La alianza del sol

3 El nido de la víbora

**AYLA**

La mansión de los Kordan se erigía sobre el acantilado de Mardin como un monumento al poder y a la sangre. Al cruzar el umbral, el aire cambió; ya no era el calor seco del desierto, sino un frío señorial que olía a incienso y a historia antigua.
—La señora Sultana la espera en el salón principal —dijo un criado, sin mirarme a los ojos.
Caminé por el pasillo de techos altos hasta una estancia bañada por la luz dorada del atardecer. Allí, sentada en un sillón de terciopelo como si fuera un trono, estaba ella. Sultana Kordan.
Llevaba un vestido oscuro y joyas de oro macizo que pesaban sobre su cuello. Al verme entrar, sus ojos se entrecerraron. No vi curiosidad en ellos, sino una aversión tan profunda que me hizo retroceder un paso mentalmente.
—Así que tú eres la médico de la que Umut no deja de hablar —su voz era como el roce de dos piedras—. Una extranjera con humos de grandeza.
—Soy la doctora Ayla, señora —respondí, manteniendo la barbilla alta a pesar del nudo en mi estómago—. Estoy aquí por una reunión de trabajo con su hijo.
Sultana se levantó con una elegancia venenosa. Caminó a mi alrededor, inspeccionándome como si fuera un bicho molesto.
—En esta casa, el trabajo y la familia son lo mismo. No sé qué clase de artimañas habrás usado en el hospital para llamar su atención, pero te advierto algo: las mujeres como tú, que vienen de la nada y no tienen linaje, son como el polvo de Mardin. El viento se las lleva y nadie las recuerda.
Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Mi madre siempre me había dicho que no necesitábamos a nadie más que a nosotras dos, pero frente a esta mujer, mi soledad se sentía como una herida abierta.
—Mi linaje no determina mi capacidad profesional, señora Kordan —repliqué, sintiendo que la sangre se me subía a las mejillas.
—Tu linaje lo es todo —escupió ella, acercándose tanto que pude ver el odio puro en sus pupilas—. Hueles a problemas. Y en esta familia, los problemas se eliminan de raíz.

**UMUT**

Me detuve en el umbral del salón, observando la escena. Mi madre estaba frente a Ayla, proyectando toda la sombra de los Kordan sobre ella. Ayla parecía pequeña bajo los techos de la mansión, pero no se doblegaba. Había algo en su postura, en la forma en que sostenía la mirada de mi madre, que me resultaba fascinante y, al mismo tiempo, irritante.
—Ya es suficiente, madre —dije, entrando en la habitación.
Ayla se giró hacia mí, y por un segundo, vi el alivio en sus ojos antes de que volviera a ponerse su máscara de frialdad profesional. Mi madre, en cambio, me dedicó una mirada de advertencia.
—Umut, esta mujer no pertenece aquí. No entiendo este interés repentino por una empleada del hospital.
—Mis razones son mías, madre —respondí, caminando hacia Ayla y colocando una mano en la pequeña de su espalda. Sentí cómo se tensaba bajo mi tacto, pero no me aparté—. La doctora y yo tenemos asuntos que discutir en el despacho. A solas.
Mi madre soltó un bufido de desprecio y salió de la habitación, pero no sin antes dedicarle a Ayla una última mirada cargada de una promesa de destrucción.
—No parece que sea bienvenida aquí, señor Kordan —susurró Ayla, intentando zafarse de mi mano.
—A mi madre no le gustan las sorpresas —dije, guiándola hacia la biblioteca—. Pero ella no es la que ha redactado tu nuevo contrato. Yo soy el que pone las reglas ahora.
Entramos en el despacho y cerré la puerta tras de nosotros. El ambiente se volvió denso, cargado de la electricidad que siempre estallaba cuando estábamos en la misma habitación. Sobre la mesa, el documento esperaba. Ayla no sabía que ese papel no solo hablaba de medicina; era el principio de su jaula.
—Siéntate, Ayla —dije, señalando la silla frente a mí—. Vamos a hablar de tu futuro... y de cuánto estás dispuesta a pagar por él.




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