La Albañil

Capítulo cuatro, parte 2

Liberó el aire, abriendo el grifo al introducirse en la bañera, cerrando las cortinas entretanto los retazos de la mañana tomaban el control de su cabeza, recordándole las emociones a flor de piel que no negaba, ni deseaba ignorar en ese momento.

Tragó, parpadeando por el recorrido de su cabeza, consciente, reconocida en ese semblante de reto, en ese acercamiento, perdiendo la respiración al sostenerse del momento con todas sus fuerzas, sucumbiendo a lo que no lograría enterrar por nada.

Estaba claro que esas subidas de temperatura tenían más que ver con los estímulos de su cuerpo que con el clima y no deseaba cegarse por completo ante los hechos que la acogieron, desbordada al ver sus manos cubiertas de sí, de lo que le generaba.

Por un instante tuvo miedo, demasiado en realidad. Por mucho que no había exclamado su nombre, lo tenía allí, tomando el control de su mente, de sus actos, de cada fibra de sí al no querer echarlo a la basura a pesar de ser la mejor opción en lo racional, afectándole por lo que se había prometido.

Pasó las palmas por su rostro, tocándose los labios hinchados por haberlos mordido con tanta fuerza, observándose en el espejo donde reposó su frente, sabiendo que no podía ni quería echar el tiempo atrás. No después de eso.

De algún modo rompería sus problemas. Solo eran camuflajes para no lidiar con su realidad, con sus anhelos, con esos sueños que seguro nunca se cumplirían, evitándolos a toda costa.

No era un voto real, estaban llenos de mentira, de todas las que se decía.

¿Cuándo cambiaría eso? No lo sabía. No deseaba hacerlo, en realidad.

Alva dejó el lugar, vistiéndose en su estancia al regresar a la sala donde esperó a su compañera, preparándose en esas horas algo de comer.

Su estómago estaba gruñendo más de la cuenta, además, no obtuvo lo suficiente al inicio del día, por lo que disfrutó de lo preparado, escuchando la puerta abrirse.

Allí, dos escenarios parecían compaginarse y mientras la rubia aguardaba en esa silla, alguien pasaba a la oficina de Patrick, quien veía la ciudad desde su gran ventanal, con una visita amistosa a la que no se le podía negar, ni tampoco engañar si en algún punto pensaba en echarlo de ese lugar.

—Traje las palomitas de camino—indicó Melissa al acercarse, dejando las bolsas frente a cada una.

—Imagino que el señor tiene mucho que contarme—no lo miró, imaginándose que ya ocupaba espacio en el mueble, cruzando una de sus piernas sobre la otra, esperando.

—Cuéntame—instó, comenzando a probar.

—Definitivamente es un idiota—admitió.

—Quedé como un estúpido—enunció, hundiendo las palmas en sus bolsillos.

—¿Algo que yo no sepa?—Eric y Melissa emitieron al instante, como si de una sincronicidad perfecta se tratase, deseosos de otra realidad con la cual pudieran compaginar.

—Después de lo de Darian, no pensé que mi día se volcaría para tener que hacerle frente a su presencia y no una cualquiera—probó de la bolsa—. Él llegó como si nada y en el transcurso de la conversación, me amenazó, me llamó ladrona, estafadora, un sinfín de adjetivos con los que obviamente no puede afiliarme.

—No sé cómo pude, con qué fuerzas lo logré, solo intenté ser el más déspota posible por mucho que al inicio se haya llevado una parte de eso con su presencia—pregonó—. No me funciona ser peor en frente de esa mujer, Erick—giró, sin apartarse de su sitio.

—Tal vez funcione, ¿no?—Ladeó la cabeza—. ¿Le dejó la tarjeta?

—Por supuesto—auguró, evitando sonreír al saber que dio resultado—. No se la tiré como me dijo, pero la coloqué en el bolsillo de su blusa.

