía al punto exacto, estirando la soga al dejar al descubierto los escalones hacia su casita sobre ella—. Mi amor—volvió a enunciar, subiendo los tramos al ver su cuarto de juegos, encontrándolo vacío—. Así que debo buscarte—murmuró, haciendo una mueca como si pensara—. A ver, busquemos en la canasta de las muñecas—emitió, dirigiéndose al rebuscar allí, sin encontrarla—. ¿Qué tal donde va la ropa sucia?—Sonrió, yendo hacia allá al no hallarla—. ¿En el clóset de tus amigas?—Abrió las puertas, moviendo las partes al no encontrarla—. Me estoy quedando sin opciones—volvió a oír su risa, pensando al continuar barriendo el alrededor con su mirada—. ¿Debajo de la cama?—sopesó, yendo hacia el lugar, sin encontrarla.

Fue allí, donde miró hacia arriba, encontrándola escondida sobre el segundo guardarropas que no había abierto al estar cubierta de las sábanas y cortinas rosas con las que intentaba pasar por alto, llena de esa ingenuidad que la caracterizaba.

Alva la observó, soltando una risa al quedarse con esa imagen de su hermosa chiquilla, quien con su cabello miel intentaba tapar su rostro al arrastrarse fuera de la cama, importándole poco si ensuciaba su ropa en ese piso de madera, buscando las escaleras al subir en ella para dar con el ser de su búsqueda a quien cubrió con sus brazos.

Sol rió con fuerza, centradas en las risas al ir con ella en ese espacio, notando lo enorme que era para ocupar lugar en ese escondite tan bien cuidado, cubriéndola con su cuerpo mientras apretujaba sus mejillas al verla de lleno.

—A ver si me dice la señorita quien la subió hasta aquí—sus manitas la acogieron al disfrutar de su cabello que movía de un lado a otro, tirando un poco de él.

—Dadian me enseñó—la rubia rió, atenta a sus palabras.

—¿Por eso estaba la escalera tirada?—La escuchó reír, achicando esos ojos hazel que tanto le encantaba ver, aguardando la combinación de su padre y la suya al ser tan perfecto el encuentro de esos colores, consciente de cuán atrapante podía ser su mirada para los demás.

—Shi—Alva rió, dando la vuelta al dejarla sentada sobre sí, evitando el choque con el techo—. ¿Nos podemos quedad aquí?—La rubia encogió sus hombros, pensando.

—Tal vez—murmuró—. Si me convences, es mejor—la jovencilla saltó en su sitio al aplastarla un poco, sacándole el aire entre risas, yendo a hacerle cosquillas mientras sus gritos se apoderaban del espacio, llenándolo de vitalidad y amor.

Sus ojos brillaron con esa felicidad que la caracterizaba, fundidas en lo que el cuerpo les pedía al sentir sus estómagos dolor por las risotadas, bajando de allí para continuar persiguiéndose una a la otra, cambiando los roles cuando cada una era atrapada por una garra que solían hacer.

Ambas rebosaron su corazón en ese lapso donde disfrutaron, aunadas a sus travesuras al llenar la casa completa de la esencia que necesitaban, esperando a su eterno acompañante quien en esas horas se hallaba en labores escolares, segura de cómo se uniría a ellas en cuanto las encontrara correteando por toda la casa.

La vida allí se sentía cada día, con el sol manteniendo su luz, brillando con fuerza, contagiándolos de lo que siempre necesitaron al recordarlos en los primeros años tan unidos, sabiendo lo mucho que su hermano se aferró a esa llegada.

Lo que un día pudo desear, se cumplía y el hecho de acompañarla en el parto, fue una de las conexiones que la desbordó, viéndolo llorar al cargar a su hermanita, esterilizado, comprendiendo el procedimiento al dejarse llevar mientras el llanto de la criaturita llenaba la sala como bienvenida.

Sus ojos no tardaron en captarlo, en ser una de las primeras figuras que notó luego de su mamá, sintiéndose tan pegada a quien la acompañaría en ese transitar de los primeros años, tratando de no irse en lágrimas por las veces en que lo encontró durmiéndola en sus brazos, alejándola de esa cuna o metiéndose a ella para pasar la noche a su lado sin importarle nada.

Darian se había convertido en un cuidador completo, algo que jamás imaginó que pasaría, siendo los celos una parte que nunca vio, rebosada de la responsabilidad a la cual se enfrascó en los días en que a veces no daba más.

Lo acompañaba de un lado a otro cuando se ocupaba de dormirla, si no era que la llevaba a dormir al colchón por el cansancio que la embargaba, a veces teniendo esos efectos producidos por las hormonas, el lloro que debía de soltar para limpiar su alma, aparte de ir mejorando paso a paso en lo que esa nueva vida traería a su existencia.

No negaba que tuvo muchas dudas, que la incertidumbre la carcomió, que el sueño fue algo que no vio en muchas ocasiones, sin embargo, no se quedó atascada en esos acontecimientos ni lo que podía estar experimentando al continuar con la parte más difícil que era su cuidado personal junto al psicológico para de ninguna forma volver atrás.

Tenía claro que su primer embarazo lo transitó en medio de una depresión que también se afianzaba al postparto, lo que sin duda no iba a repetir por más que las circunstancias quisieran vencerla, enfrascándose en la mejora de los escenarios pasados, haciéndolos distintos al cerrar esos ciclos que quedaron inconclusos, teniendo la dicha de estar con una familia que mantenía sus brazos abiertos con ella.




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