La alianza del sol

5 Territorio marcado

**AYLA**

El hospital de Mardin era el único lugar donde me sentía dueña de mí misma. O al menos eso creía hasta que firmé aquel contrato.
—Deberías haber visto la cara de Aras cuando supo que se quedaba —decía Selim, un cirujano joven con el que compartía guardias desde que llegué. Estábamos en la cafetería, disfrutando de un café amargo frente al gran ventanal que daba al valle—. Te debe la vida, Ayla. Nadie sabe cómo convenciste al "León de los Kordan".
—Solo le hice ver que la experiencia no tiene precio, Selim —respondí con una sonrisa cansada, aunque por dentro recordaba el calor de la respiración de Umut en mi cuello—. No es tan fiero como parece.
Selim se rió y, en un gesto de confianza, puso su mano sobre la mía en la mesa.
—Eres la única que se atreve a decir eso. Para el resto de nosotros, es un tipo que podría mandarnos al paro con un chasquido de dedos.
En ese preciso instante, la temperatura del salón pareció caer bajo cero. Un silencio sepulcral se extendió desde la puerta. Levanté la vista y lo vi.
Umut estaba allí, impecable en su traje gris carbón, rodeado de dos guardaespaldas. Pero su mirada no estaba en las instalaciones, ni en los pacientes. Sus ojos, oscuros y cargados de una furia gélida, estaban clavados en la mano de Selim sobre la mía.

**UMUT**

Acababa de leer el informe en mi despacho. Ayla Kara. La sangre de los que masacraron mi paz fluía por esas venas que yo deseaba besar. Debería sentir asco. Debería sentir ganas de destruirla en ese mismo instante.
Pero lo que sentí al ver a ese médico tocándola fue mucho más primario. Fue un instinto de propiedad que me nubló el juicio.
Caminé hacia la mesa con pasos lentos y pesados. El tal Selim retiró la mano como si se hubiera quemado con brasas, poniéndose de pie de un salto, pálido.
—Señor Kordan... yo... solo estábamos descansando —tartamudeó.
—El descanso ha terminado —dije, mi voz sonando como un trueno contenido—. Vuelva a su puesto, doctor. Ahora.
Selim no esperó a que se lo repitiera dos veces. Desapareció por el pasillo, dejándome a solas con Ayla. Ella no se levantó. Se cruzó de brazos y me miró con una chispa de indignación en sus ojos verdes.
—¿Se puede saber qué le pasa? —preguntó ella, levantándose finalmente—. Estábamos hablando de trabajo. Ha asustado a uno de los mejores cirujanos de este hospital por puro capricho.
—He asustado a un hombre que no sabe dónde terminan sus manos y dónde empieza lo que me pertenece —respondí, dándole un paso hacia ella, obligándola a retroceder contra la mesa de la cafetería.
—Yo no le pertenezco, Umut —siseó ella, bajando la voz para que el personal no nos oyera—. He firmado un contrato de jefa de planta, no un título de propiedad. No puede entrar aquí y comportarse como un señor feudal. Es patético.
—¿Patético? —la tomé del brazo, no con fuerza, pero sí con una firmeza que la dejó anclada a mi sitio—. He salvado a tu preciado doctor Aras por ti. He puesto este hospital en tus manos. Lo mínimo que espero es que no pierdas el tiempo coqueteando en los pasillos como una adolescente.
—¡No estaba coqueteando! —sus ojos brillaron con lágrimas de rabia—. Es un compañero. Usted no entiende de amistad, ni de respeto, porque solo entiende de control. Es un hombre vacío, señor Kordan.
Sus palabras me escocieron más de lo que quería admitir. La pegué a mi cuerpo, sintiendo cómo sus pechos subían y bajaban contra mi pecho por la agitación. El olor a café y a su piel me estaba volviendo loco.
—Lleva cuidado, doctora —le susurré al oído, mientras mi mano bajaba peligrosamente por su espalda—. Porque si sigues retándome, voy a demostrarte exactamente qué significa el control para un Kordan. Y te aseguro que no querrás que lo haga delante de tus "compañeros".
Ella se soltó de un tirón, pero su respiración la delataba. Estaba furiosa, sí, pero también estaba encendida.
—Mañana hay una gala benéfica para la fundación del hospital —dije, recuperando mi máscara de frialdad—. Te quiero lista a las ocho. Y Ayla... —me detuve antes de salir—. Ponte algo que me recuerde por qué he pagado tanto por tu exclusividad. No me hagas ir a buscarte.




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