—Pensé que iba a ser mejor—resopló—. ¿No sabe que las mujeres aman limpiar cuando son confrontadas así? Se sacan la frustración de ese modo, solo le tocaba sacar la aspiradora y ¡zas! el ángel de su guarda en forma de tarjeta con un número al cual llamar.

—Pensé que podría mantenerme al margen en todo eso, Mel—inspiró—. Luego se atrevió a seguir cortándome el paso, incluso me dejó su información personal por si quería llamarlo—la castaña escuchó, deleitada—. Fue estúpido de mi parte retarlo así, decirle que hiciera cualquier cosa, pero que no involucrara a mis empleados, aún si va a hacerlo a costa de mí.

—Le abriste la puerta—señaló, llena del pochoclo en lo que se inclinaba hacia ella.

—Sí, bueno, ya no podía controlar lo que me estaba pasando—confesó—. ¿Sabes? Si fuera Martín Lutero reencarnado, le escribiría noventa y cinco tesis sobre el por qué no debería de pensar así de mí—farfulló—. O le arrancaría el cerebro con tal de ponerle uno donde no me juzgue "a lo loco".

—¿En serio te importa lo que piense de ti?—Alva la observó, tragando con fuerza al comprender la pregunta.

—Sí, no, bueno, sí—apretó los dientes—. Sentía rabia por todas esas cosas, de milagro no aspiré todo el despacho ni me lo llevé conmigo, porque si se hubiese quedado ahí, a lo mejor estuviera en la cárcel por intento de aspiranato—sacudió su cabeza.

—Uhm...

—Entonces perdí el control cuando se fue—bajó la mirada—. Reuní al equipo, le dije lo que pasaba y no pude parar las lágrimas—llenó de aire sus pulmones—. Traté de calmarme mientras trabajaba con ellos y a la hora de ir a buscar a Darian...

—Me llamó—Erick amplió los ojos, sin Melissa ser la excepción, compaginados en la sorpresa que había sido oír esas palabras, considerando que la mujer no iba a hacer algo como eso, a menos que se tratara de una situación de fuerza mayor, como ¿su hijo?—. Laura contestó, tenía el teléfono silenciado y olvidé que existía luego de salir del edificio.

—Esto es...—El silencio los llenó, acercándose cada uno a quien narraba, necesitados de más información.

—Alva, ¿tú hiciste eso?—asintió, mordiéndose las mejillas.

—Fue una sorpresa para mí también. No lo esperaba, no de ella, hombre—avanzó a su silla, dejándose caer allí—. Como dijo que lo olvidara, decidí ir al único lugar donde podía encontrarla.

—Estaba afuera, esperándonos cuando salía con Darian—murmuró—. El niño se encantó tanto con él que solo me quedó manejar. Él estaba ignorándome.

—Tuvieron una pelea en la mañana, ya sabes que el padre de su hijo murió y ella no durmió en la noche, mientras que su el chiquillo quería quedarse porque soñó con el papá—Erick hizo una mueca—. Como decidió manejar, intenté entretenerlo, hablándole y la vi llorar en el trayecto.

—Me rompí en dos, Melissa—sus ojos picaron—. Sentía una muralla entre mi pequeño y yo. Me dolía demasiado.

—Se encerró en el vehículo, soltó un grito espantoso que al parecer el sistema guardó en la nube del teléfono y no he querido volver a oírlo. Realmente esa mujer estaba rota—cruzó sus brazos—. Lo sorprendente es que hubo un cambio en ella...

—Volví a la normalidad o eso era lo que creía. Patrick intentó hacer que doliera menos y luego fueron juntos por un agua y algo de helado.

—No sé qué magia tienen las mujeres o las madres como Alva, solo te das cuenta que no vuelves a ver el rastro de lo que dolió en sus ojos. Es extraño y demasiado hilarante para mi realidad.

—¿O sea que cambió de personalidad?—Erick emitió, burlón.

—Nunca cambias, eh.

