**UMUT**
Cerré la puerta del despacho con un clic metálico que resonó en el silencio como el cerrojo de una celda. Me senté tras el escritorio de caoba, observando a la doctora Ayla. Se mantenía de pie, rígida, con esa bata blanca que debería parecer profesional, pero que a mis ojos solo servía para imaginar qué curvas se escondían debajo de esa tela impersonal.
—Siéntese, doctora —ordené, señalando la silla frente a mí con un gesto seco.
Ella no se movió. Su desafío no era solo verbal; era físico. Me gustaba, aunque me irritaba la facilidad con la que me hacía perder la compostura.
—Tengo pacientes que atender, señor Kordan. Si quiere una lección de gestión hospitalaria, le enviaré unos manuales. No pierda su tiempo ni el mío.
Me levanté lentamente, rodeando el escritorio con una elegancia depredadora. Ella me seguía con la mirada, como una gacela que no puede dejar de mirar al lobo, pero con la cabeza bien alta. Me detuve a escasos centímetros, invadiendo su espacio personal hasta que el calor que emanaba de su cuerpo me golpeó los sentidos. Olía a jabón neutro y a algo dulce, como azahar.
—En este hospital, yo soy el que decide quién es atendido y quién espera —susurré, bajando la voz hasta que solo ella pudiera oírla—. Y ahora mismo, mi único interés es saber por qué una médico con su expediente se empeña en llevarme la contraria delante de toda la junta.
Le puse una mano en la pared, justo al lado de su cabeza, atrapándola. Vi cómo su pulso se aceleraba en la base de su cuello. Su piel tenía el tono de la arena bajo el sol, algo que no encajaba del todo con los rasgos locales de Mardin. Quería saber de dónde venía, pero sobre todo, quería saber qué sabor tendría ese orgullo en sus labios.
—Se llama ética, señor Kordan. Algo que no parece figurar en sus balances de beneficios —replicó ella. Sus ojos brillaban de una forma que me hizo desear someterla, no con miedo, sino con algo mucho más oscuro.
**AYLA**
Umut estaba tan cerca que podía sentir el roce de su respiración en mi frente. Era un hombre imponente, de una belleza que dolía mirar, pero su arrogancia era un muro infranqueable. Me sentía atrapada entre la pared de piedra y el calor de su cuerpo, y lo peor de todo era que mi propio cuerpo estaba traicionándome, enviando descargas eléctricas a mis zonas más vulnerables.
—La ética no paga los suministros médicos, doctora —dijo él, bajando la mirada hacia mis labios. El aire se volvió denso, casi sólido—. Pero su pasión... su pasión es un recurso interesante.
Me puse tensa cuando su otra mano rozó, casi por accidente, el borde de mi cintura. El contacto fue breve, pero quemó como el hierro candente.
—¿Qué quiere de mí? —pregunté, con la voz apenas por encima de un susurro.
Él se alejó un paso, rompiendo el hechizo, y volvió a su silla con una sonrisa fría que no llegó a sus ojos.
—Quiero exclusividad. Este hospital está en números rojos y voy a reestructurarlo por completo. Necesito a alguien que vigile mis intereses en la planta, y usted es la única que tiene el valor de decirme las cosas a la cara.
Abrió un cajón y sacó una tarjeta de visita negra con letras doradas.
—Mañana a las ocho la quiero en la mansión Kordan. Vamos a redactar un nuevo contrato para usted. Uno que me asegure que su talento y su... "ética", me pertenecen solo a mí.
—¿En su casa? No es apropiado —protesté, sintiendo un nudo de advertencia en el estómago.
—Mañana a las ocho, Ayla —sentenció él, usando mi nombre por primera vez. Sonó como una caricia posesiva—. Si no viene, daré por hecho que su ética es negociable y buscaré a alguien que sea más... obediente.
Salí del despacho con el corazón martilleando contra mis costillas. Caminé por los pasillos del hospital sintiendo un peso invisible sobre mis hombros. Desde que mi madre murió, me sentía sola en el mundo, pero ahora esa soledad estaba siendo reemplazada por una presencia dominante que amenazaba con consumirlo todo.
Al salir al aparcamiento, el viento de Mardin soplaba con fuerza. Me sentía observada, una sensación que me perseguía desde hacía semanas, pero lo atribuí al agotamiento del duelo.
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Editado: 08.02.2026