**AYLA**
El despacho de Umut era un santuario de madera oscura y olor a cuero antiguo. Me senté frente a él, tratando de ignorar cómo mis dedos temblaban levemente. Sultana me había dejado una sensación de suciedad bajo la piel, pero el hombre que tenía delante era el verdadero peligro.
—Aquí tienes —dijo Umut, deslizando un documento sobre la mesa—. El puesto de Jefa de Planta. Tendrás autoridad total sobre el personal médico y un presupuesto independiente para suministros. Es el control que siempre has querido.
Leí las cláusulas rápidamente. Era un ascenso meteórico, casi irreal. Pero había un vacío que me inquietaba.
—Es un contrato generoso, señor Kordan —dije, dejando el papel sobre la mesa y encontrando su mirada ámbar—. Pero falta algo fundamental. Si acepto esto, necesito una garantía: el doctor Aras debe permanecer en la dirección general.
Umut arqueó una ceja, recostándose en su sillón con una elegancia perezosa que me revolvía el estómago.
—¿El viejo Aras? Sus métodos son arcaicos, Ayla. Es un lastre para la rentabilidad que busco.
—Es un hombre con treinta años de experiencia en esta ciudad —repliqué con firmeza—. Él conoce a las familias, conoce la historia clínica de Mardin y sabe que un hospital no es una fábrica de cemento. Si usted lo quita para poner a un ejecutivo que solo entienda de números, yo no podré hacer mi trabajo. Necesito su experiencia para que mi ética, como usted dice, tenga un respaldo.
Umut se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. La distancia entre nosotros se acortó y el aire volvió a cargarse de esa electricidad estática que me erizaba el vello de los brazos.
—Me estás pidiendo un favor personal, doctora —su voz bajó un octava, volviéndose peligrosamente suave—. Y en mi mundo, los favores nunca son gratis.
**UMUT**
Me fascinaba su audacia. No estaba negociando su sueldo, ni sus vacaciones; estaba negociando la permanencia de un viejo médico porque creía que era lo correcto. Su integridad era un desafío constante a mi cinismo, una luz que me cegaba y me atraía a partes iguales.
—Está bien —dije, disfrutando de la chispa de victoria en sus ojos—. El doctor Aras se queda. Por ahora. Pero a cambio, tu "exclusividad" no será solo médica.
Me levanté y caminé hacia ella. Rodeé la silla y apoyé mis manos en los brazos del asiento, atrapándola. Me incliné hasta que mi boca quedó a milímetros de su oreja. Pude oler su perfume, esa mezcla de limpieza y algo profundamente femenino que me incitaba a perder el control.
—Si firman ese contrato, serás mi asesora personal. Lo que significa que estarás a mi disposición las veinticuatro horas. Si tengo una cena de negocios, estarás allí. Si viajo, viajarás conmigo. Serás mi sombra, Ayla.
Sentí cómo su respiración se entrecortaba. Su cuello, tan cerca de mis labios, era una invitación al pecado.
—Eso no parece el trabajo de una jefa de planta —susurró ella, aunque no hizo el menor ademán de apartarse.
—Es el precio de salvar al doctor Aras —respondí, bajando la mano por su brazo hasta entrelazar mis dedos con los suyos sobre el contrato—. Firma. O el anciano recibirá su carta de despido mañana mismo.
Ella tomó la pluma. Sus ojos estaban fijos en los míos, una mezcla de odio y una atracción que ninguno de los dos podía seguir negando. Mientras ella firmaba, el destino de ambos quedaba sellado. Ella creía que estaba salvando un hospital; yo sabía que estaba firmando su sentencia de propiedad.
Justo cuando el trazo de su firma terminó, el teléfono sobre mi escritorio vibró. Era una notificación prioritaria de mi investigador privado. Solo tres palabras:
"Informe de ADN listo".
Sentí una descarga de adrenalina. En ese sobre digital estaba la confirmación de quién era ella realmente. Miré a Ayla, que ahora me observaba con cautela, y una sonrisa oscura se dibujó en mis labios.
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Editado: 08.02.2026