—Viejo, eso da miedo—refutó—. Imagina que tienes que convivir con eso toda tu vida. Tendrás que contar hasta las gotas de agua que bebes para que no se convierta en un monstruo por una que pase de más.

—Eres insoportable—insultó, tirándole uno de esos papeles que no servían para nada.

—¿No la habrán diagnosticado con Trastorno de personalidad múltiple?—Inspiró, negando al saber que no cambiaría.

—El resto de mi día mejoró cuando llegamos a Patolandia. No sabes el espectáculo que hizo Patrick cuando el niño le pidió hacer de Pato, como su nombre—Melissa sonrió—. Claro que se dio cuenta que ese hombre no era un animal convertido en humano. Ahora tendrá que lidiar con eso un par de semanas o sesiones de terapia.

—Imagino su cara—rió.

—Seguro que lo verás en el periódico, un montón de personas lo estaban filmando—apuntó—. Después de un largo periodo haciendo el ridículo, se escondió en el auto. Ahí hablé con Darian y me dijo...

—Que solo quería pasar más tiempo con ella, que la extrañaba, fue incómodo—sonsacó, sintiendo la sensación quemarle el pecho—. Ambos se disculparon, hablaron sobre la tumba de su esposo y luego los llevé a casa.

—Hice todo para que no entrara y funcionó—apuntó—. Volvió a ser un idiota cuando pidió a modo de burla que fuese su terapeuta—Melissa alzó las cejas, picarona—. Cerré después de decirme su nombre.

—Aaron—le dije—. No quería que me llamara más Patrick y como toda una divergente, volvió a sonsacar mi apellido.

—Eso quiere decir que a él no le interesa la formalidad—conjeturó su compañera, mirándola—. Por cierto, estás más reluciente hoy, ¿cómo se llama esa crema que compraste?

—No compré ninguna crema—reviró, carraspeando al querer dejar la conversación—. Iré a despertar a Darian—enunció, defensiva, encaminada hacia el pasillo.

—Un momento—sus pies se detuvieron, cerrando los ojos en lo que la notaba acercarse, oliéndola—. Te bañaste.

—Ajá.

—¿Qué tanto calor sentías, del uno al diez?

—Un quince—mordió sus labios.

—Oh Santa Virgen de las Viudas—tapó su boca, emocionada—. Espero no equivocarme, porque como experta en la Asociación de Clímax Despiadados, ACD, sé que tú, Alva Anairis Bancroft, te estimulaste.

—Tal vez.

—¡Alva!

—¿Qué? No me lo puedo sacar de la cabeza, es que ese hombre, Dios...

—Creo que me va a dar algo—susurró, tambaleándose al sostenerla.

—Melissa—paró, palmeando su rostro en lo que intentaba dejarla pegada a la pared, acoplada en algo sólido que la devolviera a la realidad—. No puedes ponerte así solo porque hice algo natural.

—Eso no es natural en ti—susurró, echándose aire—. Trae algo de agua.

—¿Segura que no estás en cinta?—El espanto le hizo volver el color al rostro, de regreso a la estabilidad que fingía perder ante ella.

—No juegues con eso—advirtió.

—Entonces deja el drama—pidió, yendo por el líquido a la cocina—. Te aseguro que no volverá a repetirse. Aparte, me sirvió para relajarme.

—¿Desde cuándo lo haces para eso?—Alva la miró, entregándole el objeto con calma.

—También tuve un marido en el pasado, cuñada. Espero no olvides que sé manipular alguna de esas cosas que alguna vez él compró para nosotros—prosiguió—. Unas las tiré, otras están bajo llave y estas no me las puedo sacar—Melissa escupió el líquido, sorprendida por verla levantar las palmas.

¿Quién era esa Alva y qué había hecho con la anterior? Ese cambio no lo esperaba para nada. Estaba tan centrada, menos distraída y con un sentido del humor agrio, ese que siempre la caracterizaba.

