La alianza del sol

1 El dueño de Mardin

​**AYLA**

​El olor a antiséptico y café quemado era lo único que me mantenía en pie. Hacía seis meses que mi madre se había ido, llevándose consigo la única conexión que yo tenía con el mundo. Mi única ancla era este hospital en las colinas de Mardin.
​—Ayla, tienes que ir a la sala de juntas —susurró Melek, una de las enfermeras, con el rostro pálido—. El nuevo dueño ha llegado. Dicen que es un Kordan.
​Ese apellido pesaba en el aire como una tormenta de arena. Los Kordan eran dueños de media ciudad, pero hasta ahora, se habían mantenido alejados del hospital. Entré en la sala y el ambiente estaba saturado de miedo.
​En la cabecera de la mesa estaba él. Umut Kordan.
​Era más joven de lo que esperaba, y devastadoramente atractivo de una forma cruel. Su traje oscuro parecía hecho a medida para un guerrero, no para un ejecutivo. Sus ojos recorrieron la estancia como si estuviera tasando ganado.
​—A partir de hoy, la eficiencia es la única métrica —dijo Umut, su voz era un barítono profundo que me hizo vibrar el pecho—. Reduciremos el tiempo de estancia en postoperatorio a la mitad. Menos camas ocupadas, más rotación, más beneficios. Si un paciente no puede pagar el tratamiento premium, será derivado a la clínica pública.
​Mis colegas bajaron la cabeza. Yo sentí que la sangre me hervía. Mi madre había muerto en una de esas camas porque no pudimos pagar un tratamiento en el extranjero; no iba a permitir que este hombre tratara la vida humana como si fuera logística de transporte.
​—Eso es una sentencia de muerte, señor Kordan —mi voz cortó el silencio como un bisturí.
​Umut se detuvo. Lentamente, giró la cabeza hacia mí. Sus ojos, oscuros como el ámbar, se clavaron en los míos. El aire en mis pulmones pareció evaporarse.
​—¿Nombre? —preguntó, con una calma peligrosa.
—Doctora Ayla —respondí, sosteniéndole la mirada—. Y con todo respeto, usted sabe mucho de números y de camiones, pero no sabe nada de medicina. Si acorta esos tiempos, tendrá una morgue llena, no un hospital eficiente.
​Un jadeo colectivo recorrió la sala. Umut se levantó, rodeando la mesa con una elegancia depredadora hasta quedar a escasos centímetros de mí. Olía a sándalo y a un poder antiguo que me hizo dar un paso atrás, chocando contra la pared.

​**UMUT**

​Había venido a este hospital con un solo objetivo: limpiar los activos y prepararlo para la expansión de mi familia. No esperaba encontrarme con una mujer que tuviera el fuego de un desierto entero en la mirada.
​Era hermosa, pero de una forma que me resultaba inquietantemente familiar y, a la vez, exótica. Su acento tenía un matiz suave, algo que no era de Mardin. Pero lo que más me desarmó fue su insolencia. Nadie en esta ciudad me hablaba sin bajar la mirada, y mucho menos una doctora que parecía que se rompería si la apretaba con demasiada fuerza.
​—¿Cree que no sé nada de medicina, Doctora Ayla? —dije, bajando la voz hasta que solo ella pudiera oírme. Me incliné, invadiendo su espacio personal, disfrutando de cómo su respiración se volvía errática.
​Sus ojos se dilataron. Estaba asustada, pero no se acobardaba. Había una fuerza en ella que me atraía de una manera física y violenta.
​—Creo que confunde el valor de una vida con el precio de una mercancía —replicó ella, aunque el pulso en su cuello latía con fuerza.
​Me quedé mirándola un segundo de más. Quería romper su orgullo, y al mismo tiempo, quería saber qué sabor tendría ese desafío en sus labios.
​—Quédese después de la reunión, Doctora —sentencié, apartándome de ella pero manteniendo mi mirada fija en la suya—. Necesito que me explique, "detalladamente", todo lo que cree que ignoro.




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