A lo mejor había sido bueno que se tocara. Debía de emplearlo de manera seguida.

—Creo que debo ir dentro—expuso, viéndola rodar los ojos en lo que se perdía en la habitación de su pequeño, encerrándose junto a él, decidida a acompañarlo.

Tomó espacio en la cama, cubriéndose con su manta al avistarlo rendido, en los brazos del sueño que seguro lo llevaba por escenarios en los que espectaba, disfrutando de ese instante al sumergirse en la calidez de su cuerpo, su piel suave, siendo enredada por uno de sus abrazos junto a un beso en su mejilla, agradeciendo el estar ahí.

Alva se contuvo, apenas lagrimeando un par de veces al quedarse guardando ese instante en su memoria, calcándolo en su alma a fuego lento, viva allí, en su bienestar.

¿Podía pedir más? No. Con su hijo lo tenía todo y no deseaba otra cosa aparte de guiarlo a sus metas, convirtiéndolo en un ser de bien, en su más grande orgullo, sabiendo que descansaría en ello al morir, por más que ese tiempo aún no llegara.

El paso de las horas los enfrascó en la diversión al aunarse a las tareas que tocaba resolver mientras la rubia, aún somnolienta, iba por su traje junto a su pequeña regla con la que lo guiaba en la pizarra, haciendo un gran equipo en la sala.

Por supuesto, no podían faltar las telas de araña en caso que una respuesta estuviese equivocada junto al suero de la verdad que debía que consumir para obtener la respuesta real, siendo soltado por las telas que llegarían a cubrirlo si el escudo del Capitán no lo defendía lo suficiente.

Las risas entre los dos no tardaron y aunque fueron pocos los desaciertos, ninguno dejaba de disfrutar o caer en las garras de esas telillas que los sumergían en el escenario más hermoso, quedando exhaustos contra el piso.

Darian pegó su cabeza a la de ella, mirando el techo, sintiendo las cosquillas que iban incrementando por las pequeñas manos de su madre, quien no había dejado de amarlo en esos pequeños gestos, elevando su nivel de felicidad, pleno, cansado y encantado de tenerla consigo.

—Mamá—enunció, entre risas, mirándola.

—¿Sí, señorito?—Sonrió, observándolo al reír con fuerza.

—Te amo—afianzó, tomando sus palmas.

—Yo te amo más, mi negro hermoso—aseguró—. Mucho más te ama mamá, Darian—dejó un beso en su frente.

—¿Te enojas si te pregunto porqué no soy blanco?—La rubia tomó asiento en el suelo, negando—. A veces hablan de lo raro que es.

—¿Tú te sientes raro o el color te hace diferente a mí?—Lo vio negar.

—Pues soy una gente normal.

—Un ser humano precioso, mi vida—apuntó—. Ahora, te puedo responder—la enfocó—. Hay genes más fuertes que otros y aunque los bebés al inicio son más claritos, se va desarrollando algo llamado melanina que es el pigmento que le da color a las personas.

—¿Entonces los bebés no se cocinan ni se queman dentro?—Alva rió.

—No, para nada—indicó—. Los genes de tu padre, que son cositas que más adelante te enseñarán en la escuela, suelen tener más fuertes. Ellos también lideran el sexo del bebé. Algunos hombres pueden dar muchas niñas porque esas son sus inclinaciones, aunque los espermatozoides no tienen sexo, por así decirlo. Es algo del funcionamiento del cuerpo.

—Y si mi papá es más fuerte, levanta muchas pesas y hasta autos, ¿entonces sale niño?

—Uhm, no. Solo si su sistema se inclina a ello.

—¿Crees que hubieras tenido más niños con él? ¿O una niña?—Pasó saliva, ladeando la cabeza.

—Nunca le preguntamos a un doctor—suspiró.

—¿Qué querías tú?

—Aceptaría lo que fuese—enunció—, también que se hubiese quedado con nosotros.

—Él tenía que trabajar, ma—sintió su pecho golpearle—. ¿Qué harás de cenar?—Una sonrisa le iluminó el rostro al ponerse de pie.

—Haremos pizza casera—pregonó—. Quiero que me acompañes—lo tomó de la mano, introduciéndolo al mundo culinario, haciendo una burbuja donde ninguno pudo escapar, ni dejar de lado el juego en el que se anudaron, haciendo a los minutos más felices, con un propósito al pasar.

Fuera de allí, el hombre permanecía en su oficina, encerrado después de haber pasado por esa nueva junta, sin esperar al comienzo de la nueva semana para proveerles de noticias, teniéndolos de manera virtualizada al saber que tenían compromisos en otros lugares.

Era su única opción. No quería ser el hazmerreír de esas personas, tampoco deseaba continuar con eso, aunque ya le había pedido a Erick que hiciera los trámites con respecto a la investigación a la que la sometería, sin querer ahondar en el escenario ridículo donde estuvo involucrado.

No deseaba recibir sus comentarios, tampoco tener que darle explicaciones, por lo que decidió enfrascarse en lo que el día tenía para él, quedándose más tiempo allí, siendo la hora en que nadie rondaba por los pasillos, rodeado de la soledad, sirviéndose un trago al traer a la rubia a su memoria, sin evitarlo.

¿Qué estaría haciendo? Si había puesto peso a sus palabras, tenía por certeza que seguía aunada a su casa, bajo el disfrute de la compañía de su pequeño, acompañándolo en las tareas o dejando que el mismo le ayudara en sus trabajos, si es que comentaban de ellos en sus reuniones.

Alva no era indiferente a su hijo. Si tenía que incluirlo en todo, entonces no iba a obviar esa responsabilidad. El entorno en el que se hallaba era pleno, quizás no el perfecto por las horas que pasaba en ese edificio, pero sí lo suficientemente encantador como para saber que la admiraba, que en el fondo quería ser como ella o al menos, intercalar ambas vocaciones en un futuro, si no se decidía por otra cosa.

A pesar de todo, no podía negar que eran familia y una de las mejores, cosa que le hacía traer a su mente a su madre, con quien no fue el hijo que esperaba, dándole más dolores de cabeza y corazón de los que pudo imaginar.

Miró el número, pinchando al llamar a la vez que los timbrazos terminaban, convirtiéndose en el buzón para recibir los mensajes que tenían para darle.

Inspiró, entretanto la línea permanecía abierta, despegando sus labios al instante.

—Mamá—el nudo se formó en su garganta—. Lamento haber sido el peor y único hijo al que diste a luz—exhaló—. Ahora me doy cuenta que debí ser mejor—admitió, trastornado, con las imágenes del día llegando hasta los tuétanos—. Te amo—cerró, a la vez que la estancia se impregnaba de un par de lágrimas y el sitio que escuchaba su voz, permanecía en completa oscuridad.

Una mujer esperó en el umbral, dándole una sonrisa a la señora que entraba en la habitación, dando pasos pequeños al identificar el lugar.

—¿Alguien llamó?—inquirió—. Es que se escuchaba un sonido de esos.

—Sí, señora Patrick—confesó—. Era Aaron.

—¿Quién es Aaron?—La enfermera hizo una mueca.

—Su hijo—la mujer sopesó, sin comprenderla—. Dejó este mensaje—estaba a punto de picarle al botón cuando negó, restándole importancia.

—Debe ser uno de esos viejos de por aquí, no te preocupes. No tiene importancia—avanzó—. ¿Jugamos ajedrez?

—Dijo que la amaba.

—Ay linda, yo también te amo mucho—sonrió—. Aunque tendré que denunciarle a los jefes porque siempre te cambian—indicó, sabiendo que no estaba lúcida.

—Siempre soy la misma—musitó—. Llevamos un par de años juntas.




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